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El 11 de marzo del año 2001, el papa Juan Pablo II beatificó a 233 mártires de la persecución religiosa en España (1936-39), entre ellos 4 Franciscanos: Pascual Fortuño, que encabeza el grupo, era sacerdote. Refugiado en casa de una hermana suya en Vila-Real, fue detenido el 7 de septiembre de 1936 y asesinado al amanecer del día siguiente en la carretera entre Castellón y Benicásim. Se le recuerda como buen educador y estimado director espiritual. Plácido García, igualmente sacerdote, fue detenido el 15 de agosto de 1936 en Benitachell, muerto a tiros y mutilado aquel mismo día en la carretera de Denia a Jávea. Era hombre dedicado al estudio y la enseñanza, que compaginaba con el ejercicio del sagrado ministerio. Es el segundo alumno del Pontificio Ateneo Antonianum de Roma elevado al honor de los altares; el otro es uno de los santos mártires de China en 1900. Alfredo Pellicer, clérigo profeso, fue detenido el 4 de octubre de 1936 y ejecutado casi inmediatamente a pocos kilómetros de Gandía. Era un joven estudiante que había terminado el primer curso de teología, y que rechazó las proposiciones que se le hicieron para evitarle el fusilamiento. Salvador Mollar, hermano profeso, encarcelado el 13 de octubre de 1936 cuando se encontraba en casa de una hermana suya en Manises, y fusilado la noche del 27 del mismo mes en el Picadero de Paterna. Diligente y pulcro sacristán. Muy devoto de la Virgen.
La II República española, proclamada el 14 de abril de 1931, llegó impregnada de fuerte anticlericalismo. Apenas un mes más tarde se produjeron incendios de templos en Madrid, Valencia, Málaga y otras ciudades, sin que el Gobierno hiciera nada para impedirlos y sin buscar a los responsables para juzgarles según la ley. Los daños fueron inmensos, pero el Gobierno no los reparó ni material ni moralmente, por lo que fue acusado de connivencia. La Iglesia había acatado a la República no sólo con respeto, sino también con espíritu de colaboración por el bien de España. Estas fueron las instrucciones que el Papa Pío XI y los obispos dieron a los católicos. Pero las leyes sectarias crecieron día a día. En este contexto fue suprimida la Compañía de Jesús y expulsados los jesuitas. Durante la revolución comunista de Asturias (octubre de 1934), derramaron su sangre muchos sacerdotes y religiosos,. Durante el primer semestre de 1936, después del triunfo del Frente Popular, formado por socialistas, comunistas y otros grupos radicales, se produjeron atentados más graves, con nuevos incendios de templos, derribos de cruces, expulsiones de párrocos, prohibición de entierros y procesiones, etc., y amenazas de mayores violencias. Éstas se desataron, con verdadero furor, después del 18 de julio de 1936. España volvió a ser tierra de mártires desde esa fecha hasta el 1 de abril de 1939, pues en la zona republicana se desencadenó la mayor persecución religiosa conocida en la historia desde los tiempos del Imperio Romano, superior incluso a la de la Revolución Francesa. Al finalizar la persecución, el número de mártires ascendía a casi diez mil: 13 obispos; 4.184 sacerdotes diocesanos y seminaristas, 2.365 religiosos, 283 religiosas y varios miles de seglares, de uno y otro sexo, militantes de Acción Católica y de otras asociaciones apostólicas, cuyo número definitivo todavía no es posible precisar. Cuarenta religiosos de esta Provincia franciscana sellaron con su sangre
la fidelidad a Cristo y a la Iglesia. La Iglesia por su parte ha reconocido
ya oficialmente el testimonio heroico de fe que dieron cuatro de estos
«mártires», elevándolos como beatos al honor de los altares. En la Curia
eclesiástica de Valencia está en curso el proceso diocesano del martirio
de los otros treinta y seis con miras a su beatificación.
Nació el 3 de marzo de 1886 en Villarreal o Vila-Real, próspera ciudad de La Plana, provincia de Castellón y diócesis entonces de Tortosa y ahora de Segorbe-Castellón. Fue bautizado al día siguiente con el nombre de Pascual. Su infancia transcurrió en el sano ambiente de una familia piadosa y acomodada que cultivaba sus propios campos; allí aprendió las virtudes cristianas y la laboriosidad. Estudió las primeras letras en el colegio de los franciscanos de Vila-Real. Vistió el hábito franciscano en la casa noviciado de Santo Espíritu del Monte (Gilet-Valencia) en 1905, y recibió la ordenación sacerdotal en 1913 en Teruel. Tras su ordenación, fue profesor del seminario menor franciscano durante
cuatro años. En 1917 fue destinado al servicio de los conventos que los
Franciscanos de Valencia tenían en Argentina. Allí permaneció cinco años.
De regreso a España estuvo de nuevo en Benissa y luego en los conventos
de Pego y Segorbe. Ya establecida la II República en España, en
1931 fue nombrado vicario del convento-noviciado de Santo Espíritu del
Monte, donde lo sorprendió la persecución religiosa de 1936. Nació el día 1 de enero de 1895 en Benitachell, provincia de Alicante.
Al día siguiente fue bautizado y se le impuso el nombre de Miguel. En
1907, a los doce años, ingresó en el Seminario menor franciscano de Benissa
(Alicante), donde cursó las Humanidades con notable aprovechamiento. Después de su ordenación sacerdotal, su ministerio principal fue el
de la enseñanza en las casas de formación de la Provincia franciscana
de Valencia y también en el colegio «La Concepción» de Onteniente (Valencia).
Se distinguió como predicador elocuente de la Palabra de Dios. Fue muy
asiduo al ministerio del confesonario y estimado director de almas. Enseñó
humanidades en el seminario franciscano de Benissa; después, teología
en el estudiantado franciscano de Cocentaina, donde también fue maestro
de estudiantes. Al amanecer del día siguiente de su detención fue conducido a La Plana
de Denia. Los milicianos le invitaron a que se apease, pues le dijeron
que estaba libre. Apenas hubo empezado la marcha, los milicianos le dispararon
unos tiros dejándolo muerto en el acto. El día 4 de octubre de ese año de 1936 fue detenido y asesinado. Fue
conducido, después de la detención, al Comité; allí le hicieron halagüeñas
proposiciones si renegaba de la fe, lo que fray Alfredo rechazó siempre
con firmeza. Hasta su ingreso en la Orden franciscana, estuvo muy vinculado a la
Parroquia. Los domingos enseñaba el catecismo a los niños y recitaba con
ellos el rosario. Siendo ya mayorcito, el joven Bautista se retiraba todos
los años, durante unos días, al monasterio franciscano de Santo Espíritu
del Monte (Gilet-Valencia). Sin duda, aquel contacto con los religiosos
fomentó en él la vocación franciscana. El 20 de enero de 1921, vistió
allí mismo el hábito de San Francisco como hermano no clérigo, cambiando
el nombre de pila por el de Salvador, y, terminado el noviciado, emitió
su profesión religiosa el 22 de enero de 1922, a la edad de 25 años. Alguna
persona recomendó a su madre que no permitiera al hijo irse de fraile
por la merma que supondría en los ingresos familiares; pero la madre respondió:
«Estoy contenta de que siga su vocación, pues él será como una lámpara
encendida que arderá siempre ante el Sagrario». Al estallar la guerra civil española fray Salvador buscó refugio en
Manises, en casa de su hermana. Allí permaneció fray Salvador haciendo
vida retirada, ayudando a sus familiares en los trabajos domésticos, sin
descuidar sus prácticas piadosas y ejercicios espirituales. Según declaran
los testigos, presentía su martirio, para el que se preparaba en la plena
aceptación de la voluntad de Dios. Lo fusilaron la noche del 27 de octubre de 1936 en el tristemente célebre
«Picadero de Paterna». Tenía entonces fray Salvador 40 años de edad y
15 de hábito franciscano.
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