El Beato Junípero Serra fue misionero y explorador del norte de California. Hijo de Antonio Serra y Margarita Ferrer, nació en Petra (Mallorca) el 24 de noviembre de 1713 y fue bautizado con los nombres de Miguel-José. 

Sus padres le llevaron a la escuela del convento franciscano. El muchacho salió aventajado en los estudios, por lo que luego marchó a Palma para cursar estudios superiores.

Comienza su vida religiosa

A los 15 años empieza a asistir a  las clases de filosofía en el convento de San Francisco de Palma y sintiéndose llamado por la vocación religiosa, al año siguiente vistió el hábito franciscano en el convento de Jesús. El año 1731 emitió sus votos religiosos, cambiando el nombre de Miguel-José por el de Junípero.

Convento de Petra (Mallorca) Claustro del convento de Petra

Cursa con gran brillantez los estudios eclesiásticos, de tal forma que inmediatamente le encontramos dando clases de filosofía en el convento de San Francisco. Enseñó filosofía durante los años 1740-43 y luego pasó a ocupar la cátedra de Teología Escotista en la entonces famosa Universidad Raimundo Lulio de Palma de Mallorca. Alterna la docencia con la catequesis de la predicación, porque cualquier hermano franciscano debe unir la predicación a su trabajo ordinario.

Viaje misionero. Sierra Gorda.

Aunque se había hecho acreedor de los mayores honres y aplausos, lo deja todo para seguir la vocación misionera. El 13 de abril de 1749 embarca hacia Málaga, rumbo a Cádiz. Tras un largo y duro viaje de 99 días, desde Cádiz a Veracruz. Con otro compañero realiza a pie el duro camino de 100 leguas hasta el Colegio de Misioneros de San Fernando en la capital de Méjico. Durante el trayecto, por causa de una picazón venenosa, se le forma una llaga en la pierna que le será molesta compañera hasta la muerte.

A los seis meses de su llegada ya lo vemos enrolado, como Presidente, en un grupo de voluntarios camino hacia el corazón de Sierra Gorda, en donde inicia su brillante carrera misionera. Ocho años estuvo en aquellas inhóspitas tierras, en donde antes tantos habían fracasado.

Siempre infatigable y emprendedor, aprende la lengua nativa. Enseña a cultivar la tierra. Monta granjas y talleres. Inicia a los indios en los más elementales rudimentos de las ciencias y las artes. Les adiestra igualmente en el comercio. Les instruye particularmente en los principios doctrinales de la fe católica.

Fue tal la transformación realizada en aquella zona montañosa que de un erial infructuoso, sus valles se transformaron en fecundo vergel. Unos indios semisalvajes y ariscos, quedaron convertidos en sociables ciudadanos e instruidos en los diferentes campos de la actividad humana de aquellos tiempos.

De la extraordinaria actividad del P. Serra en este lugar todavía queda en Jalpán, como testigo elocuente, el esbelto y artístico templo levantado bajo su dirección.

Mientras trabajaba en Sierra Gorda es requerido para ocupar las misiones de San Saba, en Texas, por haber sido devastadas por los apaches y muertos a flechazos sus misioneros. Contento acepta, a pesar de que se exponía a un posible martirio, pero Dios le tenía reservado para otro campo muy distinto.

Este nuevo trabajo no logra el éxito esperado y entonces trabaja predicando en el territorio de Nueva España.

Misiones de California

Por este tiempo son suprimidos los Jesuitas en todos los territorios españoles, quedando por tanto abandonadas las misiones de la baja California. El Gobierno del Virreinato encarga a los franciscanos este vacío. El P. Serra es nombrado presidente de un grupo de dieciséis religiosos que aceptan voluntariamente este cometido.

En 1769 embarca hacia Loreto, Baja California y, una vez toma posesión, forma planes, distribuye el personal y visita varias misiones.

Transcurrido un año en este ministerio, llegan noticias de que los rusos, partiendo de Alaska, pretenden ocupar la costa oeste del norte americano. Para adelantárseles el Virrey Marqués de Croix encarga al Visitador General D. José de Gálvez organice una expedición para la conquista de estas tierras.

De inmediato Gálvez inicia la operación tratando el plan con la oficialidad, pero pronto cae en la cuenta de que hay un personaje clave e imprescindible para un feliz éxito. Era el P. Junípero Serra.

Gálvez sabía bien que los fusiles y cañones eran armas insuficientes para completar una perfecta y duradera victoria. Era indispensable conquistar además el corazón de los indios y esta fundamental batalla sólo se podía enfrentar con las armas de la fe y el estandarte de la cruz.

Por eso el Visitador General llama junto a sí al presidente de los misioneros. Juntos ultiman los planes a seguir. Formando expedición por tierra, inicia la marcha hacia el norte. La preocupante herida de su pierna ulcerada, tan torpe y pesado hacía su caminar, que a otros en su caso los hubiera vencido, dejándoles sentados a la vera del camino. Él no se rinde.

El primero de julio de 1769 llegaron al puerto de San Diego y el P. Serra funda la primera misión en la Alta California. En un principio las relaciones con los naturales del país no fueron tan cordiales como hubiera sido deseado. La rapiña y la agresión hicieron acto de presencia. Los indios robaban cuanto podían y en un momento convenido atacaban al desprovisto campamento español.

Este primer contacto tan adverso como desagradable no fue capaz de tronchar aquella vida misionera. Al contrario. Salió más reforzado, dando pie para aumentar su amor hacia aquellos rapaces indígenas, a quienes quería convertir en cristianos.

En un momento las provisiones de víveres llegaron a escasear de tal forma que el Comandante Portolá ordenó la retirada. Con este paso hacia atrás el P. Serra veía derrumbarse todos sus afanes de convertir almas paganas para el cielo. Ruega se aplace la retirada y mientras llega un barco con nuevos recursos.

Reanudan la marcha siguiendo su rumbo y tan pronto llegan a Monterrey, se instala muy cerca, junto al Río Carmelo, en donde funda la segunda misión. Misión convertida en su residencia habitual, de donde partiría tantísimas veces para ensanchar la frontera de la conquista espiritual.

Durante su campaña las mayores dificultades interpuestas en su camino y las que más le hicieron sufrir, fueron las incomprensiones y la falta de ayuda por parte de los gobernadores de California.

La acción de los misioneros estaba supeditada al poder civil y militar. Continuos y duros fueron más de una vez los enfrentamientos entre ellos. A pesar de sus achaques y de las incomodidades de los viajes, toma el camino hacia la Corte del Virreinato de Méjico, para tratar allí sobre la marcha de las misiones y solucionar las impertinentes y molestas discrepancias habidas con el Gobernador de California.

El Virrey D. Antonio María Bucareli recibe con afecto singular al celoso misionero. Escucha sus razones y queda persuadido tanto de sus argumentos como de su celo y santidad. Serra actúa con tal entusiasmo y firmeza que no sólo convence y sale airoso de sus gestiones, sino que además vuelve a sus misiones cargado con abundantes alimentos, telas y utensilios de toda clase.

Con tales refuerzos y nuevas normas dictadas para el gobierno de la Provincia de California, elaboradas por él y aprobadas por el Virrey, inyecta mayores entusiasmos a sus misioneros y desde ahora nuevamente se abre más amplio horizonte.

Además de las misiones de San Diego, San Carlos en Carmelo, San Antonio, San Gabriel y San Luis Obispo ya fundadas, se establecen las de San Francisco, San Juan de Capistrano, Santa Clara y San Buenaventura.

Dio principio incluso a la fundación de Santa Bárbara, la que no vio coronada antes de la muerte.

Su celo por las almas y su dinamismo por levantar más obras le espoleaban continuamente para trasladarse de cerro en cerro, entre valles y montañas, y así poder congregar al indio disperso y desprovisto de todo, dándole cobijo y sustento junto a la acogedora misión.

Miles y miles de kilómetros se cuentan tras sus pasos en su fecunda vida. Cojeando y valiéndose de un bastón cruza repetidas veces los fecundos campos de California para visitar las misiones y sus misioneros. A todos escucha y atiende. Se hace cargo de cada situación concreta. Busca y presenta acertadas soluciones. Da nuevas orientaciones y consejos acertados. Predica, bautiza, confirma, confiesa y aún le queda tiempo, para él más precioso, en el que se ocupa de los problemas y necesidades de sus queridos indígenas.

Su muerte

Aquel hombre de temperamento fuerte y de carácter firme, pero afable; de totes singulares y de ambiciosas iniciativas, nunca cedió ni jamás retrocedió. Pero al fin cayó rendido ante el encuentro con la hermana muerte. Hecho ocurrido el 28 de agosto de 1784.

Los que quedaron a su lado, lloraron desconsolados la pérdida de un verdadero padre. Experimentaban la triste desaparición de su gran bienhechor.

Como expresión del más sincero agradecimiento amortajan al "Padre viejo", como llamaban cariñosamente,  con sus abundantes lágrimas de pesar y las flores de aquellos campos, tantas veces pisados por esos pies ahora fríos, desnudos.

Su memoria

Su discípulo, amigo y biógrafo, el P. Francisco Palou, dejó grabadas estas proféticas palabras: "No se apagará su memoria, porque las obras que hizo cuando vivía han de quedar estampadas entre los habitantes de Nueva California".

Desde entonces su vida, obra y virtudes han merecido la  más encomiada exaltación y gloria, por toda clase de personas, tanto en el orden humano como espiritual.

Fue beatificado por Juan Pablo II el 25 de septiembre de 1988.


Para percibir la importancia de este santo misionero nada mejor que escribir en un buscador de Internet "Junípero Serra". Aparecen centenares de webs, especialmente de California con noticias, explicación de lo que eran esas misiones, biografías... Se pueden ver, entre otras páginas:

http://www.pbs.org/weta/thewest/people/s_z/serra.htm: biografía.

http://www.catholic-church.org/serra-beth/serra-4.htm : Cronología; las 36 misiones fundadas por él en California; opiniones sobre Junípero Serra emitidas por historiadores; biografía.