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Alegrémonos todos en el Señor al celebrar este día de fiesta en honor de nuestro santo Padre Francisco; los ángeles se alegran de esta solemnidad y alaban a una al Hijo de Dios

Hoy nuestros ojos se vuelven, con mirada de asombro, hacia Francisco de Asís, y, más allá de su figura, ciertamente atractiva, más allá de su cultura, ciertamente notable, más allá de su carácter, sin duda alguna alegre y comunicativo, más allá de sus cualidades y de las circunstancias que rodearon su experiencia histórica, nosotros queremos contemplar las maravillas que Dios ha realizado en su siervo, el amor con que el Padre lo llamó al seguimiento de su Hijo Jesucristo, la gracia con que lo transformó en imagen viva de Cristo pobre y crucificado, la inspiración con que lo movió a vivir en la Iglesia según la forma del santo Evangelio, y no podemos dejar de admirar la fidelidad con que el hermano Francisco respondió a la vocación recibida, fidelidad que deseamos hacer nuestra los que nos sentimos llamados con una vocación semejante a la suya o cuantos se sienten atraídos por su figura.

Hemos de considerar en primer lugar la gracia de Dios en Francisco. Puede que nosotros, al acercarnos a su vida, sintamos la tentación de admirar la gracia de Dios que se manifiesta en virtudes heroicas, signos y prodigios y llagas misteriosas; pero el Hermano Francisco no recorrería con nosotros ese camino.

Él sabe que la gracia de Dios le llevó entre leprosos, y que habiendo sido para él amargo el verlos, se le volvió dulzura del alma y del cuerpo el tratarlos con misericordia. Él sabe que ésta fue la verdadera y saludable penitencia, que le apartó de un mundo cargado de mentira y le acercó a la verdad del hombre, al hombre de verdad, al hombre que sufre, al que atrapado en la marginación corre el peligro de no llegar a conocer la comunión que es Dios, al que atrapado en el desprecio corre el peligro de no conocer la caridad que es Dios, al que atrapado en la amargura corre el peligro de no conocer la dulzura del Señor, la dulzura de la misericordia.

El Hermano Francisco sabe que el Señor le dio “fe en las iglesias”, una fe sencilla, limpia, humilde y luminosa, que le permite derramar el alma en adoración ante la Eucaristía, sacramento de la presencia de Cristo y memorial de su pasión redentora.

El Hermano Francisco confiesa que el Señor le dio una fe grande en los sacerdotes que viven según la forma de la santa Iglesia Romana, en los pobrecillos sacerdotes de este mundo, a quienes quiso temer, amar y honrar como a sus señores, porque en ellos veía al Hijo de Dios.

El Hermano Francisco, en su Testamento, nos está diciendo con toda sencillez que el Dios Altísimo le llevó con su gracia a amar a Jesucristo su Hijo allí donde se hallaba más olvidado o despreciado: leprosos, iglesias y clérigos abandonados y pobrecillos.

Y quien a Cristo amó así en los pobres, quiso con toda su alma honrar y venerar a su Señor en los misterios santísimos de su Cuerpo y de su Sangre, amó, de su Señor, los Nombres y las palabras escritas, pues todo llevaba para él la presencia de Aquel a quien amaba.

El Hermano Francisco sabe que el Señor le dio Hermanos, y con el don de los Hermanos le dio también conocimiento de la forma de vida que todos habían de llevar, según la norma del Santo Evangelio.

Amando a Cristo en los pobres, en la Iglesia y en los Hermanos, Francisco se halló transformado por la gracia de Dios en imagen viva de Cristo humilde, pobre y crucificado, hasta llevar en su cuerpo las marcas de Jesús.

Amando a Cristo en los pobres, en la Iglesia y en los Hermanos, Francisco reparó el templo y afianzó el santuario, protegió a su pueblo y fortificó la ciudad, y brilla en la casa de Dios como estrella luciente entre las nubes, como luna llena en día de fiesta, como sol refulgente sobre la vida de los fieles.

Hoy hacemos nuestras las palabras de Jesús en el Evangelio, y damos gracias al Padre, al Señor de cielo y tierra, por haber dado a Francisco alma de pobre, enamorada de Cristo pobre y crucificado, y por haberle dado un corazón limpio, capaz de ver a Cristo y amarle y abrazarle en todos los pobres.

Hoy damos gracias a Dios por el hermano Francisco, al considerar las maravillas que Dios ha obrado en él y por medio de él; y levantamos al cielo los ojos y las manos suplicantes, humildes y agradecidos, considerando la realidad de nuestras vidas de creyentes en Cristo Jesús, pues también nosotros buscamos, deseamos, queremos, aunque nada merezcamos, entrar con Francisco en los secretos del Reino de Dios.

Agradecidos recordamos, por tenerla confiada a la memoria y al corazón, la bienaventuranza de los pobres; pero humildes hemos de confesar que todavía no hemos aprendido a ser pobres de verdad para ser de verdad bienaventurados: ¡Enséñanos, padre Francisco a ser pobres!

Humildes y agradecidos, deseamos y pedimos para nosotros pecadores lo que contemplamos admirados en el seráfico padre Francisco de Asís: Deseamos y pedimos hacernos pequeños entre todos y siervos de todos, y nada pretender fuera de ser pequeños y de servir; deseamos y pedimos dar la vida por el Reino de Dios, y nada pretender más que desapropiarnos de ella, y gastarla y perderla, pues reconocemos que el Padre Francisco la ganó entregándola, y confesamos que nosotros podemos estar perdiéndola por no darla.

Humildes y agradecidos, deseamos y pedimos no encontrar en nuestra existencia más motivo de gloria que la cruz de nuestro Señor Jesucristo, pues de ella procede para nosotros la reconciliación y la gracia, la redención y la vida, y en ella se nos revela el amor absoluto e incondicional que Dios nos tiene.

Humildes y agradecidos, pedimos encontrar a Cristo y reconocerle en todos los leprosos, a quienes nuestras repugnancias quieren aislar; pedimos besarle en ellos, y romper con la fuerza de la caridad las barreras de soledad que hemos levantado entre nosotros y sus cuerpos rotos, entre nosotros y los que nada cuentan, entre nosotros y el cuerpo de Cristo.

Enséñanos, hermano Francisco, a escuchar a Cristo en la santa Iglesia, a obedecerle en el Señor Papa y en todos los obispos y sacerdotes que están en comunión con el Señor Papa, y a vivir en la fe de la Iglesia el santo Evangelio, dedicados totalmente a Dios Padre, sumamente amado, siguiendo más de cerca a Jesucristo, dóciles a la acción del Espíritu de Cristo en nuestras vidas.

Fr. José Rodríguez Carballo, ofm
Ministro general de los Franciscanos Menores

Semana franciscana, del 1 al 5 de octubre

De acuerdo con un programa facilitado a los alumnos se destinaron los cuatro primeros días de la semana a explicar quién es san Francisco hablando a los alumnos sobre cuatro temas: la tau, el cordón, las llagas y el hábito. Para ellos se puso un cartel anunciando la semana, que era como una casa, con cuatro ventanas. Cada día se abría una de las ventanas y aparecía un dibujo alusivo a cada uno de los temas.