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LA INMACULADA Y LOS FRANCISCANOS

La Inmaculada Concepción y la Familia franciscana siguen, en el curso del tiempo, una común trayectoria, como líneas paralelas históricamente inseparables. Su devoción, para la Orden, no es meramente un modo más de entender y practicar la piedad enia Iglesia, sino más bien el resultado de un largo y enconado compromiso.

Nuestros religiosos recogieron esta devoción, como un testigo, de una larga tradición conservada tranquilamente desde los orígenes por la Iglesia griega, trasladada a Occidente en la baja Edad Media.

Cuándo surgen los, primeros detractores, desde la mera racionalidad, el pueblo cristiano, indignado e intuitivo siempre, se apiña en tomo de quienes interpretan mejor su sentir, y es de notar que en esta tarea los franciscanos destacan ostensiblemente como entusiastas adelantados.

Los más prestigiosos teólogos llegan a abanderar posturas confrontadas y la argumentación aducida va poco a poco perfilando doctrinas y aclarando conceptos, hasta declinar la postura menos favorecida por la teología y las aportaciones de la tradición católica.

Hay un antes y un después de la Familia franciscana, respecto a la tradición inmaculista. Desde antiguo, fue la Iglesia griega la que nos vino conservando la creencia y devoción a María Virgen. Y no se sabe muy bien en qué momento preciso se divulga también por Occidente. Monjes irlandeses e ingleses se atribuyen por igual el honroso acierto. Tampoco es fácil constatar la fecha en que se establece por primera vez su celebración, aunque sí que se respetó la que tenían establecida los griegos, el 8 de diciembre.

Hay constancia, en el calendario de la Catedral de Winchester, de que por los años de 1030, venía ya celebrándose en dicha fecha. Sin embargo, en ese mismo día, los irlandeses, a lo largo del siglo VII, ya celebraban dicha festividad, sin que se puedan concretar lugares precisos.

Fue el arzobispo normando Lanfranco quien, a raíz de la invasión de los suyos, se opone a la celebración de la Concepción. Es el origen del litigio. San Anselmo, sucesor suyo, restituye la fiesta y, en su defensa se escribe el famoso Tractatus de Concepcíone Beatíssimae Maríae Virginis para atajar cierto movimiento emergente contra la celebración de la fiesta.

La equivocada intervención de San Bernardo, en Lyon, ya en el siglo XII, da alas a Álvaro Pelagio, duro adversario que encona no poco los ánimos; en el XIII, la cuestión se debate ya, no sin ahínco.

Es entonces decisiva la postura defensora de la Familia franciscana. En 1262, en París, San Buenaventura, general de la Orden, en plena confrontación teológica entre defensores y detractores, establece la celebración de la Inmaculada Concepción, con obligatoriedad para toda la Familia franciscana, interpretando el común- sentir... En las aulas universitarias, los teólogos franciscanos, de manera ya vinculante, aportan su dedicación, sabiduría 1 esfuerzo a hacer valer la certeza de una creencia tradicionalmente ininterrumpida. Fr. Guillermo de Ware prosigue, a este fin, y profundiza en la argumentación emprendida por el famoso Tractatus y, en Oxford, será maestro del propio Duns Escoto, máximo paladín de la devoción concepcionista.

Hay que conceder, pues, a los religiosos ingleses la iniciativa teológica de tan estimable dedicación. Los franciscanos españoles, remisos primero, tienen su primer defensor en Fr. Andrés de Lérida.

A mayor nivel, el Capítulo General de Riete, 1289, decreta la celebración obligatoria de misa, a lo largo de todo el año, en cumplimiento de la devoción manifestada por el propio San Francisco y San Buenaventura, desde los inicios de la Orden, a María Santísima. Pero fue el hoy ya beato Duns Escoto el más calificado defensor del misterio. Desarboló con singular agudeza la argumentación que venía esgrimiéndose hasta el momento, basados todos en la universalidad del pecado original, que era tanto como suponer a la Virgen una mujer tan corriente como cualquier otra. Según él, elegida por el Espíritu de Dios como Madre del Hijo divino, fue convenientemente investida de todas las gracias sobrenaturales necesarias para mejor dignificar su persona, como quien limpia un aposento antes de habitarlo, y hubo, por tanto, de ser previamente redimida con creces, con preeminencia sobre cualquier otro mortal."Dios podía preservar a María del pecado original; era conveniente que así lo hiciera; luego hay que dar por sentado que así lo hizo, porque por algo era Dios.

Con habérsele reconocido en todo tiempo la genialidad de su obra filosófico-teológica, y la importancia de su aportación concepcionista, no personifica, sin embargo, Duns Escoto, regente que fue en París y maestro indiscutible de la escuela teológica franciscana, un caso aislado. Desde la misma fundación del Studium de Oxford por Robert Grosseteste, gran amigo y admirador de los franciscanos, de sus aulas saldría gente altamente preparada, al punto que en 1235, el propio Grosseteste, nombrado obispo, deja la cátedra a los franciscanos en la persona de Adam de Marsch (1259). El magisterio franciscano cuenta desde entonces con nombres eximios: fr. Tomás de York, fr. Rufus de Cornwall, fr. Juan de Gales, fr. Rogerio Bacon.

Sixto IV prohibe que se impugne la doctrina inmaculista en 1483. El Concilio de Trento remite a lo dicho por tan notable predecesor. El número de franciscanos que con rango de notabilidad prosiguen la tarea divulgadora es muy importante: consignemos, al menos, los nombres de Cisneros, fundador de la Archicofradía de la Inmaculada Concepción; de fr. Benigno de Génova, que introduce el canto del Tota pulchra en la hora de vísperas; los Comicios generales de Toledo, en que los franciscanos declaran a la Virgen patrona de toda la Familia seráfica; a fr. Antonio Trejo, Lucas Wadingo, Francisco Díaz, Juan Alberola, que intercala en la letanía la invocación "regina sine labe originali concepta", etc...

El 8 de Diciembre de 1854, Pío IX, terciario franciscano, por más señas, declara dogma la doctrina de la Concepción Inmaculada de María, Madre de Dios.

Fr Ángel Martín, ofm