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SAN ANTONIO, HOMBRE EVANGÉLICO

Rafael Lillo
Alumno de COU

Lisboa, año 1195. El reinado de Sancho 1 de la dinastía de 3orgoña continuaba su curso mientras la reconquista del territorio peninsular a los musulmanes proseguiría hasta casi finales del sigloIII. El comercio y la riqueza se extendían por la capital del reino creado como tal en 1143. fue en esta floreciente ciudad portuaria abierta al océano Atlántico donde nació Femando Martín, o como o conocemos todos, San Antonio de Padua tras su ingreso en la arden franciscana, en el seno de una familia noble y, por consiguiente, rica.

Tras estudiar desde los siete hasta los catorce años, ingresó en el monasterio de S. Vicente, perteneciente a la orden de los agustinos, donde sería ordenado sacerdote a los 25 años. Allí conoció a un grupo de franciscanos en peregrinación a África que fueron martirizados en Marraquech. Tal impresión se produjo en él que decidió ingresar en la orden de Francisco abandonando a los Agustinos.

A partir de aquí se inicia una vida errante movida por sus deseos de atender a los pobres y a los necesitados, evangelizar y, por qué no, conocer algo del amplísimo mundo. En Marruecos donde enfermaría), Sicilia, Bolonia, Francia, Asís, Padua... marca sus pasos y es durante estos viajes donde Antonio se revelaría como un excepcional orador con una preparación evangélico-teológica notable, cosa que sorprendió por lo inesperado a todos sus hermanos de Orden.

En escasos años le sobrevendría una fama no buscada que, a pesar de ir en contra de su naturaleza reservada y meditativa, no rudo rechazar; una incesante actividad intelectual, que se plasmó in sus sermones; su muerte en 1231 a los 36 años; su canonización, al año siguiente por el Papa Gregorio IX; su nombramiento como Doctor de la Iglesia y los títulos que la tradición le otorga como taumaturgo, hombre evangélico...

Con esto, que podríamos considerar breve biografía de S. Antonio, aunque a través del contacto con su obra se nos permite penetrar en la verdadera dimensión humana de este hombre, si salimos de los que es un mero conjunto de datos que poco pueden comunicamos.

Así vemos que San Antonio se vio favorecido con el intelecto brillante que, a lo mejor si no hubiera nacido en una casa pudiente, no se habría pulido como lo hizo, con los años de estudio y la dedicación que te entregó. De esta forma llegó a escribir sus sermones, que por su sencillez formal a la vez que por su intensidad conceptual, les hacen parecer sacados directamente de los Evangelios. En esto se vería enormemente ayudado no poco por sus mismos viajes que le harían conocedor de las múltiples formas en que los hombres suelen comportarse, conociendo el comportamiento y distintas psicologías.

Tendría que añadirse su carácter inclinado a la meditación y a la reflexión, que hoy en día tenemos tal olvidadas. En él la expresión "exire de saeculo", salir del mundo, para a continuación "ire per mundum", ir por el mundo, nos muestra cómo posiblemente intuyó instintivamente la cuestión de que todo aquello que podemos llegar a conocer ya se encuentra desde un principio dentro de nosotros y por ello no nos podemos extrañar de que en una vida tan corta llegase a los profundos niveles de erudición teológica a los que llegó, no temiendo tampoco criticar cuando era necesario a un clero relajado y concupiscente y a la desorganización de la Iglesia sin buscar ser complaciente con los que le rodeaban, sin caer en la crítica gratuita, aunque sin dejar de ser respetuoso.

San Antonio fue, además, una persona libre para consigo, acorde plenamente con el sentido de originalidad que Francisco había comunicado al mundo y libre para con los demás, pudiendo considerarlo como un humanista pleno a pesar de lo "temprano" de la época.

Si ahora conocemos un poco más la figura de San Antonio, esa joven ante cuyo impulsivo ingreso en la orden franciscano cabría preguntarse si fue provocado por la moda piadosa, por una búsqueda morbosa del martirio o por la gracia misma, deberíamos meditar, como tan placenteramente hacia él, el las diferentes perspectivas que, de un personaje que el vacío de ocho siglos logra salvar, se pueden obtener, no quedándose en lo meramente circunstancial, hasta comprender las motivaciones que le movían y que son capaces de mover en cualquier tiempo a cualquier hombre para mejor.

José Luis Borges decía: "Imaginemos... no al individuo, que sin duda fue único e insondable (todos los individuos los son), sino al tipo genérico que de él y de otros muchos como él ha hecho la tradición, que es obra del olvido y de la memoria", deteniéndonos en este momento con S. Antonio pero prosiguiendo luego con otros tantos personajes.

San Antonio hace que el mulo se arrodille ante la Eucaristía
en vez de ir a su comida. Vidriera