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LOS CAMINOS DE LA PAZ

Fr. Ángel Martín

Si por las palabras de Jesús, los pacíficos se abren un cómodo lugar entre las bienaventuranzas, bienaventurado es Francisco a todas luces, porque pocos como él supieron investir, e irradiar luego con tesonera cordialidad, el íntimo apaciguamiento con que dulcificó sus asperezas.

La paz es un talante del comportamiento humano.

"Esta salutación me reveló el Señor que dijéramos: -el Señor te de la Paz"- comunicaba a sus compañeros-. "Sean benignos, pacíficos y moderados, mansos y humildes y hablen a todos con consideración" -les aconseja con renovado interés. "Id, carísimos, de dos en dos a todas las partes de la tierra; anunciad a todos los hombres la paz". Y no sólo a los suyos "a todos deseaba la paz desde lo más íntimo de su corazón", -advierte Celano-, su primer biógrafo. A todos los cristianos, Fray Francisco saluda con respeto y desea la verdadera paz" -consigna el propio santo en su ya famosa carta-.

Es inagotable el aporte de Francisco a la convivencia.

...y lo es, por eso, el caudal de citas que ofrecen sus escritos y el aval de su comportamiento sobre su preocupación por la paz.

Pero, ¿qué clase de paz es esa que en tanta estima tiene el santo y en qué la hace consistir? ¿Su paz es sólo la prudente abstención de echar leña al fuego o la exención evasiva de toda violencia?.

A la violencia se opone el desarme, qué duda cabe, pero la paz que pacifica bianaventuradamente al hombre exige paciente cultivo en la totalidad del ser: "Son pacíficos aquellos que en todas las cosas que padecen (...) preservan la paz en el alma y en el cuerpo". La paz, por tanto, es un talante del comportamiento que vuelve imperturbable al hombre frente a la contrariedad o el entorpecimiento. Un escudo íntimo con fueros de entereza. Y desde esa cátedra de reposo cordial, es convincente el diálogo y la pacificación. "La paz que anunciáis de palabra tenedla primero de modo más firme en vuestro corazón" -pregonaba él-.

Vuestra mansedumbre y paz sean quienes impulsen a todos a la benignidad y concordia.

Y es que la paz interior no es garantía de pacificación, si no se intenta dar con la senda de penetración que llega al corazón inquieto de ese inquilino nuestro que es siempre el otro, amigo o adversario: El santo -alegan sus biógrafos- quería que sus hijos tuvieran paz con todos". Y en ese camino de relación, urge, en primer lugar, evitar o cortar al menos los distanciamientos que establece la intemperancia. A éste fin, hay que clavetear las voces levadizas en que se ambienta el grito; hay que paliar la aspereza de gestos que lijan la sensibilidad ajena; hay que aventar arbitrariedades que alejan la buena voluntad hacia el desagrado. Por eso confirmaba el santo que sólo en la virtud se asienta la paz y sólo desde ella se puede impartir a los demás: "Vuestra mansedumbre y paz sean quienes impulsen a todos a la benignidad y concordia". Cabalmente, concordia significa, desde su ascendencia latina, coincidencia de voluntades, armonía cordial. Porque la paz no es arbusto solitario que aliente en la inmensidad desértica de la desazón. La paz se abreva en la benignidad, y sólo cuando ella concierta los corazones de unos y otros, está servida la concordia.

Hay que frenar actitudes que cuartean la fragilidad de la coexistencia.

Pero, ¿hacia dónde ir a buscar ese ápice imprescindible de benignidad en una sociedad que conculca indiferente toda suerte de valores?

En el peor de los mundos, contaminados el aire, el agua y el buen sentido, quedará siempre clara una fuente: El inmarcesible corazón de Dios, que nos mantiene tercamente cristianos, que sí queremos perseverar pacíficamente limpios. ¡Paz y Bien!