La iglesia, rota, descalza
de sus losas de granito.
Quién te ha visto y quien te vio,
a la espalda de seis siglos.
La humedad, hiedra azorada,
manchada como un ciclicio
de penas, sube a tentones
hasta un capitel corintio.
Y el coro
vacío.
El laborioso coro
benedictino.
Coro sin coro, humillado
como la sombra de un cirio.
¿Dónde la prieta fragancia
gregoriana, desde el íntimo
peldaño de la piedad
que aromaba los sentidos?
Coro desauciado y crudo
como agua lejos de un río.
Coro sin ojos de ver
cosas que el hombre no ha visto,
coro de labios clavados
como las manos de un Cristo,
hoyo sellado, ventana
sin luz, caricia sin niño.
Y Dios apenas, sentado
y a solas consigo mismo.
Fr. Angel Martín, Carcagente 1988
|