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¿Moral burguesa el cristianismo?

No siempre la política se aviene con la moral; más bien habría que decir todo lo contrario : moral y política, muy frecuentemente, son dimensiones irreconciliables. Sobre todo cuando se trata de política en concreto. Más aún: hay ideologías que se imponen líneas de comportamiento tendentes a socavar los cimientos de la moral cristiana. Son los topos de la perfidia. El procedimiento es muy sencillo: se acuña una palabra a la que se le da un amplio sentido peyorativo por puro convencionalismo y se aplica luego machaconamente a quienes defiendan su propia rectitud moral, creándoles, o tratándoles de crear, con terca insistencia, complejos de zozobra, de vergüenza de las propias convicciones, de las propias creencias. Así, se dice que quien trata de observar actitudes defensoras de la moral que enseña el cristianismo, es un «burgués». Incluso vestir decentemente es un síntoma de aburguesamiento. Lo es también, en la misma línea degradante, la decencia misma. La decencia es incluso una «represión». Frailes y monjas son inexorablemente gente reprimida. No hay solución. Es el dogma de la desvegüenza, del impudor. Hay que acabar incluso con la noción de culpabilidad, invención burguesa igualmente.

Nadie ignora que hay que proceder con rectitud; que no hay convivencia posible si no nos atenemos a normas de conducta que la propia sociedad impone inevitablemente. Lo cómodo es desligarse de toda disciplina que no sea la que impone el grupo. Y a esta postura embrutecedora del hombre se la quiere presentar como un logro de la libertad, que todos pregonan y a la que cada sector de la vida política confiere significados y alcances muy distintos.

Un autor inteligente de gran audiencia actual, y tan poco sospechoso de encuadrarse en creencias de tipo cristiano, como Alejo Carpentier, ha descubierto el sofisma, la falsedad de quienes, con un gesto de desprecio en el rostro hacia todo lo que signifique rectitud y disciplina, llaman burgueses a quienes practican su fe en los límites que la moral defiende. ¡Burgués! «Ese insulto -¡bien lo conocía yo!- era un recuerdo de la época en que muchas mujeres de su formación (se refiere a Mouche) se hubieran proclamado revolucionarias para gozar de la intimidad de una militancia que arrastraba a no pocos intelectuales interesantes, y entregarse a los desafueros del sexo con el respaldo de ideas filosóficas y sociales (...). Sin embargo calificaba de burgués, como supremo denuesto a todo el que intentara oponer a su criterio algo que pudiera inculcarse con ciertos deberes o principios molestos, no transigiera con ciertas licencias físicas, encerrara preocupaciones de tipo religioso o reclamara un orden.»

El cumplimiento de los propios deberes, el defender un orden sin el que la convivencia y el progreso quedan imposibilitados, son tan necesarios y vigentes hoy como siempre. Querer anular las obligaciones que el hombre religioso necesita cumplir insultándole con el calificativo de burgués, no deja de ser una artimaña para inquietar a los incautos y desprevenidos creyentes, al mismo tiempo que pretenden justificar el desenfreno que se va adueñando de la calle, sobre todo en horas de visibilidad escasa.

Vivir deportivamente la moral cristiana supone vencer dificultades, enfrentarse a tendencias entorpecedoras de la comodidad. Lo fácil es evadirse y justificar, recriminando a quienes con su conducta moral les ponen en evidencia, el extravío en que saben están prendidos.

Frases para una consideración en silencio

Hágase usted más meditativo y comprenderá muchas verdades que sólo así le serán reveladas. - Valle Inclán.

Se engañan muchas mujeres que piensan que el casarse no es más que dejar la casa del padre y pasarse a la del marido, y salir de servidumbre y venir en libertad y regalo. Y píensan que con parir un hijo de cuando en cuando, y con arrojarle luego lejos de sí en brazos de un ama, son cabales y perfectas mujeres. - Fr. Luis de León.

Hay que considerar la vida como una simiente sagrada que se nos da para que la hagamos fructificar en beneficio de todos los hombres. - Valle Inclán.

La fortaleza del alma consiste en sus potencias, pasiones y apetitos, todo lo cual es gobernado por la mente. - San Juan de la Cruz.

Me permito recordar que el Nuevo Testamento no es un libro santo que Dios nos haya enviado desde las alturas, sinó una colección de cartas y escritos diversos que se deben a la vida de la cristiandad primera y han surgido de situaciones y problemáticas concretas. -- Schlette.

Inestabilidad universitaria

No hace tanto aún, ingresar en la Universidad comportaba la seguridad de un posterior empleo dignificador del individuo, que avalaba sus disponibilidades en la sociedad, presta a esperar su aportación valiosa a título universitario. Ser licenciado, ingeniero, perito en esto o aquello, era un título que daba raro prestigio a la persona honrada con tan alta distinción. Hoy un título es un folio más o menos orlado que dice muy poco y sirve en ocasiones de menos. Hay una devaluación de la personalidad intelectual del individuo. Y con frecuencia, los haberes del titulado no alcanzan a los de técnicos en mecánica que carecen de cultura básica o de muy escasa cultura.

Han cambiado mucho las cosas, como suele decirse en frase llana y abstracta, pero que todos saben comprender cuál es su alcance. Hoy el universitario, apenas empezados los estudios que cada especialidad conlleva, pierde un tanto la ilusión que antes movía al estudiante. El simple hecho de ser universitario, ya era una selección. Clasismo se le llama ahora. Sabe el universitario que, concluidos los estudios, obtenido un título, no sabrá qué hacer con él. Los puestos de trabajo para el especialista universitario no aumentan al mismo ritmo que el número de puestos de nuevos promocionados. Esta es la razón por la que el universitario se muestra inquieto ante el propio porvenir, nunca claro y cada vez más abastecido de ofertas, en que a veces cuenta mucho la recomendación o la herencia laboral del padre.

Se acepta, en ocasiones, «lo primero que salga», provisoriamente, a la espera de la oportunidad, no siempre a la mano ni siempre satisfactoria.

Y mientras tanto, las aulas universitarias se masifican con accesos cada vez más nutridos de estudiantes de muy diversa condición, con redoblada afluencia de año en año. La abundancia encarece la oportunidad de empleo. Y para colmo de males, está la crisis entorpecedora de inversiones fabriles que paliarían un tanto el problema, acuciante por demás. También en la Universidad, como decíamos hace poco con otra finalidad, está oscuro el horizonte.

Desesperación

No es el ateísmo declarado, abierto, el enemigo primordial de las creencias en los misterios revelados por Dios. Hay en la vida que nos rodea un ambiente que la sociedad de consumo ha ido imponiendo de manera insensible, pero decisiva y patente ya: el materialismo, la comodidad. Este afán de vivir el presente a tumba abierta, ajeno a toda idea de valores idealizadores de la mente humana, entretiene al joven en la conducta inmediata del bienestar, despreocupándole de enojosas meditaciones en el «más allá», incapaces de divertirle, de hacerle la vida fácil.

A veces, una frustración le hace, no obstante, ver cómo su vida se ha ido embruteciendo hasta no pensar ni conversar sino sobre vulgaridades que no le satisfacen, que le inquietan y le infunden tristeza.

Cuando el ideal amoroso, por ejemplo, del que es 'tan difícil zafarse, le ha hecho salir un tanto del embrutecimiento de los sentidos e ilusionado al fin por algo que le enternece, tropieza impensadamente y se siente abandonado, no correspondido, la desesperación le abraza con garfios de hierro. Se tambalea como caña seca que no recibe jugo que le dé flexibilidad al entendimiento y ocurre, tristemente, lamentablemente, lo que la prensa aireaba no hace tanto: La joven universitaria, sin asideros religiosos, sin credenciales de fe, se siente burlada y se da encarnizada muerte en los raíles del tren, dejando entre sus despojos un papel fragmentado en el que su desesperación se traduce en una frase escalofriante «Muero por amor. Todo es mentira.»

Cruda conclusión que paraliza la vida, que entorna la puerta hacia nuevas ilusiones redentoras. Marasmo mental que no tiene puertas, como el laberinto clásico.

Ausentes los valores que jerarquiza la caridad cristiana, falto de interlocutor con valores trascendentes hacia quien drenar el agua estancada del desengaño y la consiguiente amargura insostenible, inmersos en la letrina del extravío moral que hubiera encauzado instintos y bríos juveniles, queda sólo el sabor a nada que deja en el paladar carecer del techo que son las manos de Dios. La desesperación es aberrante, aunque comprensible cuando no asiste la fe, cuando la esperanza se pone exclusivamente en el contorno material que nos aísla de toda estilización espiritual. Globo lastrado, sin aire esponjado y estremecido dentro. Ancla muerta en el fondo, rota la cadena que sale por los ojos de Dios, siempre a flote.

El individuo vulgar que no tiene sino interlocutores vulgares, en la hora difícil, en el momento de entregar realidades graves ante preguntas que exigen seriedad, se encuentra solo entre la gente, aislado en mitad de la multitud desco.. nocida, sin sentido, vacío de todo contenido, y la única salida ficticia es la locura momentánea de desaparecer de pronto, de dejar de estar en algún sitio, porque todo suelo se le escapa de los pies. A veces, si ayuda alguna clase de material fortaleza, se desvanece la desilusión en perdurable amargura, como una porción de sal en agua quieta, si no es en escepticismo agrio, desabrido, dirigido cruelmente contra todos, con ocasión o sin ella.

La verdad es que, si bien se mira, entre no creer en nada o creer en Dios, creer en Dios siempre resulta más fácil y más fructífero, cuando las aguas de la sensatez están quietas; pero la sensatez es voluble, como las veletas, y no es fácil señalarles una orientación fija. No es ese su cometido.