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La humildad en el deporte

La vida del hombre, la vida del deportista, es una vida de larga lección de humildad, de permanente actitud de humildad. Porque ella no es sólo un adorno u ornato, sino un celoso guardián de las demás virtudes adquiridas a través del deporte.

Nada más lejos de la humildad que un comportamiento y acción pesimista que nos lleve a la inactividad y al desfondamiento, porque la humildad nunca está reñida con la carencia de alegría y acción motivadora y generadora de ilusiones.

El exhibicionismo, el engreimiento, el triunfo con soberbia, el desprecio del ad= versario vencido, la minusvaloración del equipo contrario, son otros tantos ejemplos de falta de humildad. Somos vencedores porque hemos tenido la colaboración de otros que, habiendo luchado, han caído ante nuestra mejor técnica y preparación !hasta la palabra «vencedor» se la debemos a los vencidos!

De «El Espíritu Deportivo»

La Biblia y los jóvenes

«El impío con su boca arruina al justo:
el justo, con su sabiduría le salva».

La eficacia de la palabra, «contenedor» de ideas y palabras, es ilimitada. La palabra ejerce un poderoso influjo en la conciencia del interlocutor que carece de madurez para cerner mensajes, para detectar miasmas de corrupción en lo hondo de la misiva que es cada frase. De ahí la necesidad de formar el propio criterio capaz de detener el hachazo demoledor de contenidos malsanos. Hay siempre una extraña fuerza en el coloquio desvergonzado del impío, del ateo, próximo siempre a la ironía con que sustituye al razonamiento correcto, y del que no suele gustar, porque con él poco alcanza. Es la eterna fábula de las manzanas podridas que corrompen a las manzanas sanas que sufren su contacto; jamás la manzana sana logrará sanear la corrupción declarada en el fruto corroído por la maldad.

El joven no acierta siempre a discernir de qué manera la conversación malsana del amigo -¿amigo?- va contaminando los tejidos limpios de su conciencia. La pasividad del joven bondadoso es tierra propicia para el crecimiento de hongos y líquenes de seducción y envilecimiento.

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Compañero quiere decir tanto como el que comparte el pan, el que come de tu mismo pan. Hay en el fondo semántico de la palabra «compañero» un substrato de antigua hospitalidad amiga que permitía admitir a la mesa al hombre a quien se dispensa distinción y amistad. Hay un grato dejo de nobleza en tan acogedora conducta. Sólo el extraño queda alejado del disfrute de la propia mesa, centro de la casa, eje del hogar, próxima al fuego, íntima y hogareña.

El pan es palabra de sentido básico en el Evangelio. El pan, como símbolo de la necesidad imperiosa de cada día, es la primera solicitud de la oración ejemplar con que Jesús enseña a orar a sus compañeros. Panes y peces son el objeto de la multiplicación milagrosa con que Jesús atiende a la multitud necesitada que le sigue enfervorizada. En pan transmuta su ser al instante único en que trata de unirse a sus discípulos momentos antes de una singular partida. Por alguna singular manera, manera, en fin, de partir el pan, le reconocen sus discípulos. Hubo, también, entonces, como un rito, unos modales específicos observados siempre por el Maestro, al instante de distribuir el pan entre los suyos. !Cuántos ensayos incomprendidos durante tres largos años, hasta llegar a la primera comunión de aquellos hombres recios y austeros que eran sus «compañeros»!

Comulgar, acercarse al pan divino de la Eucaristía, no es actitud individualista del que accede a tan alta distinción sacramental. Comulgar es unirse en Cristo a cuantos, hermanos en El, comparten el Pan consagrado de su Cuerpo, hecho misterio portentoso sobre la mesa del altar. Compañeros en El y con El, nos es necesario su Pan ; el Pan milagroso con que se nos comunica su propia Vida, el Pan que dio brío y coraje a los primeros cristianos, parcos en teología, pero inmersos en las verdades fundamentales de nuestra fe densamente vivida, hecha vivencia íntima.