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Violencia y estudio
Cada vez se advierte más el creciente influjo de la política
en el ambiente estudiantil de los centros de enseñanza. No es previsible
todavía el efecto que pueda tener tal escalada en la marcha de
la formación y adquisición de cultura por parte del escolar;
pero existe el fundado temor de que, con el tiempo, ocurra en España
lo que ya viene ocurriendo en Italia, donde los estudiantes de un mismo
centro se agrupan de manera tan radicalizada, que provocan enfrentamientos
encarnizados de los que sólo se saca en limpio la desintegración
de la comunidad educativa y la consiguiente merma del interés por
el estudio. Más bien, desde niños, se preparan para la lucha
callejera en la que no hay más ley que el desenfreno y la anulación
total de los derechos que asisten al prójimo, al compañero
de clase, en el caso que nos ocupa. Esos mismos derechos que tanto se
invocan por los mismos que con frecuencia no los quieren respetar, porque
no les importa más que la pancarta anunciadora y la pose aparentemente
digna.
¿Será que el compañerismo ya no. es virtud enaltecedora
de la conducta estudiantil? Pensamos que una alternativa de ruptura de
la amistad que siempre engendró el comportamiento escolar, no podrá
ser defendida dignamente por nadie.
Juventud en peligro
Existe en la sociedad española una creciente sensación
de alarma. Justificada alarma a juzgar por la información periódica
que abunda cada vez más en la exposición de delitos, no
siempre sancionados o sancionados apenas, en que viene incurriendo el
mundo juvenil más desintegrado de nuestra sociedad, tan avanzada
en dimensiones lejanas del progreso estrictamente social. Los actos delictivos
en que se desenvuelve como en su medio más propicio ese sector
de la sociedad española, aumentan su coeficiente de peligrosidad,
de año en año, a un ritmo fuera de toda previsión.
La prontitud con que la acción policial socorre al ciudadano asustado,
con la consiguiente detención de los delincuentes, se acepta como
un alivio momentáneo. Son muchos los que quedan impunes ante la
profusión de bandas dedicadas al desorden ciudadano. En las ciudades,
sobre todo, hay horas, caída la tarde, en que la gente evita la
calle, por temor a un ataque imprevisto, a una violación desaprensiva,
al robo airado de casi nada a cambio de una muerte inútil. Es lamentable
que estos actos se repitan una y otra vez, a cuenta, las más de
las veces, de jóvenes que actúan en grupo, y que individualmente
suelen ser más bien cobardes, y por tanto, más propensos
al extremismo sádico, a la fingida y engañosa temeridad
con que ocultan su debilidad de carácter.
No sólo ya en las ciudades, sino en los pueblos mismos, los taxistas
se retiran del necesario servicio, en olor de pánico, en cuanto
cae la noche, la hora fatídica de la peligrosidad, o en todo caso
evitan detenerse a prestar servicio a individuos de aspecto sospechoso.
La violación, con alzar gritos de sorda protesta en la conciencia
de los ciudadanos, se viene dando ya en niñas que ni siquiera han
alcanzado la edad adolescente, acompañada las más de las
veces con el sacrificio vital de la víctima.
Se decía que la educación sexual haría más
maduros y consecuentes, más naturales y normales, al amplio sector
que ocupa nuestra sociedad infantil, y el resultado, por fallos que conviene
destacar lo más pronto posible, hasta ahora al menos, es más
bien negativo. Se ha perdido el pudor, el respeto a sí mismos;
y en consecuencia el respeto a los demás. Y se ha perdido, no por
negligencia, sino porque se viene exigiendo que el pudor desaparezca como
un lastre burgués cargado de inconvenientes. Sin pudor, sin vergüenza
sexual, el delito consecuente con tales principios es una consecuencia
inevitable.
Hay otros factores que vienen influyendo negativamente y de un modo muy
decisivo en este sentido: el estreno desenfrenado de libertades nuevas.
Entre tales libertades cuenta en muy primerísimo lugar la pornografía,
que hoy se trata de disimular estableciendo endebles diferencias entre
pornografía y erotismo. El erotismo lo permite todo. La obra cinematográfica,
popularizadas sus escenas en conversaciones furtivas entre estudiantes,
se justifica diciendo que se trata de una obra maestra del séptimo
arte. El séptimo arte y el sexto mandamiento, por proximidad numérica,
vienen maridados en la oleada de películas, incluso malas, artísticamente
consideradas. No es arte lo que sus promotores buscan en ellas; es comercialización
enriquecedora de quienes invierten en tan «atractivo» y lucrativo
comercio. Se decía que en España las películas carecían
de valores artísticos por culpa de la censura. Desaparecida la
tijera, la cinematografía española se ha desentendido casi
por completo del valor artístico de sus obras y se atiende por
muy encima de cualquier otra consideración a la taquilla, tragaperras
de dudosa justificación moral y social en tales casos, que son
los más.
Nadie ignora, y nosotros no retraemos de ser reiterativos a este fin,
de que las salas de cine, que la televisión forzó a que,
deshabitadas sus butacas, los propietarios convirtieran en negocios de
distinto cariz, se nutren ahora de secuencias donde el desnudo, la violación
y sadismo sexuales, logran efectos perniciosos para el joven de nuestros
días. Y es el caso que, ahora, por obra y magia de la pornografía,
no ya no se cierran salas existentes, sino que se multiplican como nunca.
Escandaloso comercio se llama a este procedimiento de «pretendido
progreso social».
Se dice que el tiempo y el cansancio, la creciente crítica de
las personas más sensatas, y al fin, normas que se están
exigiendo para canalizar tanto desafuero, acabarán por forzar un
cambio en los gustos del público y a un cambio consecuente de temas
hacia temas más serios, pero los españoles, al parecer somos
incansables, y la autoridad tarda en hacer algo por favorecer el estado
de queja de la mayoría de familias españolas.
No hablemos de las revistas que multiplican sus ediciones a un ritmo
desconocido en nuestro suelo. Aumentan con cifras astronómicas
las ediciones de ejemplares de revistas pornográficas, y las estadísticas,
para común ridículo de todos, siguen manteniendo que en
España se lee poco, que la prensa está en crisis económica,
que a muy pocos les importa la adquisición de libros. No se lee;
en España se mira. No actúa la inteligencia ; se alimenta
a la imaginación. Y se la alimenta embruteciendo al joven, vulgarizando
las costumbres, en olor siempre de mentidas libertades que no son nunca
auténtica libertad creadora de actitudes de respeto social, sino
exceso, y en ocasiones despecho político.
Estamos vistiendo la naciente democracia española con rotos vestidos
de espantapájaros campesino. Tenemos podridas muchas de las raíces
que podrían de otro modo sustentar lo que todavía no se
ha puesto en pie. Y vivimos felices; aunque más bien habría
que anotar que nuestra felicidad es despreocupación, la gran siesta
del español a todas horas.
Mientras tanto, hablamos muchos de derechos, se hacen manifestaciones
ruidosas en pro de determinados derechos del hombre; firmamos cuanta proclama
aliente afanes de adquirir derechos que entendemos minimizados hasta ahora.
Olvidamos siempre que el hombre también tiene deberes que cumplir.
Pero la palabra deber es tabú. Sin establecer y cumplir en muy
primer lugar los deberes que nos obligan en buena ley, no es posible alimentar
derechos, porque el derecho no tiene otro abrevadero que el deber correspondiente.
Exigir un derecho a alguien es imponer una obligación a quien así
se le interpela. ¿Sólo los otros tienen obligaciones que
cumplir? El desnudo ha llegado 'a este extremo: nos hemos desnudado públicamente
de los deberes que nos impone el derecho ajeno.
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