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Don Vicente Llopis ha
muerto
Don Vicente Llopis ha faltado.
Estas
escuetas palabras, angustioso anuncio familiar, transida la voz a piel
de llanto, fueron el aldabonazo que sonó en el silencio de la propia
desorientación, comunicando a la Comunidad y al Colegio el desenlace
final de una vida dedicada íntegramente a la enseñanza en
nuestro centro desde un día ya remoto -año 1957- en que
ingresaba en nuestro Colegio, como profesor de matemáticas. Ya
con anterioridad había impartido la misma asignatura en Valencia
y Játiva.
Don Vicente fue profesional competente y responsable de su labor. Hombre
entero que no negaba la cordialidad de la amistad sincera. Parco en palabras,
humano y correcto en el trato con alumnos y colegas, su ausencia fue haciéndose
progresiva a medida que la enfermedad minaba sus fuerzas. Aún queda
sobre la oscuridad de las pizarras el temblor de sus manos al cumplimentar
el desarrollo magistral de sus últimas lecciones. Pudo haberse
retirado con anterioridad, a exigencias de su menguada salud ; pero prefirió
mantenerse mientras pudo, porque enseñar era un ingrediente más
en su composición humana. Dejar de enseñar, era tanto como
empezar a aceptar la muerte, que él bien notaba se le venía
encima, encuadrado en años pesarosos desde la anterior partida
de su esposa, apoyo firme que le alentaba en vida.
Deja amigos; deja hombres por hacer y muchos ya cumplidos que acometen
tareas importantes en la sociedad. Queda, también, un último
dolor de saber que su muerte, por esperada, no deja de ser sensible para
cuantos, durante años, compartimos con él, amigablemente,
la labor docente, dura como pocas.
Ha muerto en pleno cambio de actitudes sociales, a las que por edad,
experiencia y sabiduría, sentía desvirtuadas de sensatez
y madurez humanas. Era, al fin, un hombre serio que no podía por
menos de exigir seriedad en lo que es incumbencia de todos. No verá
ya cuáles serán las últimas repercusiones en la enseñanza
del fundado alarmismo que le creaba inquietud y zozobra, a él,
que «había hecho la* guerra» irremediablemente.
Ya no está. Ha emprendido su último viaje dejando una huella
en la última tiza. i Y en el corazón de cuantos supieron
y tuvieron la alegría de conocer su bondad silenciosa y risueña!
El carácter
Moldear el carácter de un niño de modo que, a su tiempo,
el desarrollo de su personalidad le haga capaz de enfrentarse, con criterio
propio y cabal, a la problemática en que se ha de convertir luego
convivir en un mundo en cambio, es empresa que exige continuo esfuerzo,
acierto en el trato educativo que cada individuo requiere de manera específica,
y un propósito de no imponer la propia personalidad del educador
al educando, sino en descubrir los valores que éste contiene, para
que una evolución positiva de los mismos le convierta en persona
independiente, con caracteres propios.
Un niño es como esa arena intacta de la playa en la que la menor
presión deja huellas ostensibles. La responsabilidad de la comunidad
educativa tiene un peso difícil de calcular. La experiencia, la
cultura, la sensibilidad del educador, han de conjuntarse y tomar muy
a pecho la misión conformadora de hombres cabales.
Un niño es proyecto que ha de ir realizándose sin fallos,
de manera continua y regular, en orden creciente. La mayor dificultad
es a veces el educando, cuando, en edades críticas, se rebela contra
el contorno que le rodea y se torna escasamente receptivo, arisco, y capaz
de creerse en condiciones de dictar él sólo la conducta
más conveniente, no a su carácter, sino a los intereses
instintivos del momento. El instinto en el hombre es energía aprovechable,
pero nunca timón director de pasos. No es que haya de anularse
ese brío juvenil que se le aparece en la primera esquina de su
adolescencia. Pero es necesario crear en él convicciones profundas
que le hagan posible, comprender primero, y llevar luego al hecho, la
necesidad de conducir el haz de instintos recientes hacia la maduración
de su persona, antes que al derrame torpe de fuerzas que necesita para
robustecer su ánimo.
El cristiano, en todo caso, es camino seguro que no trata de aniquilar
energías, sino de darles rectitud de empleo, robustecimiento de
una voluntad que, si no es decidida, dejará al garete de influencias
ambientales el rumbo de una nave que ignora, por inexperiencia, los peligros
del arrecife.
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