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¿Hasta dónde?

Abundando en la literatura que sobre la crisis actual por la que atraviesa el mundo, Luciano Pereña publicaba en un prestigioso diario madrileño unas páginas que de buena gana nos hubiera gustado traer aquí. Por lo extenso del artículo, nos ha parecido más conveniente entresacar algunos de los párrafos que estimamos condensan por sí mismos los conceptos primordiales allí expuestos. En la cabecera del escrito se anticipaba ya que «la crisis actual es una amenaza para nuestras libertades y para la supervivencia de la especie humana». Hartos de oír tantas veces, de muy diversas maneras las mismas cosas, nuestra sensibilidad se desgasta y nos quedamos indiferentes. Es menester no sólo leer o escuchar a medias; urge concienciarnos de la gravedad de que la especie humana peligre; urge pensar detenidamente de qué manera nos afecta saber que la crisis actual puede dar al traste con nuestras libertades, tan difícilmente conseguidas, no ahora en tres días, sino siglo a siglo, a lo largo de toda la historia del progreso.

Pereña precisa mucho más cuando dice:

«Frente a la crisis mundial nacida de nuestras propias obras -nosotros los europeos inventamos las máquinas, el DDT y la bomba atómica- tenemos que encontrar la manera de orientar toda la aventura humana occidental del hombre a fin de evitar los desastres ecológicos, cívicos y genéticos a los cuales conduce necesariamente la sociedad de producción masiva, de publicidad manipuladora, de poder militar, de intereses monetarios y del plutonio de las centrales de fisión, que viene a cerrar con una lógica infernal ese Pentágono de la obsesión por el poder.»

«La clave de nuestra crisis estriba principalmente en la degradación de las relaciones humanas y la disolución de los lazos comunitarios. Rougement describe el desierto superpoblado de nuestras ciudades habitadas por inmensas muchedum. bres de solitarios, la alienación de los espíritus del pensamiento, la manipulación de los deseos, de las necesidades y de los fantasmas por la publicidad y la televisión, los estragos de la división del trabajo, que es, en realidad, una división del hombre; el progreso internacional de la delincuencia, la democratización del terrorismo y el chantage de la bomba atómica, hasta hace poco privilegio de sólo
los Estados.»

«Millones de hombres viven en la angustia y la irresponsabilidad forzada, entregados al vértigo de las ideologías, sin puntos de apoyo en el sentimiento de la ciudad desmesurada o en el enorme Estado=nación centralizado donde ellos se ven perdidos. Los hombres son así obligados a evadirse en la droga, en la revolución verbal de las minorías vociferantes o en la imbecilidad cívica de las mayorías silenciosas. La juventud critica muy duramente a esta sociedad materialista y denuncia su anarquía profunda. El más profundo de los desórdenes es el principio absoluto del interés calculado en dinero.»

«La revolución tecnológica ha terminado por invertir nuestra escala de valores. La justicia, la libertad, la calidad de vida y la utilidad social han sido sacrificados sin compensación en el altar del interés, de la rentabilidad, del prestigio o de la independencia nacional.»

El Colegio se renueva

Las «obras» tocan a su fin. A punto de inaugurarse la nueva parcela con que el Colegio se completa a todos sus niveles, siempre hay las inevitables premuras de los últimos detalles nunca cubiertos del todo. Hay como la presencia de una inexplicable rebeldía que se aparenta en desperfectos de última hora.

Lo que en un principio fue sólo perfil lineal y planos escuetos en los proyectos previos, ha ido logrando lenta y regular realización día a día. Todo ha ido aconteciendo como en un largo nacimiento, desde raíces fundamentales, removida la tierra necesaria, hasta cubrir aguas a una altura todo lo respetable que calificar se puede a un edificio funcional, de muy sencilla distribución de estancias.

El estilo no difiere mucho del que ya presentaba el Colegio, para que, en el conjunto, no disuenen sus fac hadas y prestancia exterior: ladrillo rojo de alisada superficie y encuadres de ventanales y masas en piedra blanca artificial.

Entrada y escalera quedan hacia un lado, para comunicarse los sucesivos pisos en que se continúan las clases, con facilidad y sin tropiezo. Un aula amplia y luminosa ocupa el piso superior, con atisbos de azotea a un lado. El hueco de la planta baja cumple también su destino, dando cobijo cuando cumpla, en días inclementes, al alumnado.

Aulario en la actualidad