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En pleno cambio

Todas las etapas históricas signadas por una crisis reformista de modos de ser y actuar del hombre, llevan consigo proyectos nuevos que rejuvenecen la vida, y revuelos de hojas secas que al fin y a la postre acaban por pudrirse en un rincón. Quienes nacen en una etapa serena y clara y les sobreviene el marasmo del cambio inevitable, sufren en su sensibilidad los inconvenientes que conlleva la crisis con la misma intensidad que los protagonistas de la nueva alegría se acogen a las facilidades que les ofrece la inestabilidad de la renovación confusa.

Quienes se dedican a tareas educativas y gastan su vida en plantear proyectos de renovación, ven la dificultad con que choca el ideal, con la concreción de libertades excesivas a que tiende el educando, más atento a aprovechar las rendijas por las que pueda evadirse incluso ante la pasividad familiar, que adopta una postura cómoda de permisión en la mayoría de los casos.
Una educación cristiana ha de coincidir en la tarea común de padres y Colegio. Si el respaldo familiar no existe, por desasimiento, por ocupaciones que restan tiempo para ocuparse suficientemente de los hijos, el propio educador desmerece en su función y hasta queda totalmente anulado en algún caso por influencias ambientales extraescolares y de actividades programadas por grupos proselitistas que actúan con clandestino propósito y no menguada eficacia. La gran culpa del cansancio que aqueja a más de un hijo, recae sobre el descuido y falta de familiar acogida de padres que se limitan a llevarlos al Colegio, creyendo que eso ya es más que suficiente. Es la familia la primera parcela educativa que ha de ocuparse del niño, oponiéndose, si es preciso, a los intentos de más de un joven a vivir «por propia cuenta», en contra de lo que a una conducta con la necesaria rectitud conviene. Los jóvenes disfrutan hoy de una libertad que nunca anteriormente tuvieron ; pero alejados de la dirección paterna, no sólo usan, sino que abusan de esa libertad, que para ser beneficiosa, ha de contar con los límites que impone el deber y el imperativo de una conducta correcta y cristiana. El desenfreno no puede admitirse como norma a seguir. Los padres lo saben. Están sabedores de cuanto advertimos. Lamentan incluso que sea así ; pero se inhiben, dejando al hijo a merced de bandazos que ni se preocupan por contrarrestar.

La juventud de hoy tiene muchas virtudes. No admitirlo no sería digna actitud nuestra. Virtudes que hay que canalizar; porque de lo contrario, como bien nos hace observar la experiencia, se aleja demasiado de obligaciones que el sentido común y la necesaria vivencia religiosa imponen. Es responsabilidad de los padres iniciar el camino, corregir desvíos y preocuparse por sembrar semillas de correcta actitud del niño ante Dios, ante la sociedad, ante ellos mismos.