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La dignidad de ser madre

Existe, desde ciertos rincones de ideologías degradantes, el afán por destruir la familia y la moral que predica fidelidad amorosa. La fidelidad amorosa es concebida como una forma de romanticismo. No se acepta el compromiso de un cariño en exclusiva que conduzca a la célula familiar. Frases hay en paredes universitarias en que se aconseja a la joven su esterilización. ¡Vivir sin hijos! ¡Hacer el amor sin problemas de socialización familiar! Sin hijos, el juego caprichoso del amor no tiene límites, que ahora llaman represión. Siempre habrá, en todo caso, para el hombre (¿hombre?) que escribe tal proclama, un día lejano de inevitable seriedad en que abandone el juego de la joven que ya no importa, para elegir a la mujer definitiva. Hay mucho de egoísmo machista en tales proclamas en que la mujer es siempre, débil al fin, se diga lo que se diga, la abandonada de todos cuando sobreviene el cansancio.

La mujer que, en días de juventud y ligereza, de frívola juventud, apoya semejante falsedad pasajera, pierde la grandeza de su maternidad en el refugio amoroso del hogar.

Ser madre es una necesidad imperiosa que es imposible rechazar. El ser humano requiere estabilidad. Sin ella, el nerviosismo desgasta las bases vitales del organismo. Y no hay estabilidad sin la intimidad familiar, acogedora de sueños limpios, fraguadora de conciencias luminosas en la propia rectitud; no la hay sin el apoyo necesario del matrimonio.

Es inconcebible un corral de hombres y mujeres invadiendo el mundo en descomunal desorden. Es inconcebible el regreso a la selva más primigenia, sin leyes aún. Es inconcebible un mundo de niños de madres solteras. Un mundo sin familias; como es inconcebible un muro sin materiales de construcción convenientemente organizados. Desmoronado el muro, sólo quedaría un montón de escombros sin utilidad, molestos incluso. Descombrar familias, amontonar personas, no es cauce para una organización de la sociedad. Sí para convertir en cloacas de sexualidad la misma sociedad a la que exigimos que nos acoja inevitablemente.

Siempre obtuvo grandeza el nacimiento de un niño. El amoroso nerviosismo del padre, en angustiosa espera, era (y seguirá siendo) un pequeño drama al que no faltaba exquisitez. La maternidad dignificaba a la mujer que ingresaba así en la suprema madurez de ser mujer plenamente. ¡Hoy se la abandona cuando ha fallado el anticonceptivo y no se ha cumplimentado el compromiso previo!

Independizar a la mujer del hombre con falsos discursos de apaciguamiento de conciencias en putrefacción ; convertirla en simple amiga u objeto de recreo sentimental, y a la que se abandona luego en la cuneta de la vida cuando la lozanía y juventud de la mujer muestra achaques de decadencia física, es delito de alta cobardía y egoísmo ilimitado que pone en duda la verdadera virilidad del hombre. Es entonces cuando más necesita la mujer del hombre que la lleve en andas de amorosa solicitud.

Hombre y mujer no pueden convertirse en juego liviano de frivolidades efímeras. La pareja humana es entidad que requiere solidez e integración definitivas, inseparables. La voz del egoísmo no será nunca voz autorizada.