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Una fiesta sobre todas

Entre las fiestas litúrgicas, hay una que para mí tiene particular atractivo: la Navidad.

La Navidad es una fiesta de honda significación cristiana. Es la conmemoración del nacimiento de Jesús en una cueva de Belén.

Las calles se llenan de luces y adornos, cobrando entonces una gran animación. En todos los lugares se encuentra la alegría propia de estas fiestas y se montan los belenes y los árboles de Navidad. Todos están contentos, porque tienen paga extra y vacaciones.

La Navidad es la fiesta del amor y la comprensión entre todos los hombres; todos recibimos tarjetas de felicitación de nuestros familiares y amigos que se encuentran lejos de nosotros.

Estas fiestas tienen nombres muy sugestivos. La Nochebuena es la noche en que Jesús nace en Belén; todas las familias se reúnen en torno a la mesa llena de dulces y turrones. En la noche de Reyes, todos los niños ven colmados sus deseos. Es la noche en que los Magos de Oriente, que llevaron los presentes de oro, incienso y mirra, a Jesús, van llevando a todos los pequeños los regalos que pidieron en sus cartas a SS. MM. los Reyes Magos.

Las navidades son también las fiestas del frío y de la nieve, del turrón y el mazapán, de los villancicos, del champaña, en fin, son las fiestas del amor y de la amistad.

José Enrique Sanjuán Pellicer
alumno

El zapato

Antes de todo esto, yo era solamente un trozo de cuero. Recuerdo muy bien el día que un hombre con sus manos fuertes me llevó a esa tortura que llaman máquina. Y de allí a otra; a otra... Cuando llegaba al final de mis fuerzas, a punto de saltar huyendo de aquella interminable cadena de agujas, cuchillas, breas y apreturas, alguien me cogió en sus manos y me contempló con satisfacción. Yo ya no era yo: era un zapato.

Dentro de una caja, recorrí ciudades y tal vez países. Y digo tal vez porque en la oscuridad de mi reducto sólo percibía el traqueteo a que me veía sometido. Lo demás era presumible.

Fui a dar a un escaparate que se asomaba a una calle muy concurrida. La gente, curiosa, se detenía para contemplar mi hechura e informarse del precio que me habían puesto. Pero al final, todos se desentendían de mí. Hasta que un día un señor ya entrado en años, señalándome con el dedo, le dijo a un niño: «Mira, ¿te gustan? Son muy bonitos.» El niño, indiferente, no dijo nada. «¿Te los pruebas? Son muy cómodos», insistió el señor. Yo me sentí muy halagado por el elogio de aquel hombre tan amable.

Entraron en la tienda y el niño procedió a colocar sus pies en el hueco que llevo dentro. Yo sentí como si de pronto fuera a estallar con la presión de aquellos pies metiéndose en mis entrañas. Luego paseó y sus pisadas me aplastaban contra el suelo y doblaban mi cintura descoyuntándome de dolor.

Muchas veces había pensado que el escaparate en que tanto tiempo había aguantado días y noches, era de lo más aburrido. Ahora, me hubiera vuelto volando antes que aquellos pies me desquiciasen el alma.

A partir de entonces supe lo dura que es la vida. En los pies del niño soporté todos los tormentos que imaginar se pueden. Corría, jugaba conmigo al fútbol, saltaba al subir o bajar las escaleras, me arrojaba al suelo cuando llegaba la noche, se deshacía de mí... Y entonces sí; entonces descansaba toda la noche.

Pasaron muchos días y algunos meses. En una ocasión, jugando como otras muchas veces al fútbol, dio tan tremenda patada al balón que me rompí.

El señor amable se desentendió de mí. Fui a parar a un basurero y allí estuve enterrado entre desechos malolientes días y días. Ahora estoy junto al fuego. Me van a destruir. Siento el calor cada vez más cerca. Este será mi fin, yo que nunca he sido feliz, que no he conocido diversión alguna. ¡Adiós!

Enrique Vidal Mongort
alumno