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Pequeña aventura de la letra bHabía una vez en un libro de párvulos, una letra que ocupaba poquito espacio: era la letra b. Se había pasado gran parte de su vida sin moverse de aquel sitio hasta que un día, no se sabe por qué, cansada de tanta estabilidad, pensó que lo mejor sería salir al mundo para conocer nuevos horizontes. La letra b tenía algunas amiguitas, como la a, la c, la d. Cuando ellas vieron cómo la b se desasía de la página tan decididamente, la preguntaron qué hacía. -Sencillamente, me marcho. -¿Que te marchas? -Me marcho; eso es todo. Estoy harta de ver siempre las mismas cosas un pupitre, un lápiz, una goma, ¡y a vosotras! Quiero ser libre. Cruzó habitaciones, pasillos, puertas. En la calle, un niño la vio y quiso atraparla. Ella corrió, corrió, como letra que lleva el diablo. Salió al campo y se subió a un árbol El campo era tranquilo. No había niños, no había coches, no había ruidos. El árbol tenía entre las hojas unas esferas de reducido tamaño, muy rojas. Rompías la piel y brotaba un jugo amarillo y sabroso. La letra b se atiborró de pulpa y bebida. ¡Si supieran la letra a, la c, la d, lo delicioso que es vivir en el campo, subirse a un árbol y comer a discreción de tanta y tanta fruta! ¿Y la satisfacción de sentirse libre en lo alto de una rama fresca y verde? La letra b tuvo sueño y se dispuso a descansar. Poco duró el descanso. El aleteo de un pájaro de aspecto voraz la despertó en el preciso momento en que el avechucho se disponía a clavar su pico en el cuello de la diminuta y frágil letrezuela. La b saltó del árbol. Huyó por entre la hierba a toda prisa. El pueblo estaba cerca. Una calle, otra calle, arañazos de la gente que arrastraba sus pies por la acera. La letra b siguió corriendo. Entró en una casa; se subió a una mesa trepando por una de sus patas. Una vez en la cumbre, vio una rendija y se coló dentro : era un libro. La letra b jadeaba sudorosa. Junto a ella, reían tres letras: la letra a, la letra c, la letra d. Juan B. Pineda La lluviaEl afán por saber fue tan grande en hombres del pasado que, como Raimundo Lulio, escribieron tanto y trataron de explicar a sus lectores cuanto veían, que no es aventurado suponer cuánto hubieran dado por conocer el verdadero secreto de cosas que hoy a nosotros nos parecen sencillísimas. Cualquiera puede explicar sin dificultad en qué consiste la lluvia ; y sin embargo, Raimundo Lulio, en el libro «De las maravillas» hoy día hubiera corregido mucho de lo que dice. Sus inexactitudes son, a pesar de ello, el principio de estudios que otros estudiosos irían ampliando hasta llegar al estado de la ciencia en nuestros días. Gracias al esfuerzo de todos ellos, hoy sabemos que el calor del sol produce la evaporación del agua; que este vapor asciende, como consecuencia de las corrientes de convección a las que se encuentra sometido el aire caliente ; que ese aire arrastra el vapor de agua a zonas más frías de la troposfera, donde, por descender la temperatura por debajo del punto del rocío, se condensa en pequeñísimas gotas de rocío. ¡Y tan pequeñas! Su diámetro es del orden de milésimas de milímetro. Hacen falta millones de estas pequeñísimas gotas para constituir la lluvia. Cuánto le hubiera gustado al sabio que fue Raimundo saber estas cosas que hoy puede explicar cualquiera. Cuánto le hubiera gustado saber que cada una de estas ínfimas gotas necesitan de una partícula de polvo atmosférico para poder formarse, de modo que de no existir esas partículas en suspensión, ni existirían las nubes, ni se daría la lluvia, y sí, solamente el rocío y la escarcha. Nos sobran conocimientos. Tal vez nos falte interés. Con menos conocimientos del mundo físico pero con un anhelo interminable, Raimundo Lulio es uno de los más fecundos y sabios escritores a nivel de su siglo. Bernardino Peligri |