|
|
![]() |
|
|
65139 |
El hombre, ese desguaceEl afán de esclarecer conocimientos nos lleva a simplificar, a escurrir conceptos hasta sintetizarlos esencialmente. La síntesis es enjuta definición de realidades; cliché abstracto con que encorsetamos nuestras experiencias del mundo. Son tantas las definiciones que se vienen dando del hombre, que huelga
intentar añadir especificaciones nuevas a tantas como ya existen.
La verdad es que el hombre es un ser tan complejo, que los ángulos
desde los que cabe ensayar análisis distintos rayan en la infinitud,
como ojos compuestos. Muchas, con ser lúcidas y certeras, pierden gran parte de su entereza si se les saca del contexto reflexivo en que nacieron y del que son pieza inseparable, como el ojo de un niño. Yo añadiría que, con frecuencia, hay definiciones supuestas, que no se formulan, pero con las que contamos tácitamente. Definiciones dignas de lástima, como los ojos sucios de un pecado cualquiera. Por ejemplo, el hombre es lo que posee. Esta pudiera ser muy bien una etiqueta definitoria y un tanto positivista, no explícita nunca, pero comúnmente admitida. De ella hacemos respaldo y premisa universal para hablar en concreto de cuantas personas nos andan por de cerca. Por ella pasamos ineludiblemente cuando calificamos a un hombre de rico o pobre; es ella la que nos induce a afirmar de un profesor que es matemático o paleólogo; el necio, el ladrón, el astuto, el diplomático, el fraile, el labrador y el guardia municipal, se califican a sí mismos por lo que, en cualquier plano de la vida, han ido sumando hasta diferenciarse netamente del vecino. Definición económica, muy en la aureola bancaria del tiempo que nos ha reservado Dios. Claro está que hay también el hombre que apenas tiene o no tiene nada; a este le define su infortunio, como al ojo triste sus lágrimas. Y es lastimoso, porque se puede depreciar una cosa, pero no se puede depreciar al hombre. ¡Ojo! A.M. IndependentismoEl independentismo ha llegado incluso al mundo metálico y estridente de la máquina. No es menos estridente la palabreja que la literatura al uso acuña. ¡Todo se ha de decir! El ideal de máxima rentabilidad productor es lograr que los artefactos de que se vale el hombre funcionen solos, sin entretenimiento humano, previamente programada su cambiante actividad. Hasta la calefacción doméstica dispone de su pequeño cerebrito que en el momento adecuado, ¡Chas!, se dispara con puntual exactitud. A nadie debe extrañar por tanto que también el hombre, celoso de lo que él mismo construye, quiera evadir del mismo modo toda dependencia de las sociedades en que se inserta. En Australia, porque también en Australia ocurren cosas, un granjero ha decretado de pronto la independencia de su clan familiar y constituirse en estado autónomo, sin otro entorno fronterizo que los senderos que limitan las seiscientas noventa hectáreas de su posesión campesina. Es un hecho insólito, pero que cuadra perfectamente en el contexto ambiental de una época que, como la nuestra, presta demasiado culto al independentismo, al automatismo, al autonomismo. Un hecho aislado, externo, infrecuente, pero cierto y expresivo. Un hecho que invita a pensar, no obstante. Dulce agonía
Vicente Grau, 6.° Curso
|
|