|
|
![]() |
|
65157 |
El gamberrísmoEn el diario «Informaciones», se hacía José Félix, a raíz de determinadas acciones atribuidas a gamberros, la siguiente pregunta: «¿Por qué suceden estas acciones vandálicas permanentemente?» Achaca el escritor a falta de educación semejante comportamiento. Y, al propio tiempo, se ocupaba de las clásicas pandillas. «Aunque es competencia de los psicólogos y sociólogos el estudiarlo -decía-, creemos que es como consecuencia de una falta de educación y que se deriva de la evolución que han sufrido últimamente las familias en todos los países, por lo cual, los jóvenes, desde los pocos años, se encuentran aislados, abandonados y, muchos de ellos, marginados, ya que a veces el ambiente familiar se ha modificado y la ternura y educación que recibían ha cambiado, perturbando las relaciones normales de manera tan considerable que, en muchas ocasiones y en muchos casos, el beso de la madre o el abrazo del padre se han transformado en una discusión fuerte y agresiva, o bien porque estos mismos padres, además de estar preocupados tan sólo de ellos mismos, sufren a veces la acción de tóxicos, especialmente del alcohol.» No es éste el caso de las pandillas en que el joven comparte actividades, a veces incluso, del mejor gusto si no son simplemente círculos de sana y alegre camaradería. Si bien, la pandilla se constituye también no pocas veces en ambientación de la peor clase. «Las pandillas de jóvenes, actualmente, no hay que equipararlas con el gamberrismo. Muchas de ellas tienen sus características propias de aislamiento y de vida en colectividad, que si para la mayor parte de la gente no son posturas ortodoxas, también es cierto que no producen los efectos destructivos que comentamos. Los llamados "hippies" tienen poco que ver con los gamberros, ya que los primeros adoptan una postura, acertada o no, pero definitiva, si bien es verdad que en algunos de ellos, por los efectos que comentamos anteriormente de marginación o inseguridad familiar, etc., surgen esos otros aspectos tan desagradables que a nadie benefician. El gamberrismo no debe existir ; en definitiva, no debe prosperar, y por todos los individuos que pueden influenciar el asunto, como son sociólogos, psicólogos, moralistas, educadores, agrupaciones de padres, etc., se deben buscar los medios para resolver este problema. Esta situación que comentamos está también relacionada, en múltiples ocasiones, con las drogas, cuyo consumo cada vez se amplía más.» SoledadNueve meses de soledad, de oscura soledad, es la primera etiqueta que Dios pone a la vida. Tanteos de todos los sentidos ponen al niño en contacto con las cosas, y tarda no poco en saber, más que en saber en sentir, que hay una madre. La lucha por romper la soledad de los primeros alientos es un alto aprendizaje que enseña a iniciarse en esto tan complejo que es estar los unos con los otros. Insertos hasta la nuca en la sociedad para la que nacemos, poco hace luego esa misma sociedad por romper el cerco de soledad inextinguible que es para muchos el común comportamiento egoísta de todos. Hay una vocación muy concreta para cada hombre y hay vocaciones abocadas a la soledad más desoladora. Existe, cómo no, la soledad sonora del místico, rodeado y repleto de Dios, henchido de inmarcesible compañía inigualable. Pero hay soledades a ras de tierra que no dan con el ala necesaria que cierna de vuelos delicados la vida. Me entristece la soledad del sabio, la soledad del maestro de escuela que ama sin respuesta, la soledad del cura de aldea que confiesa inútilmente, la soledad del joven escritor a quien nadie lee. La sociedad en que vivimos es una inmensa fábrica de pequeñas soledades silenciosas. Hay la soledad del niño que no dice sus secretos, que muerde con ira el pan negro de sus problemas familiares, de sus complejos empequeñecedores de un alma grande, de sus malos recuerdos de infancia anterior. Llevan dentro de su jaula afectiva un pajarillo muerto del que se han encariñado y que no se deciden a enterrar. Y sueñan. Sueñan mundos distintos para refugiarse de éste que se les ha vuelto incómodo. Mundos poblados de mil cosas bellas que no existen. No saben esperar, no saben que el camino les tiene reservados paisajes más risueños y que un día les besará la vida. La esperanza es el secreto. ¡Suspenso!Fernando Canals, en el diario valenciano «Las Provincias», comentaba, no hace tanto, el desmesurado valor que se da a veces a los resultados negativos de las pruebas con que, del mejor modo posible, se pretende evaluar la marcha del aprovechamiento en los estudios. Habla, en este sentido, del rigor excesivo con que ciertos padres acogen al hijo desafortunado. «Y son quizá los menos ejercitados en las lides del pensamiento y del estudio los que mayor exigencia muestran con sus hijos, a los que esta extremidad en requerir una buena nota o cuando menos el aprobado, llega a hacerles mirar el suspenso como un deshonor, una mancha indeleble, exageración ésta que más de una vez ha llevado a algún muchacho demasiado sensible a la desesperación e incluso al suicidio.» Y no es que haya que celebrarse con indiferencia la notificación de calificaciones insuficientes o francamente negativas. Tampoco es eso. Se trata más bien de concederles la importancia que inexcusablemente tiene, pero buscando al propio tiempo la actitud más conveniente para partir de ahí con ánimo resuelto y extraer del tropiezo positivas lecciones de superación. «El suspenso, la reprobación en el examen no es un baldón; es sencillamente un fracaso, pero no definitivo, sino circunstancial, reparable y, además, de un alto valor ético y educativo. Y de este valor educativo, de ese fracaso es del que los padres deben aprovecharse en beneficio del estudiante, empresa harto más útil que la de restarle ánimos con castigos y represiones.» Demos como cosa cierta que la mayor parte de las veces el suspenso sea merecido, pese a las eternas disculpas de «el profesor la tenía tomada conmigo», «todo el mundo reconoce que fue una injusticia», etc. Más franco y más simpático es reconocer que se ha estudiado poco. Y si se reconoce así, si se acepta como merecida la reprobación, se obtendrá de ella esta enseñanza más interesante que todas las materias del programa de estudios: que nada en la vida, ningún buen éxito, ningún triunfo se alcanza sin trabajo, sin sacrificio, sin dar de lado a algunas distracciones gratas y enfrentarse seriamente con tareas que suponen recogimiento, labor silenciosa, penosas renunciaciones. ¡Magnífica lección, superior a todas las de los libros de texto! No es tan fácil, por otra parte, obtener óptimas calificaciones, dada la densidad de los cuestionarios; no es tan fácil orillar por entero el peligro constante de la nota desaprobadora de esfuerzos, dignos a veces de mejor suerte, cuando el esfuerzo existe verdaderamente. Más que desalentar al hijo importa templarle en la contrariedad, curtirle el carácter en estado aún de incipiencia. «Porque a menos que un padre tenga la pretensión de criar a sus hijos para meterlos dentro de un fanal, a salvo del aire de la calle y de las luchas de la vida, una de sus primeras preocupaciones debe ser vacunarlos contra la injusticia, prevenirles contra la desilusión y el desánimo, infundirles serenidad y perseverancia frente a los tropiezos y escollos, mucho más graves que el examen escolar, con que indefectiblemente han de tropezar en su existencia. ¡Pobre de aquél a quien todo le sale sin tropiezos y a pedir de boca desde sus primeros años!» Muchos desalientos, muchas depresiones y abandonos circunstanciales a lo largo del curso escolar, no tienen otra fuente inspiradora que la incomprensión de los propios padres, que estiman como ideal el comportamiento severo de sus progenitores. Existen pequeñas tiranías familiares con rectitud de intención, con amor mal entendido, que entienden que el hijo, como el canario preso en la jaula, está a salvo de cuanto consideran peligroso. Ya es hora de contemplar la vida como es. Es el hijo quien ha de hacerse a sí mismo. Importa a los demás trazarle el camino y avisarle de los obstáculos a salvar, pero sin empujones desconsiderados desatando el collar que les animaliza. ¡Suspenso a esos padres! A. M.
|