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Se hace camino al andar

Antonio Machado dejó así poéticamente definida esa subjetiva manera de entender la vida como camino que la marcha desbroza y perfila.

Jorque Manrique prefería destacar el carácter transitorio del vivir : «Este mundo es el camino -decía- para el otro, que es morada.»

Y precisamente ahora, Cassius Clay, el famoso boxeador moreno, hablando de sí, acaba de afirmar que «hacer un servicio a nuestros semejantes es el alquiler que yo pago por mi estancia en la tierra».

Cassius Clay razonaba así al impedir que gracias a sugenerosidad, un hospicio neoyorquino para viejos minusválidos, cerrara sus puertas por insolvencia económica.

¡Bonito gesto! Es una bella manera de hacer camino.

Amor, amor, amor

Vivimos momentos en que el amor, como una riada incontenible, lo inunda todo, pero nunca se ha amado tan poco.

El amor sufre un fenómeno depreciativo que lo hace cada vez más fácil, en creciente caída inflacionista. Al amor hoy lo mide la calderilla barata y sucia, que no la moneda fuerte de la Ley divina.

Amor, amor, amor, canta con monotonía de anuncio comercial, una voz casi niña desde la tele. ¡Nunca el amor ha andado por ahí tan desarrapado, tan sin cariño! Es una pena.

Inspiradamente, con suavidad lírica llena de simplicísima emoción, Pemán decía conceptos que olvidamos:

«¿Qué es mayor, amar... o amor?
No hay flor sin su tallo verde.
Hay tallo verde sin flor.
Amor sin amar se pierde...
¡Amar, amar es mejor!»

Solidaridad

La solidaridad, de tejas abajo, es difícil asignatura en que es muy posible no aprobar. Sin amor, no hay solidaridad; hay apenas un intento de mediocre cortesía. Solidaridad verdadera es sentirse hermano, y no hay hermandad sin familia, sin un Padre común que nos integre en la orla de su amor solidario y totalizador. Lo demás son parches.

Incluso quienes más hablan de solidaridad, desconfían a un tiempo del otro hombre que va con ellos y hasta da consejos de escalofriante desconfianza: No te fíes. Verifícalo todo.

En un escritor que tanto ha dicho en favor de sus congéneres como Brecht, es en quien leo y me decepciona

«¡No te dejes convencer!
¡Compruébalo tú mismo!
Lo que no sabes por ti,
no lo sabes.»

¡Aviados estaríamos!

Primor de la lejanía

Ahí está ese pueblecito norteño, dispuesto como en desigual cascada hasta el mar. Es como un derrame de dados por la ladera, fresca de tanto verdor. «Qué pena que no veas el color podrías morirte».

A vista de pájaro, las casitas diminutas, las barquillas mínimas, el fino trazo de un camino sorteando esfuerzos, todo en fin, empequeñecido por la distancia se nos antoja más frágil. Hay un especial primor en esa aparente simplicidad que cobra todo cuanto la lejanía reduce a categoría de niñez. La realidad así, tan cómodamente abarcada, pierde peso y se descarga de toda la ruda aspereza de los primeros planos. Hasta las rocas que respaldan el puerto, pierden bravura y se recuestan con blandura en el agua, bañistas fósiles.

Yo pienso si Dios, a mayor altura de la que imaginar podemos, no nos mirará también a nosotros con idéntica singularidad. Tal vez la distancia pula también ante su mirada la rudeza de nuestra condición humana y acaso nos ve no tan agrios, no tan turbios, no tan broncos. Es una ilusión, una pura ilusión nuestra, pero en el fondo, también una súplica.