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Excursión a ManisesLa Base de reactores de Manises -entre otros puntos que tocó la excursión de nuestros alumnos- tiene de suyo atractivo bastante como para provocar su poco de entusiasmo juvenil y su mucho de curiosidad admirativa.
Nuestros alumnos recibieron la experta explicación de mecánicos y oficiales, amables, y cedieron a la tentación de arrimarse a los aparatos y dejar constancia en estas «fotos» de su estancia en las pistas.
Hoy como ayer y siempreSan Francisco obtuvo de Dios la promesa firme de que su Orden no se extinguiría nunca. Fue como un empujón divino que le dio brío para afrontar ajenos intentos de conferir a sus frailes otra andadura más leve, más andadera, menos comprometedora con el audaz propósito inicial de vivir el contenido evangélico con una valentía que a muchos se les antojaba ascética temeridad. Incluso para quienes ven siempre en el milagro manejos de alambique leyendario, no cabe la menor duda de que sobre la perdurabilidad y vigencia del franciscanismo, el sentido franciscano de la vida ha saltado a la calle y ha teñido con pátina de simplicidad actitudes y cosas. El propio Diccionario de la Lengua, tan puntilloso al momento de dar cabida en sus páginas a vocablos no autorizados por el uso y la corrección literaria, ha incluido como noción académica el concepto literario de lo franciscano en la vida. Es franciscano todo lo que «participa de alguna de las virtudes propias de San Francisco». Es franciscana la tierra parda, es franciscano el gorrión descolorido de nuestros tejados, el hombre humilde, la casa pobre, el poeta amante de las cosas menudas, el obrero desatendido de la justicia, la colecta escasa de los domingos, el niño necesitado de amor o de cultura. Todos, o casi todos, de alguna manera, o en algún trance de la vida, estamos irremediablemente condenados a ser franciscanos, gracias a Dios. El franciscanismo, en filosofía, mística y arte, un conjunto amplio de temas y modos de ser han dado de sí una de las más vastas bibliografías cuyo curso hoy mismo no se agota y sigue incrementando su acervo. Está lo que los intérpretes del arte y la cultura llaman polisemia literaria, y que no es otra cosa que el distinto encuadre que, en el transcurso del tiempo, admiten y enriquecen los 'temas eternos de la expresión humana, en conformidad con el cambio hacia la actualidad de cada etapa histórica que adquieren los nuevos conceptos del mundo, base del saber de cada época. Hay como un continuo trasvase de los caldos ricos en contenido de unos odres viejos a recipientes con etiquetas al día. El franciscanismo ha cultivado una parcela muy exquisita de la sensibilidad humana : la afectividad. Y mientras el hombre busque su identidad más honda en el amor limpio y sincero a cuanto le rodea y va por la vida con él, el tema de lo franciscano y las hilachas sutiles que lo entretejen, saltará a los primeros planos de la expresión en todas sus formas del hombre y se le enredará al hombre en las manos, en las palabras y en mil actitudes que la vida impone sin nosotros saberlo. El franciscanismo acabará cuando acabe el hombre. Su Alteza el Príncipe de AsturiasEs poco lo que sabemos de él: es niño aún, es rubio, juguetón, simpático, natural, conduce un «kart», ¡y es príncipe! Un príncipe incipiente, un príncipe menudito y un tanto redondo, de mirada avispada, vivaracho, atento a todo lo que le incita la curiosidad. Aguanta mal que bien el protocolo y «oficialmente» calla hasta donde puede. Un príncipe niño, que en España, desde hace muchos años, sólo existían en cuentos fantásticos de hadas, bosques encantados y castillos ideales con zapatitos perdidos de cristal. Para los niños españoles que no están en edad de comprender el alcance de la monarquía, el príncipe es algo así como el rey que de hecho conviene a su estatura mental; un rey pequeño, natural, que se arrasca si mal no viene y habla donde los demás no tienen más remedio que callar. Bienvenida esta menudencia leve de la real familia a enseñorearse un poco de la mente clara de nuestros niños.
El Principe Felipe mirando a través de aparato militar
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