|
|
![]() |
|
65253 |
Pablo VI y la fe de los jóvenesCon fecha 4 de diciembre, Pablo VI expresaba una vez más su esperanza en el renacimiento a la fe del hombre actual. Se lamenta el Papa del «doloroso y tenebroso vacío» en que va cayendo un sector estimable de nuestra juventud, que bordea los desniveles resbaladizos del «secularismo de moda y el ateísmo teórico o político de nuestros días».
«La fe no es contraria a la razón, al pensamiento, a la cultura, a la ciencia, al progreso,» opone con firmeza el Papa. Y nos recuerda el caballo de Troya que es ya esa mentalidad de mucha gente, incluidos no pocos intelectuales, que degenera de día en día «en negación religiosa, en materialismo, en secularismo, en agnosticismo especulativo, en indiferencia espiritual». Hay manifiestas tendencias de oscurecer la religiosidad de las generaciones jóvenes, de apagar los ojos fervientes del pueblo, de entenebrecer el aire espiritual que nos rodea. «El ateísmo, de rechazo pasivo de la creencia en Dios, se ha convertido en activo y agresivo autor de la irreligiosidad», confirma el Papa. Frente a esta noche artificial con que el ateísmo quiere vendar la esperanzadora mirada del mundo, Pablo VI alza sobre la Iglesia la luz de la fe «que es como una lámpara que ilumina». Hay que fortificar precisamente aquello que los negadores de Dios intentan derruirnos. A este fin, el Papa quiere que sus palabras sean un «surco profundo de religiosidad en los ánimos de aquellos que lo han celebrado (el Año Santo) fielmente y también de aquellos que han observado desde fuera su significativo desarrollo.» Quienes pretenden presentar nuestro culto a Dios como algo inútil, nos inducen a descubrir aún más y a patentizar los valores inestimables de nuestra fe, porque la fe es una fortuna, la fortuna de la realidad divina, alcanzada; es una felicidad, la felicidad de la verdad; es una luz, la luz de la palabra de Dios; es una fuerza, es un consuelo, es una vida: la fe en la palabra de Dios, es. el principio de la verdadera vida.» Y es en los jóvenes donde hay que colocar esta lámpara esclarecedora de directrices nuevas, porque en ellos es donde más cultiva el ateísmo la esterilidad religiosa, socavándoles los fundamentos radicales de la fe; en ellos, «decepcionados hasta la desesperación de la duda y de la nada inoculada en sus espíritus por el secularismo de moda y por el ateísmo teórico o político de nuestros días».
Permanente magisterio del franciscanismoPor Carcagente pasaron religiosos prestigiosos por su saber unos, por su bondad otros, cuya fisonomía, dichos y hechos la gente nos recuerda con agrado. Ninguno ha dejado estela tan memorable como Fr. Andrés. Bajito, agachadizo, sonriente, trataba a todos con tanta sencillez que, sin pretenderlo, se convirtió en figura popular. No hay quien no se le imagine aún portando la Cruz en el Vía Crucis por Semana Santa. Tal vez sea esa su imagen más auténtica. Es lógico que alguna vez haya quien se pregunte si somos los franciscanos de ahora como lo fueron aquellos que primero siguieron al Fundador, como lo fueron estos otros no tan remotos que ellos mismos trataron. No es fácil la respuesta. En todos los pueblos donde aún abre sus puertas un convento hay en la historia inmediata franciscanos para el recuerdo, afables, bondadosos, sencillos, pobres. El franciscanismo fue enseñanza siempre y la ejemplaridad perdura en el corazón de quienes se beneficiaron con el trato de frailecillos de condición humilde. Es la mejor prueba.
Francisco y sus hermanos viajan a Roma para que el Señor Papa les apruebe su forma de vida. Momento en que Roma les aparece a su vista. Aquellos frailes buenos nos obligan, porque son el punto de referencia al que acude el pueblo para juzgar nuestro comportamiento. Es responsabilidad nuestra dejar una imagen de bondadoso franciscanismo que sirva de referencia a generaciones venideras. En qué medida vamos a conseguirlo, es problema que nos emplaza y deja no poco perplejos. No falta rectitud de intención, propósito asegurador de intentos y el esfuerzo laborioso de cada hora. Algo quedará. La rutinaPor muy bien concebida que esté una máquina, por muy ajustadas que queden las piezas que la integran y emparejada la dentadura de sus engranajes motrices, si la arena se introduce en las grietas y comisuras del mecanismo el conjunto se agarrota y el movimiento cede hasta la torpeza total. Hay una arenilla casi impalpable, abrasiva, que se le incrusta al hombre en los intersticios que deja el mecanismo interior del espíritu. Una arenilla sutil, penetrante como un perfume de noche, aguda como el filo del bisturí más sajador. Es la rutina. La rutina invalida entusiasmos y paraliza los intentos más subidos en todos los órdenes de la vida. Es un poco como el juguete ingenioso que realiza siempre la misma proeza pueril, hasta desgastar nuestro interés por él. Es la monotonía tediosa del esfuerzo diario sometido a horario fijo. El horario del sol, en cambio, es distinto cada día y tiene amaneceres y atardecidas siempre nuevas: la naturaleza no cansa porque ignora la rutina. Ni el beso del niño a la madre, porque cada beso es como otro amor. A muchos cristianos la oración les aburre. A muchos de nuestros estudiantes les cansa rezar lo mismo a las mismas horas. No aciertan a combatir la rutina, a disponer la mente y el corazón de conveniente y distinto talante en esos momentos necesarios en que, con la oración, damos cuerda al reloj de nuestra vida. No inventan tampoco oraciones nuevas, las suyas personales, adecuadas a las situaciones diversas que les depara el día. No saben aún que un beso es distinto a otro beso, si hay latido en las palabras silenciosas que fabrica el labio. ¡Cuántas cosas necesarias, menudas a veces, se podrían decir! ¡De cuántas pudiéramos dar gracias cada noche 1 Se puede pedir un amigo mejor, un profesor más comprensivo, un día de sol que nos alegre, una calle más limpia de todo, un pueblo sin pobres, un alcalde comprometido, un cura piadoso, casas más pequeñas, menos invasoras de tantas cosas ¡qué sé yo! Y a cada cosa obtenida, mostrar nuestro agradecimiento con henchida devoción, con naturalidad, como aquel profesor mío, P. Luis Angel, desigual y desvanecido a veces, inspirado y con aciertos expresivos otras, de quien, un poco a la manera de Fr. Luis de León, es esta lira tan ajustada y sencilla
A. M. |