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P. José López

Han muerto el P. Pacífico Torres y el P. José López

Hay momentos en que la mano de Dios parece como si tuviera prisa por llevarse para Sí vidas de hombres que nos son queridos. El P. Pacífico, primero, y el P. José López, poco después, siguieron con presteza la última y decisiva indicación de la voluntad divina.

Ambos pasaron por nuestro Colegio y son muchos los exalumnos que les guardan grata memoria y nos han expresado su condolencia.

El P. Pacífico ya estaba muy achacoso -nos dicen-, pero ¡el P. López! Es lamentable.

Para Dios no hay diferencias de edad ni avales de salud. Hay una función a desarrollar en vida, para cobrar luego el jornal generoso de la eterna cercanía de su amor.

Así es como se apagaron los ojos húmedos, ya cansados, del P. Pacífico y la voz segura, aún joven, del P. López. Hemos perdido, eso sí, la bondad silenciosa del uno y el consejo experto del otro.

Nos consuela saber que Dios cuenta con ellos para acrecer el coro de cuantos gustarán, ya para siempre, del júbilo de ensalzarle a plenitud de garganta y corazón.

Nuestros alumnos escriben

Quién sabe si algún día, reunidos todos estos retazos de literatura joven y balbuciente que ahora aparecen en este apartado de nuestra Revista, cupiera la posibilidad de ofrecer a nuestros alumnos venideros una muestra antológica que les sirviera de acicate y estímulo creadores. Me llenó de gran alegría saber que, en la selva peruana, nuestros misioneros dan a leer nuestra revista a sus alumnos. Sin pretenderlo, nuestra Revista se erigía, por un momento, en mensajera literaria entre niños y estudiantes nunca tan distantes.

El ocio

En la sociedad moderna el trabajo ha pasado a un primer plano. Lo único importante es producir. Hubo tiempos, sin embargo, en que el ocio ni podía estar mal mirado, porque se tenía establecida una clara diferencia entre la vida activa y la vida contemplativa. Ya no existe el ocio. Existe el descanso, que es tanto como decir que el ocio queda condicionado por el trabajo.

Esto tal vez explique por qué el hombre de hoy no sabe qué hacer del tiempo libre. No existe un ordenamiento del ocio. La vida contemplativa no tiene cabida en nuestro mundo dinámico. El tiempo libre se emplea para hacer cosas no habituales: deporte, viajes, tertulia con amigos. El tiempo libre no es para vivirlo, sino para matarlo. «Hay que matar el tiempo», dicen todos. Y nadie sabe cómo.

Sólo los viejos, jubilados por exceso de edad, gozan a su manera del ocio. Pero también para ellos el ocio es descanso indefinido. El hombre jubilado toma el sol en invierno y se aburre el resto del año.

Si la cultura jugase un mejor papel a nivel de masas, esa ala muerta del hombre en que se ha convertido el tiempo de no hacer nada, podría cobrar su papel de sostener al hombre a mejor altura que la meramente vegetativa.

No se ha aprendido todo aún de los clásicos.

E. Ch. Peiró

Consideraciones sobre la amistad

La amistad nació cuando el hombre miró a su alrededor y descubrió al hombre. La amistad dio su primer vagido cuando el hombre se percató de que, confiando en los demás, podía compartir penas y alegrías.

Sin la amistad, el hombre se convertiría en un extraño para el hombre, cuando precisamente él, entre todos los seres de la Creación, es el más necesitado de sus semejantes. Solo, el más desvalido. Tanto es así que un hombre sin amigos es lo más parecido al náufrago en la clásica isla desierta; sólo que aquí son los hombres el mar que cerca y aisla.

La amistad ha decidido momentos históricos en la vida de los pueblos: Aquiles vuelve al combate para vengar la muerte de su amigo Patroclo ; Oliveros acompaña y aconseja sin cesar a Roldán hasta la muerte. Tan es así que la literatura convirtió en leyenda, en mito glorioso, el ápice histórico.

Hay también casos de infidelidad que engendraron traidores ; ninguno tan famoso como Judas.

V. Verge