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Parásitos en la escuela

Nos duele que en lugares distintos de la geografía hayan aparecido focos de parásitos que afectan a niños escolarizados. ¿Quién se acordaba ya de estos minúsculos e incómodos habitantes furtivos del cabello humano?

Parecían ya históricos aquellos tiempos en que la pobreza y un bajísimo nivel de vida propiciaban, en un vasto sector de la sociedad, deficiencias higiénicas humillantes. Los parásitos eran el carnet de identidad del pobre.

Se dice que la causa del mal hay que buscarlo ahora en el desaliíío que imponen ciertas modas y en el acceso a la enseñanza de sectores hasta hoy marginados, como es el caso de los gitanos. Si es así, la vergüenza debería cubrirnos a todos : cuesta repartir entre los demás el bienestar que alcanzamos.

Tal vez la publicidad dada a tan desagradable hecho coadyuve a dar pronta solución a una cuestión social que no debiera quedar indefinidamente pendiente.

Don Angel Lacalle ha muerto

La prensa nos trajo la noticia luctuosa del fallecimiento de don Angel Lacalle.

Don Angel figuró siempre entre los amigos del Colegio. En sus libros de texto se han formado numerosas promociones de estudiantes nuestros. Gustaba don Angel del recogimiento conventual y lo buscó entre nosotros. Hubo épocas en que se retiraba de todo para descansar unos días, en el silencio de nuestra Comunidad. En alguna ocasión publicó la semblanza frailuna del religioso que más atención le merecía ; recuerdo aquella tan cariñosa que dedicó a la sencillez y bondad ingenua de Fr. Andrés, también desaparecido.

Don Angel ha muerto. Y nos ha dejado dolidos. Dios que le tenga cerca.

Alegría verdadera

Hay la alegría superficial, ruidosa y momentánea; la que provoca el chiste o la sorpresa del absurdo imprevisto. Es su carcajada la expresión de un gozo que tiene no poco de desafuero. Los manuales clásicos de buena educación prohibían sin más tales manifestaciones ruidosas de júbilo incontenido.

El deleite que nace de motivaciones hondas llega a la faz del lenguaje externo sin gestos extentóreos. Se dibuja apenas en una placidez del rostro que, si acaso, se permite una sonrisa leve. ¿Vale la Gioconda?

Hay no sé qué escondidas rendijas en el alma por las que sólo se transparenta la claridad esfumada de lo mínimo en gracia de Dios. La alegría violenta no alcanza a sacudir la serenidad íntima del hombre: se queda en la piel del escalofrío, en las redes nerviosas de lo meramente externo. La alegría de los santos se permitía el contorno áspero de la soledad y el silencio porque transcurría como un venero por las vetas profundas de su encuentro a diario con Dios. La alegría de los ángeles navideños era placer semitonado porque cantaban cosas tan simples y diáfanas como la paz y el buen amor.

No parece sino que el regocijo verdadero exige una previa estatura humana de seriedad que le dé cabida. ¿Paradoja? ¿Y qué le vamos a hacer? El fundamento, en todo, implica siempre solidez. La alegría es cosa seria. Por eso hay tan pocos hombres alegres en efectivo. Los hay fáciles a la descompostura de la hilaridad y los hay adustos, impenetrables, el ceño a punto de desafío siempre. En medio, los que han aprendido laboriosamente la difícil asignatura del optimismo más sano.

San Francisco descubrió un día la alegría inmarcesible de la entereza humana en los trances más difíciles; alegría sin otros ingredientes que la presencia constante del amor divino dulcificando esquinas. Santa alegría la calificó entonces. ¡Alegre santidad la suya hasta alcanzar semejante tributo humano!