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Entre el impudor y el júbiloEl clarín ya ha dejado sus aflechadas notas en el ámbito. Y el estremecimiento de lo inesperado se ha vuelto sobresalto y agitación. ¿Siempre tienen que ser agitadoras, revulsivas las llamadas para una cita, como en este caso del cincuentenario del Colegio? Poco después, cuando se sensibiliza lo inesperado, llega el acorde pleno, substancial, lo placentero de la cita. La cita de la presencia de los hombres que en ese largo plazo testimoniaron su endeble y pálido proyecto con explícito gesto. Y como recompensa a la cita, ,la festiva conmemoración. Ya están desplegadas al viento las banderolas de la fiesta, de la comunicación humana satisfecha sólo con la presencia. Y yo estoy también citado. Que significa que he de compartir lo inesperado de la llamada a toque de clarín, para que no eluda mi presencia. Porque luego se me obsequiará «con abrazos efusivos, con plácemes a mi salud, hasta posiblemente a los gestos que empleé cuando testimonié mi endeblez, mi vanidad, mi osadía de hombre». ¡Cómo quisiera pensar que todo es así! De todo cuanto supone y se enumera en una cita, sólo justifico la apremiante llamada violenta del clarín. La innegable certeza de que han transcurrido los cincuenta años... Eso sí. Pero ya luego me parece impudoroso evocar los gestos, las palabras, los hechos que yo testimonié. Me veo entonces hurgando en un montón de cosas menudas con el afán de escoger lo precioso, lo permanente. (¿Cuándo se nos acabará esta vocación de buscadores?). Y voy haciendo un segundo montón de escoria. Las manos se me resisten. Pero el afán, lo convencional del hombre, insiste y hurga de nuevo. Hasta que me estalla en el espíritu la claridad de El, de Ti, Señor, que me invitas a desistir y a proseguir. Como si quisiera decirme: «Deja de volverte atrás.., porque aún queda camino». Y se me enciende la sangre de nuevo. Y me da horas de fatiga para invitarme luego al sueño. Yo diría que es entonces cuando se me sensibiliza el júbilo. Me he compartido con otros. Sigo el apasionado juego de la presencia que es testimonio. Y mis gestos vuelven a ser otros, nuevos gestos porque mi espíritu les da vida. (¿Acaso se repite el espíritu del hombre?). No quisiera faltar a la cita. No puedo negar mi presencia. Desde ahora me quiero echar mi repugnancia con la facilidad que se despluma el ave cuando prepara su nido. (Magnífico gesto como se define la maternidad.) Pero ya no más. Sólo mi presencia. Dejadme que tome un vaso de agua sin sentarme. De pie. No concibo a los peregrinos que se sientan, junto a las voluptuosas aguas deslizantes, y se esconden del sol debajo de las tentadoras hojas. Mientras, de= ¡ante de él, aún queda camino. Aún hay lumbre y ascuas en el horizonte. Decidme, por favor, mentidme si es preciso, pero decidme que el peregrino está de pie y que ya pisa el polvo del camino con los pies húmedos por las aguas que ha hollado sin importarle nada, ni las fuentes, ni los árboles. Decidme, que aún no ha falsificado su gesto evocando, contando los valles y las colinas por dónde pasó. Creería que ya había dejado de ser peregrino. Y entonces me da igual. ¡Ay lo impudoroso de la cita! ¡Cómo me temo a mí mismo! !Qué violento el clarín de la llamada! i Qué traicionera para el espíritu la evocación que se enmarca en lo convencional del endeble testimonio de una circunstancial presea vialidad! ¡Con cuánta escoria no vendrá el júbilo l No. Renuncio a la evocación. Tantas cuantas veces me ha dolido el corazón es porqué sucumbí a la evocación. Mirad, mi espíritu está en pie. Aún le atrae la inmensa hoguera que empavesa las nubes de granate. Y hasta allí llega el camino, el camino de mi espíritu. Porque aún El grita : «En pie... y anda». Eso va conmigo y va con vosotros. Quizá también para vosotros, compañeros de una cita, porque nos encontramos casualmente en el camino. ¿Por qué no decirnos que tenemos gallardo, valiente el espíritu, aunque haya gestos y palabras de cansancio, de tantas cosas envejecidas atrás? Ni siquiera, os lo aseguro, necesitaría para andar mi espíritu
las lindes que forjan los caminos ni el esplendoroso fanal de luz sobre
la tierra. (¿No tiene el espíritu su sol y su camino?) DAVID CERVERA, O. F. M. Medio siglo
Fachada del colegio que da a la calle Santa Ana en el período de obras Si al pasado le atribuimos dimensiones que le dan volumen y peso por configurarlo de algún modo, el tiempo es su paisaje horizontal, el lecho blanco en que se tiende la historia; el hecho acaecido, la necesaria perspectiva histórica; y la mayor o menor trascendencia del mismo, su gravedad. Medio siglo en la historia de una institución cultural arrojan de visible manera dimensiones más que notables para que pueda pasar desapercibido, porque si el siglo es algo así como la unidad de medida de la historia, medio siglo es sólo una fracción, pero una fracción importante. El tiempo carece de materialidad. En realidad, no se le puede trocear como hacemos con un zoquete de madera o una barra de cera. El tiempo es simplemente duración, acto de presencia del existir, raro fenómeno de las cosas con una no menos rara inclinación al color amarillo y al envejecimiento, pero como el movimiento conlleva traslación y transcurso, al tiempo invertido en trasladarse algo de un punto a otro, bien podemos achacarle virtudes medidoras de tiempo. Así es el día en el movimiento estelar de la tierra ; la hora, en el girar redondo y más moderado de las piezas del reloj. Un siglo es un múltiplo para medir cosas largamente duraderas. La eternidad no se mide porque no transcurre; es perpetuidad sin desarrollo. Duradera es la cultura y duraderos deben ser esos mostradores del saber en que se convierten las instituciones docentes cuando su labor alcanza signos temporales de importancia. Cuando el calendario escolar ha sido estrenado cincuenta insistidas veces por la misma mano en el mismo clavo, y esa mano no tiembla, bien merece tomarle el anillo para registrar en su cintura una fecha gloriosa. ¡Cincuenta años de avenencia y boda en tierras donde el azahar sobreabunda ! ¡ Cincuenta años ! Esa es la medida.
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