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Nuestros alumnos escriben

Una vez más, nuestros alumnos escriben para vosotros. Escribir es comunicar algo a alguien, y siempre, muy por detrás de cuanto se diga, late un modo especial de mirar las cosas o entender el mundo y al hombre. ¿No puede resultar, pues, de interés contemplar retazos de realidad a través de los ojos aún adolescentes que empiezan a descubrirlo?

Hay literatura para jóvenes y niños, literatura infantil; no hay literatura de jóvenes y niños, iliteratura infantil!, porque se entiende que escribir es comprometedora empresa que exige madurez. Nunca, sin embargo, está de más emprender ensayos y pulsar resultados.

Una pausa

Hoy es viernes y la noche está al caer. Acabo de regresar del Colegio, concluidas las seis clases habituales y me siento un tanto cansado. No sé qué hacer. Se me ocurre poner en marcha el tocadiscos y me dispongo a escuchar música, la que sea: zarzuela, clásica, rítmica; no importa cuál. Me hago con un libro y me dejó caer en el sofá.

Leo despacio y sin interés con la música de fondo, pero la música me distrae de la lectura, al punto que he de cerrar el libro y entretenerme con la música sola.

La melodía flota en torno mío y me va envolviendo poco a poco. Ya no pienso en nada; me he olvidado de todas las preocupaciones del día y dejo pasar el tiempo. El amigo me espera, pero no importa. Mi madre me llama, pero no importa. El tiempo se ha detenido para mí. Y me he quedado solo, porque el disco se ha detenido y todo se ha marchado con la música.

ANTONIO ROBLES

El entorno de nuestro yo

El campo, lugar donde, hasta las formas más extravagantes dejan de serlo para convertirse simplemente en ornamento geográfico y natural, está cada día más lejos. La ciudad lo invade todo, y el campo, asustado, se aleja. No obstante, vale la pena correr hacia su encuentro, porque el campo es, hoy más que nunca, un mar quieto del que sólo emana tranquilidad. La luz, la piedra, el agua, el árbol, son la escala vibrante con que la naturaleza entona su canto de paz, esperanza y libertad.

Por más que la naturaleza sufra la soledad del hombre, en ella podríamos hallar el reflejo de todos nuestros estados de ánimo. Esa paz, esa esperanza, esa libertad, son las mismas que nuestro espíritu busca y no siempre encuentra. Buscadlas en el campo y hallaréis todo lo que deja vacío vuestro corazón. Hallaréis una naturaleza que ha crecido junto a vosotros y que es parte circundante de vuestro yo.

SIMEON LUIS FERRER PASTOR

La teja que perdió la gravedad

Erase una teja que vivía al borde del alero. Acostumbrada a la altura, no dio nunca signo alguno de zozobra; era más bien una teja tranquila, hasta que una mañana, al desperezarse, resbaló y cayó hacia la calle.

Asustada, porque presintió la muerte brusca sobre una acera, buscó desesperada, revolviendo sus bolsillos, algo que le permitiera salvarse. Nada encontró, aunque notó qué algo se le caía del bolsillo.

No acertaba a adivinar qué era lo que acababa de perder, pero de repente se detuvo sin peso y hasta, un momento más tarde advirtió que ascendía por el aire misteriosamente. No acababa de salir de su perplejidad. De pronto se dio cuenta de algo que jamás hubiera sospechado: lo que se le había caído del bolsillo no era otra cosa que la gravedad.

Claro que no podía pesar. Era como una pluma. Ahora era el viento quien la dominaba, quien la arrebataba a su voluntad. Se sintió indefensa y se lamentó de su suerte.

Un hilo de seda, que como ella revoloteaba a merced del viento, serpenteó en sus cercanías. Y de pronto tuvo una idea brillante: cogió el hilo y lo utilizó como sedal de pesca para atrapar la gravedad perdida.

Tras muchos esfuerzos consiguió su propósito. Izó la gravedad hasta ella y se la colocó en el bolsillo. Pero apenas lo hizo se precipitó inconteniblemente hacia la calzada y saltó hecha pedazos, muriendo de muerte casi instantánea.

JOSE DUATO MARIN

Tres poemas

I

Oh, vendaval, que arrastras
de árboles las caducas hojas,
arrastra también los deseos
impuros de la gente.
Señor, haz que desaparezcan
con ellos
todos sus vicios.

Jóvenes olas marinas
que arrastráis futuros sedimentos,
arrastrad los malos pensamientos
de esta cerca del mundo
que nos rodea.

Hazlos desaparecer, Señor.

II

Se me agria la soledad
cuando advierto
que, a veces,
en vez de amigos tienes conocidos.

III

Cuando en tus entrañas
el amor comience a despertar
será cuando empieces a soñar de veras
tantas y tantas cosas,
que no acertarás a saber
por dónde empezar.

LUIS FERRER PASTOR

La ermita y la fábrica


La ermita se nos va. La vieja ermita está a punto de dar su último adiós a su soledad, que fue durante siglos su única amistad inseparable.

La erigieron nuestros mayores junto a una colina áspera y seca. A un lado, desafiando la sequedad del paisaje, se alzaba majestuosamente un ciprés con un hueco en el corazón por que se veían algunas ramas secas. El ciprés era alto, solemne, amplio de caderas y fino en la punta. Tenía recio el tronco, y en la cúspide un nido invisible sostenía incansable el piar asustadizo de unos polluelos.

Pero el progreso puede con todo. Aquí mismo, donde antes afluía los penitentes a perfeccionar su voluntad, va a ser construido una ruidosa fábrica de no sé qué que terminará con la paz y la alegría suave de este paraje solitario. Sus únicos habitantes eran unos pequeños animalillos que nada tienen que ver con lo que aquí va a pasar. Ellos ni lo saben. Y si lo saben, no alcanzan a protestar.

¿Qué tendrán que ver con el progreso los árboles y animales del campo? ¿Y qué la ermita y el ciprés centenario? ¿Por qué arrasar para siempre la paz y soledad que ellos alimentaron durante tanto tiempo y tan generosamente ponían luego a
nuestra disposición?

Este es el hecho y yo no quisiera ni comentarlo ; la ermita se nos va, la vieja ermita de la colina próxima, áspera como un penitente y sola como una dulce pena.

JUAN BAUTISTA FONS CUÑAT

La vida es sueño

Hoy, para variar, me he levantado temprano, y sin más me he marchado al monte. Pequeñas nubes se insinuaban por el horizonte.

Enfilé la «bici» por un camino atrevido y polvoriento, casi senda, por el que dudo hubiera pasado alguien Dios sabe desde cuándo. La senda torcía su curso entre rocas y matorrales obligándome a los más raros equilibrios, y de pronto, desde el paraje más agreste que imaginar se pueda, surgió un valle fresco y verde al centro del cual establecía su curso un río de aguas transparentemente verdes.

Bajé al valle. Por la orilla del río caminé hasta unos árboles que ocultaban un viejo caserón. La hiedra cubría paredes y aún ventanas. Los pájaros ponían una nota de vida en el ambiente. Y a mí se me antojaba todo aquello un pedazo de mundo irreal, geografía imaginaria para cuentos inverosímiles.

La vida es así. La realidad y el sueño no son coincidentes, pero a veces una senda maltrecha y apenas pisada, te saca de lo cotidiano y te hace desembocar en rincones desconocidos donde la realidad se hace sueño, donde el paisaje se vuelve literatura. Y es que en los caminos olvidados aguardan, aún hoy, secretos y sorpresas.

No enterréis los viejos caminos, no los cubráis de asfalto. Mataréis la imaginación y el ensueño necesarios.

R. M. C.