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La educación simiente de pazEl niño es el único exponente verdadero de la civilización de un país. No es la máquina ni el poderío lo que caracteriza humanamente a una época. La civilización, la verdadera civilización, comienza cuando un padre pone la mano en el hombro de su hijo para conducirlo a una escuela porque comprende la necesidad de darle cabal educación. Sorprende comprobar cómo, en épocas remotas, gentes primitivas dedicadas exclusivamente al cultivo de la tierra y al cuidado de la ganadería, en un primer intento de asentamiento y ciudadanía, daban a la enseñanza de sus hijos capital importancia. Hay a veces, en la mitología de antiguos pueblos europeos, la divinidad que enseñaba a balbucir al niño, la que le mostraba las primeras letras, la que le acompañaba y protegía mientras marchaba al preceptor. Me ha llamado la atención tan honda delicadeza. Hermosa manera de colocar la primera piedra de un progreso que ni adivinaban. Amoroso afán por lograr la perfección de sus hijos recurriendo por eso al favor divino. Pero es que en realidad, la mitología es ya una forma primaria de civilización y cultivo del hombre. Importa poco que el contenido de aquellas teologías de sólo barro fueran frágil invención humana. Lo hermoso es pensar que, en su credulidad, aquellas gentes ingenuas, sin refinamiento intelectual todavía, comprenden muy pronto que es en la más temprana edad cuando hay que ir apuntalando al niño para hacer de él un hombre cabal, según el incipiente ideal de la época: ha de ser buen labrador, trabajador honesto, buen padre de familia, piadoso con los dioses, valiente amparo de los suyos llegada la hora difícil. No siempre fue luego así. Conmociones históricas pusieron en peligro la andadura ascendente del hombre en la historia. El mundo entonces retrocede y hay que inventar de nuevo la civilización. Establecido el equilibrio, hay que ocuparse del niño otra vez. El es la esperanza siempre. Por eso, cuando la prensa nos trae ahora información gráfica una y otra vez de zonas conflictivas en que los mayores enseñan a hacer la guerra a los niños, sentimos un repeluzno en la espalda. ¡Niños con un fusil en las manos, dispuestos a matar! ¡Niños desnaturalizados por disposición de la patria! La ciencia, la tecnología, en el momento histórico que nos caracteriza, logra cotas del más alto nivel y alcanza a todos los rincones de la tierra, aunque sea en forma de máquinas bélicas; pero el talante de quienes vivimos ese momento no es de tan exquisita civilidad como cabría suponer. Existe un grado de progreso técnico y otro muy distinto de trasfondo formativo que puede no seguir camino parejo. Mientras aceleramos en un sentido, vamos a tentones en el otro. En los niños está otra vez el horizonte esperanzador. Y ojalá no nos ponga Dios precios abusivos a esta materia prima del hombre, como hacen los árabes con el petróleo. Hay que formar a los niños con civilizadas maneras si queremos que el producto, y aún los subproductos, de nuestro progreso, no nos arrastren inconteniblemente. Tal vez el error haya que hacerlo consistir en que le hemos enseñado al niño, hombre ya, a correr, pero no le hemos dicho hacia dónde. Si el niño aprendiera siempre, ya desde ahora, a respetar a su igual como una garantía de paz, a emocionarse de nuevo ante la belleza del silencio natural que las máquinas han arrinconado ya a muy escasos lugares de la geografía y, cómo no, a asombrarse con espontánea sencillez ante la sobrecogedora grandeza de Dios; si consiguiéramos que los programadores de la enseñanza simplificaran hasta este extremo las complicadas maneras con que hoy se procede en todo, cuando alguien se atreviera a procurarle una espada al niño con consignas de venganza, no dudaría él mismo de arrojarla a los pies del hombre y a mirar con misericordiosa ironía a quien así le enseña a odiar.
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