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La difícil convivencia

Ensayos y artículos de toda índole constatan la actitud irrequieta del hombre actual y diagnostican remedios variadísimos que podrían paliar al menos el desorden y desorientación en que se mueve el mundo que habitamos.

Si fuera posible traer de la mano hasta el borde de nuestra existencia al gigante que fue San Agustín y le expusiéramos la gravedad del problema actual, su diagnóstico es muy previsible y nadie dudaría de la eficacia y actualidad de las recetas. Es curioso cómo, en circunstancias diferentes, los enigmas con que se enfrenta el hombre en todo tiempo tienen similar apariencia y soluciones fijas.

El decía, a su modo, que todo cuanto existe busca afanosamente el equilibrio y la estabilidad ; todo tiende hacia su centro tranquilizador ; el desorden es descentramiento. La piedra se abre paso a través del agua hasta dar con el lecho claro del río en que luego descansa; el aceite denso y gelatinoso asciende, por el contrario, a través del agua hasta sobrenadarla y relajarse. «Peso» llamaba el santo a esta tendencia ordenadora hacia la quietud de todas las cosas. Pero, ¿y el hombre? ¿Cuál es el centro hacia el que, si se tiende con firmeza, trae paz y armonía al corazón del hombre? El amor. Amor a la verdad y a la justicia, amor al hombre, amor de Dios.

A nivel oficial, se trata de restablecer la oposición internacional a fuerza de leyes contratadas, acuerdos basados en el supremo respeto a una firma suficientemente representativa. Y la paz basada en contratos, tiene mucho de tienda de campaña que, para evitar la arrebate el viento, queda sujeta a tierra irradiando cuerdas como un fementido sol de cáñamo. Luego llega trotando el vendaval y se la lleva.

En una tienda de campaña precisamente, y en la arena inconsistente del desierto, firmaron su paz particular egipcios e israelitas. A nadie extraña ya, en consecuencia, que al fin la paz se vuelva sólo tregua y respiro.

¿Y en España? En España se hizo la paz, para alivio de todos, pero nunca se hicieron las paces, por falta de una correcta pluralidad que ahora llega o al menos se anuncia. Con todo, nunca, ni aquí ni en parte alguna, la paz verdadera, el equilibrio centralizador del hombre, se hará patente y fijará fechas de autenticidad y duración si el hombre no cava surcos profundos a las raíces vivificantes del amor, suprema cortesía del espíritu, a las raíces de la amistad con todos, del respeto al otro, sean cual fueren las cicatrices de su rostro.

Y ahora sí; ahora podemos despedir a San Agustín, sabio mediador entre la razón y el misterio, agradecidos por el favor de la consulta.

La sombra del hambre

Acabo de leer que en época remota y en circunstancias críticas para el hombre, ante el pueblo que le rodeaba, alguien, por todo diagnóstico, fabricó y gritó esta frase que luego se haría célebre: «Os puedo asegurar sin lugar a error que los dioses existen, pero apenas ya si se ocupan de nosotros. ¿Cómo de otro modo entender que el bien no siempre sea gratificado con el bien y el mal con el mal?»

Un estrictísimo y primario afán de justicia como clave de orden social, ponía ya en aprieto a los hombres de otro tiempo. Dios existe, pero cómo explicar el escaso pago que la bondad obtiene y la impunidad con que se desenvuelve la maldad. Dios se aleja y no alcanzamos sus favores.

Curioso alegato en el que al menos se salvaba la fe. Pero cuando Dios parece no estar, ¿es El realmente el ausente? ¿No será más bien que el hombre es propenso a distracciones piadosas, anda con frecuencia de espaldas a El para, al volverse y echarle de menos, echarle la culpa de su lejanía?
El hombre siente una invencible inclinación hacia la osadía, y la osadía, con frecuencia, roza la insolencia. A más de esto, nunca el hombre ha sido tan inconsecuente consigo mismo como desde que inventó la lógica para invocarla ya siempre en todo lo que (e concernía. Hasta entonces, su ignorancia le exculpaba no poco en muchos casos.

Hemos leído noticias escalofriantes del apuro económico de vastísimas regiones africanas de inclemente climatología. Tierras cuarteadas por la sequía y barridas por el hambre. Las reses muertas; los niños entecos por la más estricta necesidad, los ojos inmensos, como asombrados de vivir muertos. Al propio tiempo, el habitante de continentes más desarrollados alcanza niveles de derroche que rayan en la inmoralidad y en el insulto. ¿Es Dios quien se aleja del hombre? ¿No será el hombre quien prescinde de El para organizar más confortablemente la vida, sin hostiles obstáculos de moralidad y fraternidad cristianas, o para más injustamente repartirse el pan y la sal?

Nos duelen esos niños negros, cofrades eternos de la penuria y la enfermedad, vecinos de la muerte apenas nacidos, mendigando su derecho a vivir al borde mismo de la civilización. Los pobres de Europa somos ricos sin saberlo. Y no es nuestra opulencia relativa lo que hay que agradecerle a Dios para tener nuestra conciencia tranquilas y a El propicio. Si no acertamos, en nuestra medida, a mitigar la extrema necesidad de quienes caen exhaustos junto a nosotros -no hay distancias hoy-, hay que pedirle a Dios que reparta hasta nosotros el dolor acumulado en otras zonas desafortunadas del globo, para sentir mejor el amor al hombre y llegar así al de Dios, suprema presencia de Cristo en la Cruz.