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Una exposición de artistas franciscanos

Mucho se ha escrito sobre el influjo del franciscanismo, como doctrina y como tema, en la historia del arte. La misma Orden Franciscana, de suyo, es prolífica en artistas, sobre todo en lo literario, que alabaron a Dios vertiendo en cuartillas anónimas y libros más serios toda la exquisitez de su sensibilidad. Con frecuencia, el artista franciscano dudó al momento de asegurar su obra del olvido con una firma testificadora, porque no importaba tanto dejar constancia del autor como subrayar ante la indiferencia de muchos las grandezas de Dios. Aún hay críticos que ante un soneto anónimo de singular belleza, se limitan por toda atribución a aludir a la callada humildad de algún obscuro franciscano. Se sabe que el Beato Nicolás Factor fue excelente dibujante y no mediano pintor, pero de sus obras sin firma apenas si es posible confeccionar un mediocre catálogo: algunos dibujos en el Patriarca, «La Virgen de la Leche» en Porta Coeli, la noticia de otro cuadro mariano -o tal vez el mismo- en la Trinidad de Valencia, y basta.

No hay que llevarse a engaño. Quien entre nosotros escriba no puede nunca pretender que su obra alcance el favor del público, porque el principal destinatario es Dios y Dios ni lee ni aplaude. Mira, con dulce mirada, y tal vez sonría.

En el Pontificio Ateneo Antoniano de Roma, a finales del 73, se celebró una exposición de artistas franciscanos, pintores los más y algún escultor. Era un intento de comunidad artística porque común es también el ideal. Y era también nuevo el procedimiento, como nuevos son los tiempos que nos alcanzan. Hoy más que nunca el propósito de testimoniar se impone, y los medios pueden ser tantos como actividades posibles.

El catálogo de obras presentadas, por lo nutrido, es prueba de un quehacer que cobra arraigo e importancia. Y uno se pregunta qué otras repercusiones no tendría una exposición más amplia, a nivel europeo, o comprendiendo, más ambiciosamente, los artistas todos diseminados por los cuatro continentes. En todo caso, la exposición italiana es un ejemplo de lo mucho que se puede hacer y un grato precedente que tal vez lleve en sí semilla provechosa de más altos intentos.