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Una exposición de artistas franciscanos
No hay que llevarse a engaño. Quien entre nosotros escriba no puede nunca pretender que su obra alcance el favor del público, porque el principal destinatario es Dios y Dios ni lee ni aplaude. Mira, con dulce mirada, y tal vez sonría. En el Pontificio Ateneo Antoniano de Roma, a finales del 73, se celebró una exposición de artistas franciscanos, pintores los más y algún escultor. Era un intento de comunidad artística porque común es también el ideal. Y era también nuevo el procedimiento, como nuevos son los tiempos que nos alcanzan. Hoy más que nunca el propósito de testimoniar se impone, y los medios pueden ser tantos como actividades posibles. El catálogo de obras presentadas, por lo nutrido, es prueba de un quehacer que cobra arraigo e importancia. Y uno se pregunta qué otras repercusiones no tendría una exposición más amplia, a nivel europeo, o comprendiendo, más ambiciosamente, los artistas todos diseminados por los cuatro continentes. En todo caso, la exposición italiana es un ejemplo de lo mucho que se puede hacer y un grato precedente que tal vez lleve en sí semilla provechosa de más altos intentos.
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