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Las puertas de la ciudadLa ciudad antigua tenía mucho de soldado en vela. Se vivía al borde del peligro, porque el enemigo, desde zonas fronterizas, rondaba o podía rondar al acecho y lanzarse al asalto inopinadamente. La muralla era entonces salvaguardia tranquilizadora.
La ciudad sin miedo no tiene puertas, porque vive abierta siempre al caminante, al viento y a la luz. Alejada la frontera, la ciudad rompe murallas y baluartes limitadores e invade el campo. Las puertas, que ya no son puertas de nada, quedaron aisladas por la ciudad, más que puertas ventanas ahora abiertas al pasado histórico, que también se aleja. Valencia tiene en las de Cuarte heridas de metralla francesa, y en las de Serranos, más limpias, más enteras, con gótica solidez de sillar medieval, claras muestras reconquistadoras. El tráfico urbano, desbordado y sucio, de tal modo bordea y circunda las torres, que parece desafiar su estabilidad con la inquietud arrolladora del vértigo y la velocidad enloquecida. La historia bien pide soledad y silencio; y no le irían mal a las torres un cerco de jardines tranquilos para alejar el acoso del ruido. Pero la ciudad no tiene tiempo ni espacio para esparcimientos sosegados, y la historia, como los ciudadanos, han de sufrir los inconvenientes del progreso, que con tantos acomodos se anuncia. Puertas batalladoras antes, no logran del todo el favor ahora de una tregua o jubilación. La ciudad antigua tenía mucho de soldado en vela. Ahora es la ciudad la que ataca. ¡Sálvese quien pueda! Marzo y flores en la terrazaVivimos una época espectacular en la que ya nada puede impresionarnos. Ocurren las cosas más imprevistas y nuestra sensibilidad enferma se adormece y permanece inaccesible a casi todo. Lo grande porque es menos grande que otras grandezas irrebasables a cada día que pasa, y lo pequeño, por eso, porque es cada vez más insignificante. Insignificante debe parecer a todos, por ejemplo, que las flores tengan impuesto de lujo. iDios bendito! ¡Pagar impuesto de lujo por traerte un clavel a casa! Pues sí, usted compra una flor y en el precio va incluido un recargo del 10 por 100.
Clamamos porque la naturaleza y el medio ambiente, esa geografía del espíritu, se nos corrompe. Pero hay que pagar a nivel de rico, prestar culto de rentabilidad a una flor. Alguna vez, ¡ya lo veréis!, en todo el mundo habrá que rendir cuentas por llevar los ojos limpios o el alma en gracia de Dios. Adornar con flores un jarrón ya no es patrimonio de pobres. Los pobres cuidan unas macetas en el balcón porque la maceta es el «600» de la jardinería. Y aunque ya no proliferan «Seiscientos», todavía nos queda el recurso barato de regar unas flores domésticas en la ventana, que esas no pagan tributo, a Dios gracias. ¿Qué sería de Andalucía si encarecemos sus rejas y ventanas? Todo esto viene a cuento porque en la terraza del Colegio, en pleno mes de marzo, han nacido a destiempo unas rosas. No tuvieron primavera anunciadora y nadie ha salido a recibirlas. Estas primeras rosas, en lo alto del Colegio, se han anticipado, no sin temeridad, a la primavera. En la verde crisálida del capullo incipiente, fueron asaltadas en silenciosas noches de luna, por el arañazo del frío. Son rosas de vanguardia, escasas, como todo lo bueno, y con esa otra belleza, no visible y un tanto infantil, del ansia por llegar primero. Llegar es morir un poco. Pero lo importante es eso, llegar ; valerosamente, sin capitulaciones. No alcanzan a dar su verdadero matiz; nacen con la color quebrada, sangriento o ardoroso el borde de los pétalos, de irregular manera. Fatigados infantes de primera línea con sangre en la boca. La herida y el dolor, al fin, son primores carnales del heroísmo. Se abrieron a la luz un Miércoles de Ceniza, polvo al fin también las rosas. ¡Qué contraste y qué coincidencia! No sé por qué, pero el reloj de Dios gusta de estas extrañas puntualizaciones.
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