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Si las piedras hablasen

Al P. Confort¡

La obra bien hecha cumple satisfactoriamente su función, a tal punto que a veces, expirado el plazo de servicio que se le asignó, se empeña en perdurar largamente como para pregonar el buen pago a que sus artífices se hicieron merecedores.

¿Algo tan utilitario, y cabal al mismo tiempo, como un puente romano? Ahí está, aparcado a la orilla de la moderna calzada, pero está. Hasta ensaya su pequeño cambio de rasante apuntalando el camino. Siglos de tiempo caminaron pesadamente sobre su espalda y no se rindió jamás. Hubo que jubilarle no por inútil, sino por terco. Nadie dudaría que aún serviría para lo que fue hecho, porque no ha sido él quien ha desmerecido ; ha sido el camino el que ha torcido su curso, desentendiéndose de él.

Ahora es objeto de admiración. Una herradura de piedra que se ha calzado el río. A su altura, el agua se aquieta y le saca fotos movedizas. La hiedra le sube por el cuerpo y le abriga del abandono a que nunca se hizo acreedor.

Con el mismo decoro con que en tiempos se edificaba un puente, se miniaba un códice o se comentaba a Pedro Lombardo, pudieran ejecutarse ahora y siempre aquellas cosas, al menos, de que depende en buena parte el porvenir del hombre. Sólo que nos asusta la lenta dedicación que exige la obra maestra. Preferimos hacer mucho en poco tiempo, aunque se nos rompa luego en las manos nuestro artificio, a consumir el tiempo en obras laboriosas y definitivas. El interés ha sustituido a la seriedad. A nadie extraña que un puente flamante de ahora se resquebraje apenas inaugurado o ceda en sus cimientos. Lo hallamos hasta explicable : suelo movedizo, defectos técnicos de fabricación, prisas por alcanzar estrechos plazos de entrega contratada. ¿Y la vida de un hombre? ¿Es explicable que falle tan fácilmente la formación recibida, las enseñanzas acumuladas durante años de cultivo paciente?

Explicable o no, la delincuencia juvenil en España crece por momentos. Y ello es indicio inexcusable de que algo se nos está frustrando.

Existe una reforma educacional en curso. De ella, si todo va bien, resultarán hombres con aptitudes más creadoras, posibles investigadores, menos eruditos, pero más técnicos. ¿Resultarán también más responsables, más cívicos, más cristianos?

El hecho, de momento, está ahí. Frente a puentes romanos que perduran, jóvenes de hoy que se desmoronan.

¡Yo admiro cada día más el milagro de eficacia y la piedad laboral de aquellos hombres que, sin apenas medios, cuando alzaban en piedra un acueducto, pensaban en la eternidad!

MARTIN