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La comunidad educativa

Si los planes de la Unesco en orden a reestructurar la enseñanza del futuro se llevan a feliz término, estamos en vías de ver desaparecer mucho de cuanto en la actualidad constituye el complejo de la enseñanza a todos los niveles.

La educación no será ya una etapa más o menos importante o prolongada en la vida del individuo. La enseñanza se iniciará en una etapa preescolar y se prolongará a todo lo largo de la vida del mismo. No existirá una programación común a todo estudiante, seguida a igual ritmo por todos. Cada cual optará por las materias que estime más en línea con su propia orientación profesional, y proseguirá su estudio, de modo permanente, al ritmo que marque su propia capacidad. La escuela no lo será exclusivamente del niño, sino de todos, dado el referido carácter permanente del propio desarrollo intelectual. Y, finalmente, la sociedad misma será una prolongación educativa de la escuela.

Se tiende, en principio, a acabar con la escuela como institución, con la ahincada preeminencia que se ha dado a la expresión escrita, con «la división de temas en categorías», con la manera autoritaria de transmisión de conocimientos.

¿Cuál es, pues, a juicio de los funcionarios de la Unesco, el principio inspirador y regulador del proyectado cambio? Democratización de la enseñanza, continuidad de la misma, como ya hemos dejado dicho, y flexibilidad en el modo de impartirla.

La meta óptima es conseguir que todo y todos formen parte de este quehacer global y común. No será sólo la escuela; toda la comunidad ciudadana será agente y maestro de este ir por la vida en constante aprendizaje.

¿Asequible propósito? No. No será fácil. Es un ideal educativo que supone una aclimatación previa y una transformación más bien lenta. Pero en todo caso, es el que la Unesco. se propone propugnar para ir formando opinión y conciencia.

Repito que conviene, sin embargo, no suponer que al tiempo de establecer este otro ritmo educacional, se ha de proceder a un cambio brusco. El cambio, por lo mismo que cuenta con niveles de radicalidad, tiene que venir de modo ordenado y paulatino. No puede darse un salto definitivo sobre tierra movediza. Primero hay que asegurar el pie en lo que se tiene. Tampoco puede pensarse que todo lo actual está sobrepasado. La escuela, por ejemplo. Ella ha de ser el núcleo de toda posible reforma; de ella hay que partir para que, a la vuelta, continúe siendo otra vez el eje inevitable sobre el que ruede lo demás. Uno de los miembros de la Unesco que trabajan en la referida reforma opina así : «Decir que la educación es reaccionaria es tan erróneo como aseverar que toda educación es progresiva. La idea de que la escuela se está volviendo anticuada en la sociedad moderna es sumamente discutible y, a nuestro juicio, equivocada».

Hay, pues, mucho camino que andar. Pero interesa saber al menos cuál es el diseño que nos adelantan ya los delineantes de las nuevas perspectivas.

El mar

Manuel Machado, poeta un tanto ó un mucho eclipsado por la superior grandeza de su propio hermano, tiene en su obra poética aciertos expresivos de difícil superación. Así, por ejemplo, para expresar el carácter jerárquico del concepto que entraña todo género de realezas, habló un día de «la majestad de un río que se pusiera de pie». Un símil tan bello como atrevido.

¿Y el mar? El mar linda con lo absoluto. Su majestad lo acerca a las estrellas. ¿Podría empinarse el mar sobre las rocas de la orilla y dudar sobre la cuerda floja de la arena?

La fantasía del escritor es capaz de todo. En la mente audaz del poeta, el mar bien puede ensayar piruetas estremecedoras. Si en la realidad fuera factible el milagro poético, bien valdría la pena intentarlo, al menos para decantar un poco el exceso contaminante que lo va matando con ciega imprevisión.

Si un día el mar se muere, habremos atentado contra la propia vida, porque habremos perdido el agua. Sólo su entierro resultará barato. Yo al menos he oído hablar de fosas marinas. Tal vez sea esa su única póliza de seguros.

En la foto hemos jugado a encabritarlo un poco sobre las piedras ásperas del acantilado vecino. ¡A ver qué pasa!