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El centro educativo complementa la labor de los padresLos padres son los primeros educadores del niño. Inconscientemente, el pequeño va adquiriendo su educación y formación, y ello con la mayor naturalidad. Sin esfuerzo por parte de ninguno de ellos. El acepta llanamente; los padres aceptan también, a pesar de las mil dificultades que se les presentan : dificultades económicas, sociales, culturales y religiosas. Pero llega un momento en que el niño requiere cuidados especiales que los padres no son capaces de otorgarle. Hasta ese momento, la educación recibida habrá sido más o menos buena, más o menos completa y acertada. Pero la misma sensibilidad paterna habrá hecho que adquiera una serie de lagunas que no tenía por qué haber asimilado. Este es un pecado educativo tan generalizado que ya casi se acepta sin castigo. El amor es ciego y no ve en los caprichos incontenidos de los hijos más que cualidades, cuando en realidad no son más que defectos que habrá de lamentar el día de mañana si llega a ser consciente. En estos primeros años es la madre la verdadera educadora, y ella sabe, como nadie, de amarguras y alegrías en el cuidado de sus hijos. Pero ha llegado la hora de entregarlos en manos de otro, del educador. Es delicado este momento. La escuela, el centro, el colegio, deben ser la continuación del hogar. Y, por lo mismo, el cambio y choque emotivo puede acarrearle efectos perniciosos de existir tal colaboración entre la familia y el centro donde se forma y está haciendo hombre. El Concilio Vaticano II nos recuerda cuáles son los deberes y los derechos de la familia en la educación de los hijos : «El deber de dar educación, que corresponde en primer lugar a la familia, necesita la ayuda de toda la sociedad civil, puesto que ella es quien debe disponer de todo lo necesario para el bien común temporal. Parte de su misión es promover la educación de la juventud de muchas maneras, a saber : defender los deberes y los derechos de los padres y de los que intervienen en la educación y prestarles la ayuda conveniente; completar, conforme al principio de subsidiaridad, la tarea educativa teniendo en cuenta los deseos de los padres, cuando sea insuficiente la iniciativa de éstos y la de otras sociedades, y, además, en la medida que lo exija el bien común, crear escuelas e instituciones propias». («Gravissimum educationis», núm. 3.) Los padres están obligados a preguntar por sus hijos, a aportar datos sobre su carácter, cualidades, defectos que hayan notado en los mismos hasta el momento de entregarlos en manos del educador. Este, por su parte, debe informar a los padres de la actitud, aprovechamiento o abandono del educando, para que, a una, puedan encauzar su personalidad hacia la consecución de la formación integral del mismo. Tarea difícil la que se debe proponer el verdadero educador, y no menos penosa la que corresponde a los padres, que, envueltos en sus negocios, se dan por cumplidos con haber conseguido el pan y la felicidad económica para su familia. Esto les hace olvidar muchas veces que tienen bajo su custodia unos hijos que el día de mañana les habrán de culpar su falta de previsión y cuidado educativo. Pero para el pedagogo que tiene ante sí un número crecido de muchachos todos distintos, la tarea se complica mucho más. Cada uno es una pequeña personalidad en potencia que él debe educar, orientar hacia un fin, sin que les fuerce físicamente. Y ahí está precisamente la dificultad del educador. Hablo del verdadero educador, que debe ser, amén de perspicaz, psicólogo, si cabe, al menos con esa psicología natural que vea en cada uno de los alumnos a una persona distinta de las demás y que reacciona de diferente manera al resto de los educandos. El profesor, sin dejar de ser el buen orador y especialista que, según una expresión muy usual de la pedagogía tradicional, «explica muy bien y cumple con justicia sus deberes profesionales porque acaba el programa», pasa a ser el que realiza aquellas funciones en las que, precisamente por serle esenciales, no puede ser sustituido, es decir: ayuda, estimula y controla la labor personal del alumno, además de revelarle su personalidad, poniéndole en situación de empezar a caminar en la conquista de su futuro próximo. Todo, dentro de una programación que se traduce en actividades concretas y en una vía y estilo atrayente y eficaz.» (José Mª López Riocerezo, «Educadores», núm. 69. 1972.)
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