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Universidad a distancia

Posiblemente sea éste en que estamos el año en que inaugure la Universidad española nuevo atuendo cultural que cubra las deficiencias de que venía adoleciendo en alguno de sus aspectos, denunciadas con tanta insistencia por profesores, alumnos y medios informativos del país.

El nuevo planteamiento de estudiar a distancia, suficientemente probado con éxito en otros países, viene a descongestionar la masificación en las aulas, al propio tiempo que facilita estudiar a quienes no podían comprometerse a una asistencia continuada a clases. Sobre todo puede resolver un problema acuciante : el de la afluencia creciente de estudiantes, que de tal modo había saturado las posibilidades de admisión de los recintos facultativos, que había desaparecido ya el tan necesario ideal docente del contacto frecuente entre profesor y alumno. El encuentro entre profesor y estudiante era ya tan incidental como el que pueda existir entre vecinos que no se hablan. La mesa del catedrático se iba convirtiendo paulatinamente en algo lejano y separador; tenía ya más de mostrador que de cátedra universitaria.

No era éste el único obstáculo por salvar, pero de los peligros en general inherentes a toda masificación, se ha escrito lo bastante como para que no incurramos nosotros en la impertinencia de extendernos aquí en lo que ya saben todos.

El anuncio de la nueva modalidad universitaria ha tenido ya entusiastas panegiristas y tampoco han faltado análisis menos cálidos. No se nos ocurre que haya quienes entiendan que la nueva modalidad pretenda, ni mucho menos, tramitar una solución total y definitiva a los otros planteamientos problemáticos, algunos graves, que sufre la enseñanza en España y en el mundo todo. Cada problema concreto necesita desenlaces viables distintos.

En lo que toca a la Universidad a distancia, la nueva directriz debe ser recibida con esperanza y expectación al menos, en la misma medida que aporte alguna solución al problema vigente de la aglomeración descontrolada. Y no nos cabe la menor duda de que no han de faltar quienes se acojan al favor que supone seguir estudios -superiores sin los enojosos desplazamientos cotidianos, no siempre factibles, sobre todo si inciden obligaciones no compatibles con las exigencias del estudio.

De este nuevo recurso cabe, por tanto, esperar un mejor equilibrio, sobre todo si se atiende a que hay quienes preveen una estabilización, en años inmediatos, de las cifras actualmente conjugadas en lo que respecta a la creciente concurrencia de nuevos estudiantes. Alcanzados ciertos niveles máximos, se lograría una gráfica más estable que permita quemar etapas en la otra línea convergente de creación de nuevos centros, de ritmo lento, y ampliación de las actuales disponibilidades.

En franco desequilibrio con la aglomeración estudiantil, destaca la escasez de profesorado adecuado. Los responsables de este otro extremo aseguran que las medidas encaminadas a remediarlo están dadas y que empiezan a perfilarse los primeros resultados. Siendo así, no es pertinente insistir en ello.

Al llegar a este punto de nuestro informe, dudamos un tanto del acierto intentado en él. No es fácil adivinar hasta qué punto nuestro informe pueda parecer a algunos muy en línea de esperanzado optimismo, ya que a veces la esperanza de lo mejor se anticipa a la realidad siempre futura de las planificaciones. Hubiéramos querido sólo eso: informar de modo objetivo. No olvidamos lo difícil que es siempre informar enjuiciando como realidades auténticas lo que, en el momento en que escribimos, es sólo proyecto sin otra experimentación que la que nos haya llegado de fuera.

Recibamos, aún así, el curso que comienza, como año de innovaciones hacia un nuevo perfil más ágil de la Universidad, que aspira a limar, al menos, las esquinas ásperas que agudizan su actual perspectiva. Pidamos a Dios que los decretos tendentes a actualizar paso a paso el proyecto eviten precipitaciones impertinentes y las faltas de tacto que crean recelo en los encargados de realizar los planteamientos teóricos.