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Defensa del medio ambiente

El marco natural en que el hombre se desenvuelve, como los cultivos domésticos, tiene algo de tiesto reducido, de ámbito estricto y limitado. El hombre, a impulsos de un desmesurado afán de superación, está rebasando un tanto las lindes cabales que la naturaleza impone; crece la planta, pero permanece en sus límites inalterables el tiesto que la sustenta, y el agobio consiguiente se hace sentir notoriamente.

ADENA ha lanzado una campaña de amplia resonancia, ganosa de formar conciencia sobre la necesidad de restituirle al ambiente que nos rodea su normal equilibrio, sin el que la vida en ella se volvería problemática.

No se trata tanto de que cunda la alarma como de que se ponga remedio a tiempo, en una tarea que, para que resulte eficaz, tiene que serlo de todos.

Se ruega respeto hacia plantas y animales, se pide atención hacia el paisaje, se recomienda cuidado de aquellas parcelas geográficas consideradas santuarios de especies precarias, en peligro de extinción.

El medio ambiente es para el hombre el caldo de cultivo de su propia existencia. Colculcar el ámbito que nos vitaliza es renunciar ¡reflexivamente a la dieta de entorno necesario para durar. No podemos volvernos de espaldas a la naturaleza, porque naturaleza es el hombre mismo. Herir al árbol equivale tanto como herir un poco al hombre que de él se beneficia, y abatir al pájaro, dispararle en las alas al mundo que nos da vuelos.

El «Cántico a las criaturas», de San Francisco, bien pudiera ser, mejor que ningún otro, el himno representativo de tan estupenda labor.

Es lástima, añado yo, que en la llama del progreso, en la tan atizada llama del progreso, ardan tantas otras cosas que han arrimado la pasión y el egoísmo : arde demasiada pólvora, arde demasiado petróleo, arden demasiados bosques, arden demasiados intereses inconfesables de toda índole. Es la naturaleza primaria del hombre la que conviene sanear en primer término. Desde él será luego más fácil plantear saneamientos circunstanciales, también básicos y necesarios, cómo no. La circunstancia, al fin, va con el hombre. Y el medio ambiente, circunstancia es en definitiva.

Henry de Montherlant

Henry de Montherlant ocupa un lugar destacado entre los novelistas contemporáneos. Gran hispanista, gustaba de escribir sobre temas y ambientes españoles y ello obligaba al profesor español a tratar con especial simpatía la figura y obra del gran escritor francés.

Henry de Montherlant ha manchado en sangre la última página de su vida. El, que en sus obras se dedicaba a «exaltar las formas vitales del heroísmo y la grandeza», se vio falto de grandeza de ánimo y de una brizna de heroico esfuerzo para arrostrar con dignidad las consecuencias ingratas de la enfermedad que le tenía postrado.

«Si el Dios de los cristianos es el verdadero -había escrito entre escéptico y confiado-, todo va bien.» No le ha ido todo bien a Henry de Montherlant, y en un último gesto desgraciado ha escapado hacia la eternidad burlando el horario sagrado trazado por Dios junto al itinerario de cada hombre.

El profesor español, llegado el momento de estrenar, una vez más, la página de historia en que su nombre figura, lo hará en adelante con la cautela temerosa del que sospecha que, al abrir el cajón escondido de sus documentos más personales, algo importante se le ha extraviado para siempre.