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Nochebuena

Ardían los leños en el ancho hogar de la chimenea... 

Contemplar la danza de las llamas, anestesiaba las inquietudes, desleía los recuerdos.

De vez en cuando nos llegaba a los pies un tizón escapado del grupo. Ella entonces, sin darle importancia -¡si no la tenía, Señor!-, lo recogía amorosamente con aquellas sus manos curtidas por el diario quehacer de muchos años, martirizadas por el artritismo, y lo depositaba de nuevo junto a los otros.

¡Aquellas manos queridas, otraño hechas para la caricia...! ¡Tersas, delicadas y suaves entonces, como de tibio plumón para mejor acunar nuestros sueños infantiles...!

Y era por la Nochebuena...

En el hogar la leña se iba consumiendo poco a poco. No era otro fuego el que ella prefería para calentar sus huesos y uno también, gracias a Dios, alcanzó a calentar los suyos al amor de la lumbre. Era muy otro el calor aquel, al que hoy ofrecen los mil y un dispositivos lanzados al mercado para combatir el frío. Aquel era un calor que se dejaba ver, vivo y alegre; un calor con olor propio ; un calor con fuerte personalidad...

Y era por la Nochebuena...

El fuego, en el hogar, crepitaba jubilosamente...

Como cada año, cuajada la anochecida, solos ella y yo, junto a la lumbre...

Como todos los años, hasta que el Señor otra cosa dispusiera...

«La Nochebuena se viene; 
la Nochebuena se va... 
y nosotros nos iremos 
y no volveremos más.»

Nos embargaba el alma una dulce melancolía. Una deliciosa congoja nos estrujaba el corazón, inexplicablemente, porque sí.

Apenas hablábamos. También, ¿para qué? Bastaba con mirarnos a los ojos para decir cuanto teníamos que decirnos... Yo adivinaba en los suyos, un como añorar los lejanos días de su pretérita juventud... sólo porque entonces cogíamos todos en el cerco amoroso de sus brazos, y ella sabía ver en los míos aquel irreprimible deseo que sentía, estando con ella, de poder aniñar mi espíritu...

Crepitaban los troncos mientras la leña ardía. Danzaban las llamas juguetonas. Una mansa tristeza iba ungiendo los instantes mientras sus ojos me decían:

«Ya ves, hijo: de nuevo la Nochebuena.»

Una hermosa noche...

»¿No sientes en el aire como un batir de alas angélicas?

»¿Te has dado cuenta de que las estrellas se engarzan en el cielo para escribir luminosamente sobre la página obscura de la noche el divino mensaje : Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad?

»Hijo: que la buena voluntad arraigue fuertemente y para siempre en tu corazón... y haz porque en él encuentren adecuada respuesta todas estas preguntas, que deberás hacerte mientras vivas, llegada que sea una noche como ésta.

»¿De veras olvidaré los favores que hice para sólo acordarme de los que me hicieron?

»¿De veras seré humilde, hasta el extremo de aceptar que las cosas de los demás tienen más interés que las mías?

»¿De verás podré admitir que no es precisamente aquello que obtuve de la vida lo que importa, sino aquello que, en la medida de mis fuerzas, yo haya podido añadirle?
»¿De veras sabré perdonar los agravios y las ofensas recibidas?

»¿De veras seré generoso hasta el extremo de aceptar que hasta en el fondo del odio puede haber una semilla de amor? ¿Que sólo hallarán cabida en mi corazón los buenos deseos...?

»¿De veras me hallo dispuesto a convertir en realidades todos estos buenos propósitos...?
»Y yo te aseguro, hijo mío, que sólo con que te lo propongas de verdad... aunque sólo sea una vez al año, ha de pagártelo el cielo con creces...

»Y sentirás... como si al pasar te acariciara el ala de uno de aquellos ángeles que, en una noche como ésta, bajaron a la tierra para glorificar a Dios y para desearnos la paz...

»Que esa paz, hijo mío, llene para siempre los días de tu vida...»

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Ya no hay hogar ni leños que en él ardan...

Ya ninguna Nochebuena como aquellas podrá volver a repetirse...

«La Nochebuena se viene; 
la Nochebuena se va... 
y nosotros nos iremos 
y no volveremos más...»

Uno quisiera decir...

Pero ¿qué va a decir uno, Señor, si los recuerdos se le suben a los ojos y se le funden en lágrimas...?

SOLERIESTRUCH
Diciembre de 1971.

Dama de honor

En las fiestas patronales de nuestra ciudad fue elegida Dama de honor la señorita Juana Ramos, maestra nacional y profesora del Colegio en la sección de Enseñanza Básica. Nuestra enhorabuena más cabal, porque estimamos que toda distinción que recaiga sobre miembros de nuestro centro distingue también al Colegio de que se forma parte.