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Editorial

Enseñanza personalizada

Los nuevos planes en curso para la reforma de la enseñanza tienen como pauta, en cuanto al método de adquisición de conocimientos, personalizar el estudio.

Varios y muy útiles pueden ser los resultados prácticos que el método persigue: mayor eficacia, iniciativa por parte del alumno, desmemorizar la adquisición de datos...

Por mi parte, quisiera destacar el carácter humanizador del nuevo sistema, si se lleva al menos a cabo con un mínimo de acierto.

Vivimos etapas tecnológicas en que el músculo mecánico de la máquina y el cerebralismo de los circuitos electrónicos vienen suplantando el trabajo manual e intelectual del hombre en un mundo en que tratamos dificultosamente de realizarnos.

Voces de alarma suenan una y otra vez, aquí y allá, reclamando mayor atención para la persona humana y apuntando el peligro evidente de que la criatura desplace por fin al creador. La rebelión del artefacto sería más sobrecogedora que la, ya actual, de la tanto tiempo preconizada rebelión masiva.

Empresas hay en que el automatismo ha suplantado casi totalmente las prestaciones laborales del hombre, que queda reducido así a mero pastor de una vasta grey de hierro. Pastoreo inmóvil, sin contorno natural, en que no cabe ni el artificioso, pero relajante lirismo de la bucólica más simple. El pastoreo del prado empresarial huele a grasa mineral.

Suenan voces de alarma, pero el progreso, como la incontenible vomitona de un volcán poderoso, sigue ganando límites y asustando gentes.

En la enseñanza, el número cada vez mayor de estudiantes «estandardizó» al alumno; fue la clase y no el individuo el recipiendario directo. Se habló a todos por igual ; se enseñó a todos sin individualizar actitudes. Sólo el rendimiento era individual.

Se pretende ahora que sea el alumno el agente de su propio saber. De los resultados más o menos eficientes del método hablará el tiempo, ya que no ahora la experiencia. Pero una cosa es cierta el niño asiste ahora al encuentro de su personalidad estudiantil. Por un momento lo hemos segregado de la masa para que «sea él mismo». Estamos a punto, si el método da resultado, de que el alumno empiece a dar brillo al prestigio humanizador de ser distinto y conseguirlo por propia iniciativa. El carácter que nos individualiza y acredita como persona, no nos lo dan los otros, aunque puedan prestarnos ayuda valiosa. El lustre humilde de nuestro yo radica en la piel misma de nuestra alma y hemos de convertirnos, ya desde niños, en limpiabotas de la propia personalidad.

Los romanos más primitivos, en época muy anterior a su expansión imperial, habían descubierto ya, en el centro mismo de sus actividades lugareñas, que el apartar al individuo de la grey común (ex grege), «segregarlo», era tanto como declararle «egregio».

A veces hay que dejar pasar el tiempo con generosa mano, hay que dejarse civilizar la existencia durante siglos de pensamiento, para volver a descubrir lo que un pastor de hace milenios tenía bien sabido.