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Tarjeta para el veranoAl borde de la llanura castellana. La Mancha al fondo. Por entre matorrales, un hombre con sombrero de paja, pantalones de pana y la camisa a cuadros. En la cintura ciñe canana bien repleta de cartuchos y al hombro lleva la escopeta. En torno suyo corretea nervioso e impaciente el perro de caza, que con fino olfato atiende el aire. De repente el perro se detiene ante un montón de paja que ha dejado la cosechadora al segar. Tiene la cabeza recta, una pata levantada, el rabo inmóvil. Parece electrocutado. El cazador se ha detenido también. Se ha echado la escopeta al hombro y espera. Da una voz. El perro se lanza sobre la paja e intenta vanamente atrapar la pieza, porque la codorniz ha saltado con vuelo nervioso y alocado. Suena seco un disparo que hace añicos la paz de la tarde. El ave da un salto absurdo en el aire y cae pesadamente. El perro, dando saltos por sobre los surcos, llega hasta la presa, la sujeta con la boca y la devuelve al cazador. Unas plumas han quedado pegadas al hocico y le hacen estornudar. El cazador cuelga el trofeo a la cintura y se yergue como a quien le acaban de imponer una medalla militar. Hay sangre en el cielo, al borde de la llanura castellana. La Mancha al fondo. ELÍAS ALONSO El deporteEl verano es un peco el tiempo espontáneo para el ejercicio deportivo. Cierto que el deporte veraniego rehuye un tanto la disciplina que lo hace correcto, pero tampoco así deja de ser sano. Siempre he sentido una gran afición hacia los deportes. Para mí ser deportista significa, en primer lugar, sentir gusto por el ejercicio muscular y, en segundo lugar y como consecuencia, practicarlos con gran constancia. La práctica del ejercicio físico desarrolla nuestro cuerpo y por esto es muy conveniente iniciarse en el deporte con prontitud. No todos desarrollan nuestras capacidades físicas de igual manera. Cada deporte persigue distinta finalidad. Dentro de la gran variedad de prácticas deportivas y atléticas, la carrera y el salto de altura me van mejor. La carrera, en sus diversas formas, desarrolla mucho la fortaleza de las piernas. Nunca es despreciable tener buenas piernas para correr; y algún día pueden hacer falta, Dios sabe cuándo ni para qué. Por parecidas razones me gusta el salto de altura. La vida, dicen, está llena de obstáculos. Consecuente con lo que dejo dicho, pienso acudir siempre a ellos en mis ratos de ocio. Y el verano es largo en tales mercedes. JOSÉ SANTACRÉU BAYDAL Noche estrelladaAl apagarse los últimos rayos del sol comienzan, como por arte de magia, a encenderse esas diminutas bombillas celestes que una mano invisible ha ido enroscando en la feria del cielo. La contemplación del.cielo tiene algo de Biblia y algo de nana misteriosa. La panorámica del cielo obliga a pensar, y su hermosura nos adormece, a la vez que nos vuelve un poco poetas románticos. Para los enamorados, las estrellas son el punto de engarce de sus miradas ante la presencia de Dios. Para todos, las estrellas han sido y serán siempre un bello paisaje lejano, inasequible, del que nunca nos cansaremos de disfrutar. La hierba del campo es el mejor punto de mira para contemplar las estrellas. Tumbado en la retama, la contemplación del cielo se vuelve más sosegadora. El tiempo entonces no cuenta. Se contagia uno de eternidad. A veces hay sorpresas. Estoy contemplando el firmamento atento a ese juego con que las estrellas aparecen y desaparecen como pequeñas briznas de fuego. De pronto un rayo de luz cruza de parte a parte el espacio: es un cometa. Una mano extraña que tacha las estrellas que no le gustan. Pero, ¿por qué? ENRIQUE MONTALVÁ DionisioDionisio es un chico muy de nuestro tiempo. Viste ropas ceñidas, el pelo largo, y cultiva barba y bigote. A Dionisio le gusta llamar la atención. Tiene una moto de gran cilindrada. Y nada como una moto para lucir la propia audacia. El otro día se empeñó en hacernos una exhibición. Primero fue sin manos; luego, sin pies, y al tomar una curva, sin dientes. Todos corrimos hacia el lugar del accidente al oír tan espectacular castañazo. Dionisio aparecía tendido, con una rueda sobre su cabeza y el acelerador aún en la mano. De momento nadie supimos qué hacer. Pero pronto, con gran sorpresa nuestra, Dionisio se removía en el suelo y se ponía a andar a gatas. Nos preguntamos si, a causa del golpe, se habría... Y al final pudimos comprobar que todo había acabado en un gran susto. Dionisio sigue siendo el mismo. Casi el mismo. Le gusta llamar la atención. Viste ropas ceñidas, lleva el pelo largo, cuida una hermosa barba y luce unos flamantes dientes postizos. JUAN RUBIO
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