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La fe en la enseñanzaDedicación muy primordial se concede en los colegios a la formación cristiana de los alumnos. El período irrepetible de vida que el estudiante dedica a desarrollar su mente, vendría a ser a la larga un torpe y decantado río de una sola orilla si solamente se ocupara en retener conocimientos y relegara la necesidad imperiosa de formarse adecuadamente al estante de lo que carece de interés. En la tarea nada fácil de ejercitar al alumno en el doble campo de cumplir su inteligencia y mover su voluntad, la pedagogía y la formación espiritual van buscando día a día nuevos y más efectivos cauces de acercamiento. Y cuando se comprenden las posibilidades de este cometido, todos los ensayos destinados a esa integración cobran la mayor importancia. Existe siempre el peligro de que las verdades de fe que se van volcando en el ámbito interno del niño se conviertan en meros conocimientos informativos de «cosas que hay que saber», como si de un orden más de conocimientos se tratase. Y no es ese, qué duda cabe, el objeto que se persigue. El contenido de la fe es básicamente un conjunto de principios motores de la voluntad en función de un altísimo destino personal del alumno: la aceptación del mensaje de Cristo que le hace partícipe de la redención que su generosidad le depara. Formar así al alumno es hacerle consciente de su obligada marcha hacia la persona de Cristo. Y para prepararle a este encuentro no son las verdades de fe, como simple conocimiento, lo que importa proponerle. Importa más lanzarle hacia Dios en una postura viva de experimentación personal de la fe. El resul= tado inmediato de esta andadura cristiana en compañía de Cristo no será otro que disponerle para el compromiso inevitable de una vida de amor a Dios y a los hombres, porque en definitiva es el amor el ideal de toda sana pedagogía religiosa. Si se logra agitar eficazmente el espíritu del educando de modo que viva percatado de que fundamentalmente el centro de toda su actividad viene presidido por ese módulo de servicio a Dios y a sus semejantes, se habrá conseguido prepararle, educarle, en el verdadero sentido de la palabra. A partir de ahora le será cada vez más fácil ir descubriendo el entramado de las relaciones que existen entre Dios, el mundo que nos rodea y que las ciencias le ayudan a penetrar, y el hombre, este hombre que domina las cosas y tan reacio se muestra a veces a ser dominado y penetrado por Dios. CriteriosNo han faltado, en España como en el extranjero, atrevidos criterios sobre el carácter selectivo que a juicio de algunos impone dar a la enseñanza la marcha que sigue la sociedad actual. Para quienes así piensan existe un peligro latente en el individuo que accede al ámbito de la cultura desde formas de vivir próximas a la naturaleza. Y el peligro se hace consistir en que de tales individuos nacen luego los revolucionarios inquietos y exigentes. Aún a riesgo de que así sea en algún caso, no es razón suficiente como para exigir medidas drásticas de segregación que les exima discriminadamente de la enseñanza. La propia selección discriminatoria plantea problemas tal vez mayores que los que se pretende evitar por el cámino fácil de la poda. Todos sin excepción integramos la sociedad en que nos movemos y la meta ideal en ella es extender la cultura a todos sus miembros, con una común misión de trabajo eficaz, para un reparto posterior de los beneficios también común. A este fin de logro de rendimiento pleno, el propósito de la enseñanza es tender a convertir el caudal de conocimientos que la enseñanza imparte, en algo dinámico y capaz de mover actividades del modo más inteligente posible en la esfera de actuación de cada individuo. Y de esta misión nadie se exime, porque la compleja operación es tarea de todos. Aún hay quien entiende que la sociedad futura, amplia y profundamente cualificada, necesitará no ya de individuos meramente preparados, sino más bien de personas muy particularmente dotadas y en posesión de superior especialización. No todos servirían para cumplir tan sesudo cometido. Y esta pretendida selección de los mejores, invocada por algunos pedagogos americanos, discriminaría de nuevo y con distinto sentido el acceso de la juventad a los estudios superiores. En realidad, esta otra teoría tampoco parece obtener apoyo y aceptación, porque, con todo, las actividades a desarrollar en una sociedad, por tecnificada que se le antoje a uno, son tan variadas y de condición tan dispareja que difícilmente quedaría de lado en ella el quehacer más humilde de los no tan cualificados. Para todos hay cabida en nuestro mundo. El ideal sigue siendo capacitar al máximo al individuo, sin exclusivismos utópicos, dentro de pautas comunes, hacederas, asequibles a todos, para que, sea cual fuere la categoría de la actividad en que emplearse, se realice luego ésta con la máxima eficacia. Este otro criterio, más positivo y viable, es el que preside el nuevo planteamiento docente que la enseñanza viene cobrando en nuestra geografía. Las discusiones, por descontado, continuarán interminablemente, porque la esfera de lo teórico es ilimitada y a nadie le está vedado inventar posibilidades. En el terreno concreto de la experimentación, las numerosas teorías se excluyen las unas a las otras por incompatibilidad de realización conjunta, y una sóla es llevadera. Del mayor o menor acierto en la línea ahora estrenada hablará el tiempo.
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