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NUESTROS ALUMNOS ESCRIBENI.- El asiloJOSé BLAS ORTEGA LLAVADOR Hace tiempo que no he ido al asilo del pueblo. Pero todavía recuerdo la última vez que estuve allí. Era por el mes de enero. Al entrar me llamó la atención una viejecita; estaba sentada en un rincón, junto a la estufa. Su arrugada faz estaba como entristecida y preocupada. Me acerqué y le hice algunas preguntas. Me contó entonces que su único hijo, después de arrebatarle por medio de engaños la herencia, una vez muerto su padre, la envió al asilo. Reparé luego en un anciano de alegre aspecto. Su buen ver me recordó al abuelo de un amigo mío, también alegre y bondadoso. Era este buen viejo un hombre de voluntad de hierro y gran personalidad. Nos hablaba de todo: de las plantas, de los misterios del mar, de mil curiosidades que lograban siempre interesarnos. Hasta nos contó su vida, en la que no faltaban aventuras de gran amenidad. Dialogué con otros ancianos. Hubo uno que me dijo que más vale un buen amigo que un tesoro, y me contó cómo venía a visitarle todos los días un amigo suyo que está bien atendido por sus familiares en la propia casa. Cuando regresaba, por el camino me encontré con un hombre que estaba sentado en un banco y tenía en las manos unos mendrugos de pan y una botella de vino. No sé lo que es ser persona adulta, pero veo en todas estas cosas que, cuando un hombre llega a cierta edad, sólo puede escoger dos caminos vivir con Dios cristianamente o desesperarse por la cercanía de la muerte. Esto es lo que he aprendido de los viejos, porque creo que los ancianos son la misma experiencia de la vida. Ahora siempre que veo uno, por mis adentros siento cariño y respeto hacia ellos. II.- Mi amigo el ancianoFRANCISCO CHOLVI PUIG Bajo el umbral de la puerta, escondida tras los húmedos soportales, sobre unos desiguales adoquines, el anciano busca una amistad, unos brazos que, como la madre que tiene un niño en su regazo, se le tiendan amorosos, unos brazos que sepan comprender, amar a los que forjaron un tiempo pasado lleno de gloria. Unas manos rugosas, callosas, forjadas, unos brazos musculosos, unas piernas duras, son partes del anciano, de aquel viejo setentón que en la esquina de enfrente se sentaba como siempre lo hizo. Los viejos añoran las amistades antañas y buscan una nueva generación de amistad, de amor, y sus faccionest deformadas, rugosas por la vejez, hacen pensar en tiempos antiguos, legendarios a veces, en los que todos fueron iguales, nobles amigos. Llegué por primera vez al pueblo en unos calurosos días en los que conocí a un viejo amigo, Agustín, y junto a él, sus recuerdos y amarguras... Pensé que un día sería como él, que sentiría llegar mi triste senectud, como una flor que siente marchitarse, y... le tendí mi mano, mi pequeña mano que, junto a la suya, que había cavado surcos, levantado árboles, hacía hervir la sangre, pero noté en mí la frescura de la rosa del bien, mi alma se llenaba de una amistad que aún no había conocido, una sin.era y noble amistad. Caminábamos juntos por el serpenteante camino, oyendo el ruidoso marchar de los tractores bajo el que comenzaba a comprender y a amar d viejo, a pesar de nuestras mudas palabras. Vi que no era el aburrido portal que ve silenciosamente el marchar de los bueyes arrastrando un pesado carro, sino que comprendí que en él había mucho más que simple experiencia, amargos recuerdos y viejas historias; en él había mucho más lue todo eso; en él había AMOR. Pasamos por una desierta alameda, oímos el piar de los ruiseñores, reíamos la ensangrentada puesta del sol reflejada en el rápido riachuelo. ;e nos hacía tarde, y le dije a Agustín: -!Ven, abuelo! Y silenciosamente volvimos al pueblo, aquel centenario pueblo que le cabía visto nacer, crecer, trabajar... Pensé que en el mundo había vastos mares, sembrados campos, innensos ríos, y que todo, tan bonito, no podía compararse a mi amigo, aquel viejo amigo que sólo quería amistad; ahora había encontrado un migo verdadero que nunca olvidaría aquella tarde en la que sus ojos serenos y turbios contrastaban con aquellos otros más vivaces y revoltosos que empezaron a amar. III.- La vieja escuela de antesEUGENIO GARCIA ALBIÑANA Hacía mucho tiempo que no había vuelto a la escuela de mi pueblo, aquella escuela en la que pasé mi vida de estudiante hasta los diez años. La escuela está enclavada en un sitio pintoresco en el que se funden el azul del cielo y el verde de los campos, formando como una isla imagi;paria en medio del pueblo. Toda ella era " maciza, pero tan pequeña que tenía como única decoración dos grandes mapas -por cierto bastante viejos y roídos por la humedad-, unos bancos para sentarnos, la mesa del maestro y un armario. Al fondo del aula aparecía un gran patio, todo verde. Hoy se me ha ocurrido ir a verla. He ido solo, por las calles tortuosas que conducen a ella, y de repente, al doblar una esquina, surgió como antes, como siempre, al fondo de la calle. ¡La antigua escuela! Fue un poco como descubrir con mis propios ojos mi pasado mejor, un pasado breve, joven aún, pero en que ya crecen recuerdos. Mis correrías de niño, mis primeras peleas, mis juegos. Todas estas imágenes se me agolpaban ahora en la memoria como en el panal las abejas. Confieso que fue agradable volver a oír la voz áspera, ya cansada, de mi viejo maestro, a través del aire, rodeada, como en un juego, por la eterna cantilena de los niños, repitiendo una y otra vez, con monoton-a, la interminable tabla de multiplicar. Me fijé otra vez en la escuela. La encontré muy deteriorada e incluso parecía amenazar ruina. Era así; el gran gigante de piedra y cal estaba agonizando al borde mismo de su existencia. Abracé a mi maestro. «Ya no veremos esto mucho tiempo, Eugenio; ya no lo veremos», repetía.. Su rostro estaba triste y parecían quererle brotar lágrimas de los ojos. Por lo que me dijo, entendía que el Ayuntamiento había decidido derrumbar la escuela y vender el terreno para construir otra más recia en no sé qué otro lugar. No obstante, recorrí todas sus dependencias: cada rincón, cada objeto, cada banco, me recordaba días lejanos de mi infancia y me complacía dulcemente en ello. Casi no puedo creerlo; no me hago a la idea. ¡Qué cosa más triste tener que ver cómo desaparecen cosas que en nuestro recuerdo ocupan un lugar perdurable! En lugar de la escuela vieja, nuevas generaciones de niños disfrutarán de otra más amplia, más luminosa, más funcional. Pero no siempre lo nuevo es lo mejor para todos. IV.- La excursiónJUAN PABLO MANUECO El autobús emprendió la marcha lentamente, refunfuñando, como si le doliera dejar la ciudad. Gruñó con rabia unas .cuantas veces, protestando porque le obligaban a partir, y luego se,puso a correr hecho una fiera. La aventura de un día de excursión había comenzado. Dentro del coche 40 jóvenes respiraban alegría y cada uno lo demostraba de la manera más ruidosa posible, porque el día era largo y las ilusiones muchas. El mismo cuadro se repetía en los otros coches que nos seguían formando una alborozada caravana que huía del sol que alumbraba ya con todo su esplendor. Pasamos por entre naranjos, volando hacia nuestra meta aún lejana. El griterío se había calmado un poco cuando llegamos a Valencia. Nuestros ojos se iban tras de todo lo que destacara: gentes presurosas que salían de sus casas para confundirse entre la muchedumbre, el amasijo de vehículos entrecruzándose por las calles... Luego la carretera se acercó hasta el mar, sin atreverse a aproximarse demasiado. Después de culminar en Sagunto nuestra primera etapa, reemprendimos la marcha con nuevas ilusiones. Vibraron las canciones. Abundaba la risa. Pasaron las horas. Y con ellas, Villarreal, Castellón. El «tiquitrac» era monótono. Más canciones. Más risas. Luego cansancio, aburrimiento, y por fin, ¡Peñíscola! El autobús, vomitando carne por las puertas, se quedó vacío en cuestión de minutos. Recorrimos el castillo escudriñando todas las estancias. Subimos a las almenas y bajamos a las mazmorras. Allá arriba, en las almenas, me estremecí pensando cuántas batallas habrían contemplado estas piedras. Un ambiente guerrero nos rodeaba. ¡Ah, la guerra! Yo no sé qué causa más pavor, si el combate,o los instantes anteriores en los que, como el condenado a muerte, el soldado siente la certeza de que sus ojos se cerrarán, su corazón se detendrá, su cuerpo caerá para convertirse en polvo. Nace entonces el desasosiego, la inquietud, el miedo. Más abajo de la tumba se adivina algo que es peor que el propio pudrimiento ; más allá de los cipreses se vislumbra algo que sobrepuja a las estrellas. Y uno teme el juicio y se acuerda como nunca de Dios. Se teme y se espera. Estas y otras muchas cosas me sugerían aquellas piedras, aquel campo enjaulado de batalla, que tan poco precio pondría en tiempos a la vida del hombre. Por la tarde el autobús emprendió el regreso. Los escenarios se repitieron. Se corría de nuevo velozmente, pero con una diferencia ya no había en nosotros esperanza, sino recuerdos. V.- Descripción de un pueblo del siglo XIVJUAN PABLO MAPUECO Dispongámonos a montar en la carroza alada de la historia para emprender un largo viaje. Una vez bien colocados, a impulsos de nuestra imaginación, podremos surcar el espacio en la dirección que nos plazca. Ante nuestros asombrados ojos se desarrollarán las más importantes gestas de la humanidad, las hazañas, los trabajos, las luchas y los errores que constituyeron la vida de nuestros antepasados. Podemos ver a los griegos construir los cimientos de su cultura, a los romanos formar su fabuloso imperio, contemplar el nacimiento de un Niño en Belén o a los pueblos bárbaros arrasar las ciudades y los campos ; podemos, en fin, admirar cómo tres carabelas parten hacia lo desconocido y cómo otros barcos regresan con cargamento que ha de llenar las arcas de Felipe. Pero lo que hoy vamos a escudriñar es un suceso sin importancia, un suceso sin singularidad. ¿Y por qué contar algo que no tiene nada de particular? ¡Ah! Pues porque las cosas que no tienen nada de particular son las más importantes para ser contadas. La mayor parte de las cosas no tienen ningún matiz importante y, sin embargo, están plagadas de anécdotas, experiencias, alegrías y dolores. Pero dejémonos de filosofar y ciñámonos al tema que nos interesa. Tomemos las riendas de la carroza y evolucionemos hasta llegar a un pueblecito, pequeño, coquetón, peculiar. Casas grandes y solariegas junto con otras de adobe y paja, que parecen estar sufriendo su último estertor, abundan por doquier. Vamos andando por sus callejas tortuosas y embarradas por la lluvia ; nadie pasa por ellas, nada hiere el silencio, excepto las voces roncas que llegan de los campos, donde los hombres tratan de sacar riqueza de la tierra seca. Si continuamos andando, necesariamente desembocaremos en la plaza; en su derredor la iglesia, alta e imperturbable, parece con sus agujas indicarnos algo en el infinito; el Ayuntamiento, con esperanzas de tiempos mejores, se levanta a la izquierda. En el centro de la plaza está la fuente, visitada a cualquier hora por gentes necesitadas del líquido elemento. Gallinas, patos y cerdos, a su libre albedrío, se mueven por las calles hacia el riachuelo que atraviesa la llanura, dejando a la tierra lamer un poco de agua. El sol ha ido curtiendo el rostro de los hombres en las largas horas pasadas en el campo tratando de aprovechar hasta el último pedazo arable, la luz ha ido perdiendo su fulgor a manos de la obscuridad, el crepúsculo avanza dando al horizonte un exótico matiz y haciéndolo más grande, más inmenso, más total... Van volviendo los villanos con el gesto adusto y la mirada cansada, caminan las mujeres primero arrastrando tras de sí a las pocas vacas que, después de la última guerra entre el señor de la villa y el de la vecina, quedaron vivas; vienen a continuación los hombres tirando de las caballerías, las cuales, para dejar huella de su paso, expulsan sus excrementos aumentando el hedor ya existente y que a la mañana siguiente se encargarán de barrer los únicos basureros disponibles: los cerdos. Ahora recuerdo que esto es un relato del siglo XIV, y todavía no se comprende por qué. Si resulta que a propósito del siglo XIV cuento un hecho sin ningún interés y que además no tiene nada que ver con el siglo XIV, dudo mucho que lean hasta el final. Lo que pasa es que estoy enredándome en la narración y creándome un laberinto del que ignoro cómo salir. ¡Siglo XIV! ¡Mala época para la gente de paz! Siglo de cambios, luchas, guerras, intrigas. Por una parte, hay un importante desarrollo en comercio y en agricultura, principia a desarrollarse la industria y el saber adquiere un nuevo impulso. Por otra, la burguesía, recién nacida a la historia, lucha por emanciparse de la nobleza feudal. Los reyes intentan los primeros bosquejos de absolutismo, chocando con la nobleza, que poco s poco irá cediendo en su ímpetu de conservar intacto su antiguo poder. Pero volvamos, después de haber justificado el título de este escrito, a nuestra aldea. Allí, en este preciso instante, está tañendo la campana para indicar que es la hora de apagar los fuegos antes de entrar en la soledad del sueño. La poca luz con la que aún se acertaba a vislumbrar algo, desaparece por completo. Tan sólo allá, en la colina del castillo, permanece el tenue resplandor de las antorchas. Don Diego de Figueroa -¿a que no he dicho que el castellano se llamaba así?- gustaba de contemplar todas las noches a los guardianes del cielo y permanecía absorto, contemplando el infinito sobre el torreón más alto de la roca en la que se ampararon sus antepasados. Doña Inés de Castro -¡esto ya es el colmo!, tampoco había dicho que la esposa de don Diego se llamaba Inés- acompaña siempre a su marido en estas veladas, y con más razón esta noche que quizá será la última. Mañana, con el amanecer, don Diego partirá con sus mesnadas para unirse a las tropas de Fernando III, que se dirigen a la conquista de Sevilla. Con tal motivo se celebró esta misma tarde en la explanada del castillo un torneo preparatorio para otras lides. Los caballeros, completamente cubiertos de hierro y armas, desfilaron por delante de don Diego y doña Inés, que estaban sentados en un pequeño entablamento preparado para la ocasión. Blasones, pendones y estandartes ondearon al viento ; el villorio congregado en el lugar del torneo cruzaba sus apuestas acaloradamente hasta que se produjo el estallido. Ya los dos primeros caballeros se enfilaban mutuamente con horrísono estrépito de sus armaduras; quebraron las lanzas, derrumbaron los caballos, chocaron las espadas y las mazas mientras los escudos salvaban las vidas una y otra vez ¡hasta que por fin uno de los caballeros quedó vencido, perdiendo, en favor de su enemigo, el amor y los colores de su dama. Estas escenas se repitieron con monotonía durante buen rato hasta que tanto el pueblo como los nobles comenzaron a retirarse. Sí, se había pasado bien en el torneo y, sin embargo,
esta noche será pródiga en llantos de madres y hermanas
pensando en la partida de los hombres. Y como quiera que no me gustaría
contagiarme de un excesivo sentimentalismo y tengo demasiado pánico
a la guerra para esperar a que despunte el día, voy a poner punto
final a esta narración para no hacerme pesado -cosa que me es muy
propia-.
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