|
|
![]() |
|
74838 |
EditorialAño Internacional de la EducaciónEn una conferencia internacional celebrada en Williamsburgo es donde surgió luminosa y oportuna la idea de celebrar un Año Internacional de la Educación, y a la Unesco le fue encomendada por la ONU trazar, y orientar luego, las líneas a seguir en el transcurso del mismo. Muchas cosas importantes han de ocurrir en este año de 1970. Ya sería bastante que el propósito de reajustar en el mundo las bases inadecuadas por las que se viene rigiendo la educación en los jóvenes tuviera feliz término. Los índices de crecimiento de población y el rápido desarrollo de la mayoría de los pueblos no van al ritmo de los procesos de educación, generalmente lentos y en ocasiones poco eficientes. Se pretende, por tanto, en un primer plano, hacer extensiva la educación a la mayor parte posible de estudiantes y conseguir asimismo que esa enseñanza sea lo más amplia y efectiva que las circunstancias y el empleo de nuevas técnicas permitan. En todo caso parece inevitable un cambio en la estructura actual de métodos e instituciones, que se estima radicadas en concepciones inadecuadas al siglo en que vivimos. La empresa es ambiciosa. Se tiende a que la realización de la misma sea tarea común de todos los países. Pero este Año Internacional es más bien asunto particular de cada país individualizado. Después vendrá la acción de ensamblar las piezas en un todo superior, totalizador, armonioso. Dos aspectos cobra la labor de planear así la reforma, tal como la Unesco la entiende: en el primero se tendrían en cuenta las disposiciones, posibilidades y características de cada país; en el segundo se buscaría coordinar con los demás países aquellos niveles y particularidades de la enseñanza que rebasan de suyo las propias fronteras nacionales. Clima de total cooperación es lo que reclama la Unesco para poder llevar a cabo, con eficacia, su intento. Que la reforma no sea obra de minorías especializadas. Cuantos, de un modo o de otro, puedan aportar algo o sentirse interesados en la empresa, sin exclusión, deben intervenir en ella: Universidad, escuelas, directores de empresa, autoridades locales, eclesiásticos, profesores, alumnos, todos sin excepción. A tenor de lo anteriormente expuesto, Villar Palasí declaraba recientemente en la Unesco: «He podido contrastar que las grandes líneas en elaboración de las bases de una política científica en España coinciden con las grandes tendencias de los países europeos y, además, a través de nuestros cambios de impresiones, he podido ver problemas nuevos y explorar ciertos resultados negativos en otras cosas, lo que nos evitará caer en errores». Que así sea. Fr. ANGEL
|