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Editorial

La Asociación Católica de Padres de Familia de nuestro Colegio ha elegido el siguiente tema para las conferencias del presente curso: «El problema de la juventud». Decididamente, se trata de un asunto de actualidad y de gran interés para nosotros por sus implicaciones en el campo de la educación. No abrigamos la menor duda de que al término de estos diálogos habremos conseguido un extraordinario enriquecimiento mutuo de ideas y experiencias. Y, sobre todo, una actitud serena y equilibrada frente a este delicado y complejo problema, según exige nuestra condición de guías y formadores de la juventud estudiantil.

Porque, posiblemente, en esta época de crisis y transición, ningún asunto suscita tanto nerviosismo y descompostura entre las personas y clases dirigentes como éste de una juventud rebelde que pone en cuestión tantas cosas que a los mayores nos parecen intangibles y sagradas. Con ello no queremos caer en la ingenuidad de pensar que todos los gestos y actitudes disconformes de los jóvenes sean aceptables. Sino, sencillamente, sugerir el tono psicológico de comprensión y serenidad que debe animar estos diálogos, entre familia y colegio, para que resulten fructuosos y no meramente polémicos.

Por eso pensamos que una enumeración de las principales interpretaciones que se dan sobre el fenómeno de la juventud actual podrán orientarnos en el enfoque de las diversas conferencias de este curso. Esto, al menos, nos hará entrever su problematicidad, con lo que evitaremos las respuestas demasiado extremistas y unilaterales de la cuestión.

A este propósito, el «Informe sobre la juventud», presentado en la XV Conferencia General de la Unesco, es muy valioso. La gama de interpretaciones que nos brinda, en una línea casi exclusivamente humana y sociológica, es también muy importante. Veamos brevemente alguna de ellas.

La primera que señala este documento es realmente sorprendente. Según algunos, en las manifestaciones de la juventud actual no se ve «nada nuevo». Se trataría simplemente del eterno conflicto entre las generaciones y la inadaptación de los jóvenes. Una especie de sarampión pasajero de todos los tiempos, que aqueja a las jóvenes promociones y nada más.

Nuestra opinión es que en la actual crisis hay mucho de «nuevo» tanto en el número como en la cualidad de los asuntos que plantea. Para contrastarlo basta abrir los ojos con imparcialidad y responsabilidad. Naturalmente, la sorpresa que uno se lleva al observar en profundidad a la juventud actual no responde a los esquemas prefabricados y convencionales que tantas veces manejamos sobre la misma. Pero tiene mucho «de nuevo», a la vez, preocupante y esperanzador. Lo peor que nos podría ocurrir a los educadores es que creyéramos que se trata de una cuestión retórica o pasajera y que, por consiguiente, no asistimos a un momento en que se está gestando, precisamente en el terreno de la juventud, el porvenir de nuestra civilización occidental y cristiana. Creo que sería muy saludable recordar, al margen de toda polémica sobre la precisión exacta del concepto cronológico de juventud, que los jóvenes menores de veinticinco años constituyen más del cincuenta por ciento de la población mundial.

Otra de las opiniones sostiene que el malestar de los jóvenes es «artificial» y que su inconformismo no se deriva sinceramente de su interioridad ni de su condición y sus aspiraciones.

Nuestra respuesta, a más de lo dicho con respecto a la anterior, es que este modo de minusvalorar el fenómeno de la juventud podría ser injusto y que, cuando menos, no tiende puentes para un provechoso diálogo entre mayores y jóvenes. Ningún sociólogo o educador que se precie de seriedad podría suscribir esta interpretación.

Finalmente, un buen número de adultos de nuestros días se siente impresionado por la amplitud e importancia del movimiento de la juventud. Se lamenta sinceramente de no haber prestado suficiente atención a los jóvenes y a sus reivindicaciones. Por un lado, no deja de reconocer que la juventud contribuye a poner de relieve muchos y nuevos valores morales y sociales. Y por otro, que tiene razón de poner al descubierto las taras y limitaciones de una sociedad que, en muchas de sus estructuras e instituciones, debe ser corregida y superada.

Ciertamente, esta postura es más leal y nos pone en situación de encarar las demandas de nuestros jóvenes y ver lo que tienen, a veces, de desenfocadas e injustas con respecto a una sociedad que con tanto esfuerzo ha sido construida por los mayores. Pero igualmente nos obliga a aceptar lo que encierran de positivo y verdadero sin quedarnos en la forma explosiva que, a veces, emplean al formular dichas demandas. Pues las intemperancias de la juventud, sin quererlas justificar, pero también sin generalizarlas ni hacerlas extensivas a toda ella, es algo normal y, cuando menos, explicables en esa etapa de la vida cuya característica más bella, como observa Jean Guitton, es su espontaneidad y su actitud de vida contra el anquilosamiento y lo inauténtico.

Hay otras explicaciones sobre «El problema de la juventud» en el citado documento. Y hasta nosotros podríamos aducir algunas más de carácter religioso y moral que no se encuentran en el mismo y que un análisis cristiano de los hechos sociales no debería silenciar. Pero éstas nos han parecido las más significativas en nuestro propósito de centrar y orientar el tema de las conferencias de la Asociación de Padres de Familia para este año.

Fr. ANSELMO MARTÍ