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Editorial
Sobre educación

Apremiante necesidad de alimento es lo primero que experimenta el recién nacido. Y de cuidados corporales. Pero al mismo tiempo no hay criatura más desvalida que él; depende por entero de la inagotable ternura materna.

Luego, al paso de los años, el niño avivará su precisión de conocer el mundo ambiental. El niño es pura capacidad de admiración ante su contorno, es mero receptor. La juventud perdura mientras aliente la curiosidad, esa curiosidad que los antiguos consideraban premisa de la filosofía.

Y es que, en casi todas las esferas y niveles del ser humano, la necesidad precede a la capacidad. De donde el mimetismo, la repetición constante de gestos y actitudes de los mayores. Toda -casi toda- la cultura humana es legado de los antepasados; muy de tarde en tarde surge un genio que innova e inventa. A medida que el niño se va capacitando para enfrentar las necesidades de la vida, se va convirtiendo en hombre. Pues saber es poder.

Compréndese ya la trascendencia de la educación. De ayudar a convertir en eficacia real las virtualidades que el nuevo ser comporta. Educar o extraer con delicadeza cuanto el niño lleva en sí. En realidad aprendemos a nacer a lo largo de toda la vida, impulsados por el afán de proyectarnos, de realizarnos en el porvenir libre e independientemente. Por eso precisamos siempre, más o menos, de alguien que ayude a darnos a luz. Por eso ser padre significa bastante más que poner hijos en el mundo y alimentarlos y vestirlos. Es desarrollar sus energías, es formar su personalidad hasta que logren la independencia y libertad.

Para los griegos la libertad estaba por encima de todo. Libertad intelectual, que floreció en sistemas de pensamiento con que explicar el mundo y conocernos a nosotros mismos. Libertad de sensibilidad, que condujo a un arte diversificado, venerado como clásico. Libertad individual, encuadrada en variados regímenes de convivencia. Libertad de su ciudad, exageradamente defendida frente a la cosificación de los imperios orientales. Libertad sobre todo, porque el hombre es la medida de todas las cosas y ser hombre es ser libre. Mas estos educadores de Europa formaban la libertad haciéndola responsable. Y la formaban con un método que llamaron «Paideia». Complejo concepto que desborda con creces el nuestro de educación y en cuya raíz se encuentra «pais», el niño. «Paideia» era convertir al niño en hombre responsablemente libre. Herederos de Grecia, los romanos pensarán de idéntica forma: «Puero, máxima reverentia», al niño se le debe máximo respeto. Para formarlo le darán un pedagogo, es decir, un conductor del niño.

En cuanto a su. vida afectiva y volitiva, el niño es espontaneidad e instintividad. Su vida mental se mueve y agita en un caos. Misión de la verdadera y eficaz educación es introducirle en el reino del espíritu y del orden, fronteras de, la libertad. Y entonces, mirándole a los ojos, advertirle: «De ahora en adelante eres tuyo y no mío», como el clérigo de Maqueda despidiera a Lázaro de Tormes.

Semejante pedagogía ha de fundarse en el amor. Nadie mejor educador que los padres, por lo tanto, que son los que más aman. Y los más pacientes, ya que amar a un ser es esperar siempre en él -enseña Gabriel Marcel-. Ha de emanar pedagogía tal de la ejemplaridad de vida. No se puede descarriar al niña, imitador nato; éste es el escándalo para el que Cristo augura le muerte en su Evangelio. Véase por qué la paternidad responsable que pide el Vaticano II no es únicamente cuestión de número de hijos, sino conciencia plena del ejemplo con que se ha de formarlos.

De lo contrario, para nosotros sería el terrible reproche del poeta Paúl Claudel: «¿Qué hacéis con la luz vosotros, los que la tenéis?»