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Los vergeles y Carcagente

Por el P. Luis Ángel, ex Rector del Colegio.

¿Viste el mar cómo crece
y con majestad se encrespa
cuando, al soplo de los vientos,
corren sus olas ligeras?

Con ímpetu irresistible,
unas a otras se atropellan
y no respetan ya playas
ni reconocen riberas.

Si rocas o promontorios
cerrarles el paso intentan,
se encaraman atrevidas
y los trasponen soberbias.

Ved en esto retratados
los pensiles de Valencia,
mar inmenso de verdura
océano de belleza.

Sus huertas y sus jardines
todo lo invaden y llenan
y como el mar, no se sacian
y cercan pueblos y aldeas.

Al llegar a las montañas
no hay fuerza que los detenga
y van subiendo orgullosos
por sus fértiles laderas.

Allí, en su obsequio, los montes
lucen sus galas excelsas,
y los pinos y naranjos
en dulce abrazo se estrechan.

Hasta en sus cimas más altas
cual salpicaduras bellas,
más de un huerto de naranjos
gentil sus reales sienta.

Y entremezclan sus perfumes
del monte las finas hierbas
con el del rico azahar,
del cielo divina esencia.

Tributo que de su cáliz
las flores a Dios ofrendan,
cual pequeños incensarios
que labró Naturaleza.

¡Oh, que encantos allí se siente
al llegar la Primavera,
con diadema de azahar,
como desposada regia!

¡Cómo el alma allí se goza
y embelsada se queda,
aspirando sus perfumes,
contemplando sus bellezas!

Mas hay que tender la vista
por la extensísima vega,
donde riquezas y gracias
volcó Dios a manos llenas.

Cual mástiles de navíos
que surcan la mar inmensa
y en el puerto se detienen
cargados con mil riquezas,

altivas doquier se yerguen
innumerables palmeras,
que, al juntarse en bosquecillos,
grupos de naves semejan.

Y no faltan lindas góndolas
ni barcas de blanca vela,
las casitas y chalets
que entre naranjos se muestran.

Y allá do el bosque termina
alfombra rica comienza
con los vastos arrozales
de la famosa Ribera.

¡Ah!, preguntad al viajero
cuando a Carcagente llega
desde Valldigna, entre montes,
qué es lo que siente, qué piensa.

Os dirá que halló por fin
el Paraíso en la tierra;
y cual Pedro en el Tabor,
morar siempre aquí quisiera.

¡Qué grande, rica y hermosa
es mi querida Valencia!
¡Bendito se a el Señor
que así se gozó en hacerla!