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Este trabajo obtuvo el primer premio de narrativa en el Concurso Literario de la Semana Cultural.

Hola, querido diario:

hoy como cada noche, después de cenar, te hago una visita y te explico mis vivencias a lo largo del día, pero hoy no te voy a contar que en el colegio me han suspendido mate, entre otras, o que Ester ya no me habla; esta vez, lo que te voy a contar es totalmente diferente: Hoy, 5 de abril del 2005, se cumple el aniversario de una historia, una historia un tanto peculiar que ahora te contaré y que ocurrió en este pequeño pueblo en el que hasta la fecha no sucedía nada; era como un pueblo muerto y encima, lleno de ancianos y sin apenas juventud.

Bueno, pues comenzamos. Todo ocurre una tarde primaveral del mes de abril, en la que ni mis amigos ni yo sabíamos qué hacer.

Habíamos dado una vuelta por las calles y habíamos visitado los recreativos. Luego en una tienda, compramos algo de comer, y por último, nos fuimos al parque. Y allí, sentados en los columpios, el tiempo pasaba hasta que empezó a oscurecer. Lo mismo daba. Habíamos convencido, mal que bien, a nuestros padres de que nos dejaran más tiempo del habitual.

Llegó un momento en el que todos nos callamos y miramos a nuestro alrededor. Qué estaba ocurriendo. Una pareja de novios que hacía un instante estaban en el banco de enfrente y un grupo de ancianas, habían desaparecido de repente del lugar. Nos sorprendió la coincidencia. Y nos quedamos completamente solos, de noche, y empezaba a hacer frío.

De pronto, advertimos algo impensable. Vimos cómo el Sr. Sebastiá, hombre solitario donde los haya, salía como si tal cosa de su casa, la más grande y misteriosa del pueblo.

El señor Sebastiá es un hombre extraño y silencioso, muy entrado en años, el más viejo del pueblo, tanto que hay quien dice que por él no corre el tiempo. Pasó junto a nosotros y, contra su costumbre, nos saludó muy cortés:

- Buenas noches-. Y antes de responderle nosotros, prosiguió:

- ¿Qué tal niños? Veo que os aburrís y estáis pasando frío. Os invito a mi casa, allí podréis calentaros y hablar con total tranquilidad.

Aún no sé por qué razón, tal vez movidos por la curiosidad, aceptamos tan imprevista invitación. La casa era muy amplia. El mismo recibidor ocupaba el doble del comedor de mi casa. A continuación, por un largo con habitaciones a uno y otro lado, llegamos a una salita presidida por una chimenea. Nos sentamos alrededor del fuego y guardamos silencio hasta que Mario dijo:

-- No hace muy buena noche, ¡eh!

El Sr. Sebastiá calló y nosotros tampoco dijimos nada más. El señor Sebastiá removió cuidadosamente los tizones con una badila y dijo.

- Os veo un tanto aburridos. ¿Queréis que os cuente una historia?

- Bueno.

Había una ventana que daba al exterior. Un rayo iluminó de pronto la oscura casa y notamos cómo empezaba a llover con fuerza.

- En realidad, mi historia es la historia de nuestra parroquia -prosiguió el buen hombre-, la parroquia Santa Ana y todo lo que ha acontecido desde su inauguración, incluso antes de yo nacer, hasta nuestros días.

La parroquia se inauguró el 23 de Febrero de 1418 y ya desde su inauguración la gente opuso alguna no poca resistencia por el lugar en que fue erigida. Se decía, que en tiempos, aquel terreno había sido cementerio y contaban que hubo enterramientos de donde nace la leyenda de que allí reposaban los cuerpos malditos de unas brujas condenadas por secretas prácticas heréticas. La habitantes del pueblo no les gustó que sobre cenizas tan negras se construyera una iglesia, pero es que no había otro disponible en que poder edificar.

Desde los primeros días, el abad de la parroquia no dormía tranquilo, porque, a altas horas de la noche, desde la sacristía, se escuchaban no se sabe qué extrañas conversaciones, interrumpidas por misteriosos ruidos y quejidos angustiosos.

Un día, movido por no se sabe que irascibles atrevimientos, se levantó y fue directo a la sacristía; encendió una vela y pudo aún ver como dos capas rojas que se alejaban hacia el jardín anejo a la sacristía. El abad las persiguió un trecho, pero se detuvo de pronto asustado al ver, sobre la mesa del cenador, un martillo con dos clavos de al menos trece centímetros cada uno. No lo pensó dos veces. Echo a correr y se encerró en su cuarto deseoso de olvidarlo todo.

Todo en vano. Una rara presencia le mantuvo insomne toda la noche. Sin embargo, los ruidos cesaron durante los días siguientes. Luego, se fue percatando que el misterio se reproducía con cierta periodicidad, porque, cada jueves y 20, se repetía la misma historia, sin que hubiera explicación plausible o medio de poderlo evitar.

Mis amigos y yo empezábamos a sentirnos inquietos, y para colmo, arreciaba la tormenta y caían los rayos, cada vez, más próximos, cuando, de pronto, un relámpago iluminanó la habitación. Ni qué decir que el miedo nos hacía apretarnos contra la silla, como si las mismas capas rojas vinieran amenazantes a por nosotros.
El señor, impertérrito, continuó:

-- ¡Tranquilos, chicos, tan sólo son leyendas! Pues bueno, pasados unos años... Qué digo, años... Pasados unos siglos, allá por entre los años 1740 – 1750, el sacristán, como cada mañana, se disponía a despertar al sacerdote en la casa rectoral, y ante su asombro, se encontró la casa vacía. Llamó al abad por la casa sin respuesta. Recorrió la casa, pero todo en inútil: no había nadie y la cama no estaba echa.

Con todo, el sacristán no le dio mayor importancia al hecho, que tendría alguna explicación, y se dirigió hacia la iglesia para ver si lo encontraba allí y preparar las cosas de la misa matinal.

Buscó y llamó al cura en la iglesia sin hallarlo. Y como ya era la hora de la misa, subió a lo alto del campanario a tocar las campanas y anunciar así el comienzo de la celebración, y su sorpresa fue mayúscula al hallar allí mismo al pobre sacerdote, apoyado en la campana mayor, decapitado, sobre un charco de sangre, vistiendo una capa roja sobre la sotana.

Yo le pedí al Sr. Sebastiá que nos dejará ir a casa, y que continuara otro día, pero Víctor, que es muy atrevido, dijo que continuara.

El Sr. Sebastiá no se hizo de rogar:

- Ya veis, niños, lo que es el pueblo-. Y tosió huecamente.

- Bueno. Damos un salto en el tiempo y nos situamos ahora hacia mediados del siglo XIX, en fechas en que, de modo semejante, un grupo satánico se proponía profanar nuestra iglesia.

Entraron en ella, de noche, muy sigilosos y se dispusieron a dar comienzo a su ritual. Previamente, dieron una vuelta por la sacristía y demás dependencias, para cerciorarse de que nadie los podía sorprender. No había nadie, de modo que dieron comienzo a las macabras ceremonias, y justo al empezar, uno de ellos interrumpió el intento para indicar a los demás que no sería mala idea iniciar el ritual con unas notas de órgano.

No tardaron en agruparse en torno del órgano. Y cuando uno de ellos levantaba la tela que cubría el pupitre, se oyó un gemido sutil, muy agudo.

Era un gato. Un gato negro, acostado hacia arriba con todas las tripas sacadas de su lugar natural. Les impactó sobremanera que le faltaba su corazón y junto a él había un martillo con unos clavos muy largos, sobre el mismo el teclado. ¿Recordáis estos objetos?.

Estos satánicos de pacotilla, amedrentados, salieron por piernas, faltos de aliento. Quizá ese día fuese jueves y 20 o quizá no.

Laura se levantó y dijo:

- ¡Basta ya, me voy!

El Sr. Sebastiá se levantó también y añadió:

- No te vayas, cielo, aquí estás muy bien. Y de aquí no se mueve nadie hasta que termine, ¿lo entendéis?

Ante voz tan imperativa, callamos asustados y nos sentamos de nuevo de manera maquinal, mientras retumbaba un trueno horrísono.

- Está bien chicos, está bien. Os dejo ir, a condición de que me guardéis un secreto. ¿Sabéis por qué yo se todas esas historias? ¿No lo sabéis? ¡Pues lo se porque yo era quien hacia todo eso, hajajá! ¡Y os digo algo más! ¡Y os pronostico que vuestro estúpido cura Antonio va a correr la misma suerte que algunos de los anteriores sacerdotes!

Apenas acabó de hablar, nos levantamos todos a la vez, envueltos por la luz vívida de otro rayo y tratamos de salir atropellándonos unos a otros. Y antes de alcanzar la puerta, en el pasillo, pudimos aún ver cómo colgaba una urna de cristal de una viga del techo. Nadie acertó a ver bien lo que contenía, pero a mí me pareció que dentro había un martillo con dos clavos largos, a no ser que el susto que me llevaba en andas me hubiera hecho ver visiones que sólo existían en mi cerebro. No pudimos ni cruzar opiniones, quien más quien menos, una vez fuera, echó a correr a su casa, sin esperar más emociones que las que nos embargaban.

Nadie nos creyó. Nos dicen que son patrañas. Algunos nos aseguran que el señor Sebastiá es un hombre solitario, pero un buen hombre al fin, que no merece nuestra desconsideración.