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Palabras del P. Rector

Publicadas en el Proyecto Educativo y Organización Escolar
Año académico 1998-99, curso del 75 Aniversario

Señores profesores y queridos alumnos: paz y bien

Un nuevo curso ha comenzado. Un compromiso serio persa ya sobre los educadores y educandos. Y esto obliga a poner manos a la obra. Sí, nunca mejor dicho: a la obra e educar, que es tener presente a los niños y a los jóvenes en toda la complejidad del ser humano, en su seguimiento psicológico, tanto evolutivo como diferencial, a la hora de transmitirles nuestro saber, experiencias y amor, a la vez que exigirles adecuada respuesta a su responsabilidad. Es ésta una obra, la de educar y formar para la vida, junto con dar la vida a un nuevo ser, la obra más importante y valiosa de cuantas podemos hacer.

No supera los diez meses el plazo marcado por el calendario escolar de que disponemos para realizar esa obra educativa, tiempo precioso, por escaso y urgente, que no podemos dispendiar en un trabajo de suyo paciente, lento hasta hacerse imperceptible, constante día a día, con el que se irán configurando los perfiles del ideal que queremos proyectar sobre el alma receptiva de nuestros alumnos. El aprendizaje progresivo de conocimientos, apoyados en una formación humana y religiosa, será todo cuanto desean obtener de nuestra labor los padres que nos confían sus hijos y también la sociedad.

Que nadie se extrañe, y menos aún se escandalice, si confieso que, por razones diversas, tanto el alumnado como los profesores coincidimos, ante la perspectiva del comienzo del nuevo curso, en sentir como un extraño sentimiento de miedo preventivo ante lo que se desconoce y nos responsabiliza de muy especial manera. Nadie adivina qué sorpresas, y de qué cariz, nos aguardan en el nuevo curso. Es una inevitable prevención que a veces se traduce en actitudes remisas y como de desgana, ante la gravedad y los avatares de la tarea educativa.

En el caso concreto de los alumnos, bien se sabe que al denodado esfuerzo del curso anterior, sigue un largo tiempo estival de descanso que relaja el espíritu. A un estadio de tensión como de arco que tiene fijo un objetivo, sigue una distendida actitud que distrae el ánimo, necesaria para poderse recuperar.

Las razones que asisten a los educadores son más complejas y de índole diversa: desagrado ante el escaso rendimiento de algunos alumnos, que llega a revestir las condiciones del cansancio profesional: desilusión ante la labor ingrata que te niega refuerzos positivos; desgaste progresivo de los niveles educativos que hacen añorar a no pocos padres la mayor eficacia educativa y predisposición más positiva del antiguo alumnado para el estudio de las diversas materias, etc. Y lo peor es que no es tanto lo que el educador puede hacer ante la adversa actitud del estudiante actual, distraído de su condición estudiantil por mil suertes de atractivos y medios de diversión que lo absorben, junto a la mayor permisividad de la sociedad actual, que lo desaprueba desilusionada, pero que se muestra incapaz de reaccionar en ningún sentido. El mismo sistema educativo lleva a inhibirse de sus obligaciones a determinados alumnos propensos al aburrimiento y a la pereza mental ante una labor incómoda que se les antoja insuperable. Se entiende que el alumno no comparta y se muestre reacio ante la imprescindible disciplina que marcan sus educadores. Añádase a todo eso que los propios padres han perdido su protagonismo en la tarea insustituible de ser ellos, en primer lugar, quienes les transmitan los valores que den sentido a sus vidas, y se abstienen de responder con entereza, frente a las exigencias de la sociedad, a las peticiones de sus hijos, sin atreverse a decir no, porque les resulta violento ir contra corriente.

La suma de todas estas incidencias y contraindicaciones dificultan y entorpecen la marcha ordinaria de la tarea educativa. No es, por supuesto, la desidia o la indiferencia la solución que convenga tomar. Frente al desánimo, hay que remontar la determinación de superar las limitaciones y riesgos que entraña siempre toda obra de envergadura, y la enseñanza lo es. Contamos a este fin con la experiencia acumulada durante años de práctica educativa; contamos con la posibilidad de renovar nuestra capacidad en consonancia con las urgencias de los nuevos tiempos y los avances pedagógicos; y sobre todo, contamos con el entusiasmo y renovadas disposiciones del profesorado para enfrentarse y tratar de resolver los problemas que se nos presentan, con una mayor garantía y probabilidad de acierto.

Incluso tratándose del hombre curtido en la vida, los grandes pedagogos, profundos conocedores del corazón humano, no dudan en afirmar que el hombre malo, en toda la extensión de la palabra, no existe. Siempre queda en su ser algún reducto de bondad por el que se puede acceder a él, y desde allí, comenzar el diálogo hacia la posible recuperación de su personalidad. La paz, el amor y el interés manifiestamente desinteresados hacia él, puede llegar a desbloquearlo e inducirle a abandonar su actitud de rechazo y de insolidaridad a las órdenes que le llegan desde fuera. El joven es siempre, por naturaleza, más receptivo.

Señores profesores, ésta es la tarea que acabamos de empezar y la consigna que os propongo para afrontar dignamente el hermoso cometido de humanizar al hombre.

Queridos alumnos, a vosotros os digo que seáis capaces de ver y hasta de adivinar que, detrás de toda acción de los educadores, por inverosímil que os parezca, hay siempre una gran dosis de amor e interés por vuestro bien.

Hno Juan José Sáez Peretó, ofm
Rector

22 abr 99. El P. Juan José Sáez cuando se rompió un hueso de la pierna buena tuvo que usar carrito de ruedas. D. José Sendra le da un paseo por el patio. Los pequeños le acompañan.