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Un alegato en pro de la responsabilidad

Somos testigos de una época en la que el conocimiento del universo y de la materia han progresado como nunca, y además somos testigos de acontecimientos que hacen que el hombre sea plenamente consciente de ello. Recordemos tan sólo dos de ellos, no por lejanos poco relevantes.

En 1919, las mediciones elaboradas por unos científicos ingleses, con ocasión dé un eclipse de sol en el hemisferio austral, demostraron la exactitud de las predicciones de un investigador alemán, Einstein, consideradas fantasiosas hasta entonces. La teoría quedaba verificada mediante la observación y perdía su carácter especulativo: afirmaba, entre otras cosas, que el universo no es tridimensional, sino que es un espacio curvo, sin límites, pero finito. Todo el mundo se sentía orgulloso de la ciencia. En 1945, las bombas atómicas cayeron sobre Hiroshima y Nagasaki. Hacía tiempo que se venía hablando de la idea de Einstein, según la cual la materia de los átomos encerraba en sí una energía poderosísima. Pero no se sabía cómo liberar esa energía. Una vez más, parecían especulaciones sin relieve en la práctica. De pronto, en Hiroshima, tales ideas adquirieron una concreción espeluznante. La orgullosa satisfacción por el poder de la ciencia cedía ante la amenaza de un futuro helado.

Nuestro conocimiento científico también ha transformado la idea de la materia. En el último decenio del siglo XIX, el descubrimiento de la radiactividad, dé la desintegración del átomo, ayudaron a impugnar el concepto tradicional de la materia -del que un exponente exótico serían las mónadas leibnizianas («cerradas», «sin ventanas»...).

Hoy sabemos que no hay partículas elementales últimas que puedan representarse intuitivamente, y la lista que con ellas podemos confeccionar no parece estar «cerrada». En definitiva, la materia ha dejado de jugar el papel de sólido fundamento impenetrable de la existencia.

Universo y materia impulsan nuestro saber acerca del cosmos, hacia infinitos: la totalidad de lo existente ha dejado de suministrar una coherente y unitaria «imago mundi». Ni
siquiera las ideas de transición y evolución a partir de la materia han evitado el resquebrajamiento de aquella armonía que los antiguos pensaron inherente a nuestro mundo: materia inerte, vida vegetal y animal, interioridad del alma, conciencia y pensamiento. La naturaleza no se ha librado de los saltos, las discontinuidades... El mundo ha quedado desmitologizado. No obstante, y parafraseando al filósofo, cabría decir que «si no hubiera mitos habría que inventarlos». En efecto, la desmitologización de aquella imagen unitaria y armónica del mundo ha sido sustituida por una mentalidad nacida de la práctica técnica.

Las cosas suceden más o menos así: cuando encendemos la luz o conectamos la radio, no sabemos qué sucede. Aprendemos el manejo técnico, y sólo sabemos que lo que sucede ha llegado a ser posible gracias a unos descubrimientos científicos. Hasta aquí, nada de objetar. Sin embargo, se espera que en el mundo, en nuestras propias vidas, suceda lo mismo con todo: es cuestión de tiempo. Nada más. ¿Qué ha ocurrido? En lugar de la magia, de lo que se suele entender por «mitológico», y aunque el modo de pensar científico no esté extendido del todo, ha aparecido un modo de pensar casi mágico, un pensamiento sin ideas. La ciencia se ha convertido en la superstición de la ciencia (Jaspers). Y es que, aunque la ciencia -o mejor, la mentalidad espúrea que su difusión ha provocado- renuncie a poseer una noción completa del mundo y de la vida, al hombre le resulta imposible tal claudicación. Ortega ya advirtió, que «donde la ciencia se para no se para el hombre».

Pues bien, es en este espacio difícilmente conceptualizable pero de la mayor urgencia, donde hace falta el ejercicio pausado de la razón dialogante, del encuentro con los otros (en los que M. Buber ve la «palabra de Dios») y la consideración de unas ideas y valores capaces de gobernar a las distintas dimensiones de la actividad humana.

Todo ello, para que nuestras propias creaciones -incluso, las más dignas como la ciencia- no produzcan efectos tan contradictorios -en un corto espacio de tiempo, 26 años, por ejemplo los que median entre 1919 y 1945- en nuestros frágiles ánimos.

Eduardo J. Ortiz