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María

Era un pueblecito llamado Botiges. Un pueblo en el que todas las casas eran iguales; blancas y rojas, sencillo, agrícola, humilde, apartado de las grandes ciudades... La mayoría de la gente que allí vivía era mayor. Yo era un chico de 16 años pobre y sincero.

Se acercaba ya el Domingo. Para el pueblo este día era el que mayor alegría daba de todo el año, ya que era el día de la Madre y al ser un pueblo apartado de la civilización sus hijos lo visitaban solamente una vez al año. Yo estaba, el viernes, trabajando en el campo, cuando segaba hierba me corte los cinco dedos del pie en redondo. En el pueblo me lo curaron y me lo cosieron. Yo ya no tenía ganas de nada. Ni que viniera el domingo, ni ganas de vivir, ni de ver a nadie, ya que nunca volvería a andar por mi mismo. Eran las diez de la mañana del domingo. Yo empezaba a ver por la ventana que la gente empezaba a venir de las urbes. Eran gentes bien vestidas, con coches lujosos, llenas de alegría. Yo no esperaba a nadie, ya que no tenía ni padre ni madre, sólo tenía una abuela llamada María que vivía conmigo. De repente, por la ventana, observé bajar de un coche a una familia que tenía una hija que me llamó la atención. Era muy guapa, rubia, más o menos de mi edad. Salí a la calle, pero me daba vergüenza ir con estos trapos de ropa comparados con los trajes de la gente que había venido. La chica se fijó en mi y vino a hablar conmigo. Me preguntó qué me pasaba en el pie y a qué era debido mi tristeza. Se lo conté todo y a la chica le salieron las lágrimas. Al final nos presentamos los dos. Ella se llamaba María y tenía 15 años. Pasamos una tarde divertida. El día ya anochecía y las familias tenían que regresar a sus casas. A María le daba pena dejarme y habló con sus padres para que le dejasen quedarse dos semanas, y lo consiguió. Amaneció un nuevo día. Yo era inútil para toda la vida y no podía trabajar. Lo primero que hice fue enseñar el paisaje y el pueblo a María. Todo pasó muy rápido. Estábamos a mitad de la segunda semana. Fuimos a un monte lleno de olivos y cuando íbamos paseando María me dijo: dame tu pie. Lo frotó y el pie quedó curado. Se curó gracias a la fuerza de Dios. Podía volver a caminar, pero me asusté tanto de lo ocurrido, y de María, que me fui corriendo a casa. Cuando llegué vi a mi abuela muerta. Avisé al pequeño pueblo y fue enterrada al día siguiente.

La chica habló conmigo y me dijo si quería ir a vivir con sus padres, y yo acepté. Vivía, desde entonces, con ellos como un chico normal. Iba a la escuela y no me faltaba nada... cuando de repente una sorpresa saltó por los aires de la casa: ¡María estaba embarazada! Toda la familia me miró y lo primero qué hicieron fue tirarme de casa. María se puso a llorar y yo tuve que adaptarme a otra vida. Era la vida del vagabundo. Ya pasados dos meses me puse a pedir limosna en una iglesia céntrica. Vi a lo lejos a María y a su familia. Iban hacia la iglesia y entraron en ella. Yo la saludé con cierta timidez para que sus padres no se diesen cuenta. En el acto litúrgico una voz le dijo a María: «Dios te salve María llena eres de gracia, el señor es contigo, bendita tu eres entre todas las mujeres. Tendrás un hijo y le pondrás de nombre Jesús. Será hijo del altísimo y su reino no tendrá fin». María se dijo a sí misma: «He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra. María saltó corriendo del banco de la iglesia y cogiéndonos de la mano nos dirigimos, con un avión, rumbo a Jerusalén. Yo no me enteraba de nada. María me dijo que me quedase en Nazaret y ella se fue a visitar, a su prima Isabel. Reemprendió el camino de Nazaret donde yo le esperaba. María me contó todo lo que le había pasado. Yo era bueno y justo y como estaba convencido de la santidad de María, no quise denunciarla. De repente oí la voz de un ángel que me decía que tenía que recibir a María por esposa. «Tendrá un hijo y le pondrás de nombre Jesús, que significa Salvador. El salvará a su pueblo de sus pecados». María y yo nos refugiamos en un establo. Allí María dio a luz al niño Jesús, pero yo al ver esto enseguida pensé que Dios existía, por que hace mucho tiempo atrás pasó la misma historia de María y un hombre llamado José. Pero María al igual que vio nacer a Jesús lo vio morir. Jesús fue víctima inocente que se ofreció para la salvación de todos los hombres.

María en nuestra Madre espiritual,
no sólo porque lo proclamó Jesús,
sino porque somor hermanos de Jesús por la gracia.

Alberto Senabre Llinares
2º BUP
1er Premio Concurso de redacción