Portada > Del Colegio > Curso 1977-78
Violencia y estudio
Cada vez se advierte más el creciente influjo de la política en el ambiente estudiantil de los centros de enseñanza. No es previsible todavía el efecto que pueda tener tal escalada en la marcha de la formación y adquisición de cultura por parte del escolar; pero existe el fundado temor de que, con el tiempo, ocurra en España lo que ya viene ocurriendo en Italia, donde los estudiantes de un mismo centro se agrupan de manera tan radicalizada, que provocan enfrentamientos encarnizados de los que sólo se saca en limpio la desintegración de la comunidad educativa y la consiguiente merma del interés por el estudio. Más bien, desde niños, se preparan para la lucha callejera en la que no hay más ley que el desenfreno y la anulación total de los derechos que asisten al prójimo, al compañero de clase, en el caso que nos ocupa. Esos mismos derechos que tanto se invocan por los mismos que con frecuencia no los quieren respetar, porque no les importa más que la pancarta anunciadora y la pose aparentemente digna.
¿Será que el compañerismo ya no. es virtud enaltecedora de la conducta estudiantil? Pensamos que una alternativa de ruptura de la amistad que siempre engendró el comportamiento escolar, no podrá ser defendida dignamente por nadie.
Juventud en peligro
Existe en la sociedad española una creciente sensación de alarma. Justificada alarma a juzgar por la información periódica que abunda cada vez más en la exposición de delitos, no siempre sancionados o sancionados apenas, en que viene incurriendo el mundo juvenil más desintegrado de nuestra sociedad, tan avanzada en dimensiones lejanas del progreso estrictamente social. Los actos delictivos en que se desenvuelve como en su medio más propicio ese sector de la sociedad española, aumentan su coeficiente de peligrosidad, de año en año, a un ritmo fuera de toda previsión. La prontitud con que la acción policial socorre al ciudadano asustado, con la consiguiente detención de los delincuentes, se acepta como un alivio momentáneo. Son muchos los que quedan impunes ante la profusión de bandas dedicadas al desorden ciudadano. En las ciudades, sobre todo, hay horas, caída la tarde, en que la gente evita la calle, por temor a un ataque imprevisto, a una violación desaprensiva, al robo airado de casi nada a cambio de una muerte inútil. Es lamentable que estos actos se repitan una y otra vez, a cuenta, las más de las veces, de jóvenes que actúan en grupo, y que individualmente suelen ser más bien cobardes, y por tanto, más propensos al extremismo sádico, a la fingida y engañosa temeridad con que ocultan su debilidad de carácter.
No sólo ya en las ciudades, sino en los pueblos mismos, los taxistas se retiran del necesario servicio, en olor de pánico, en cuanto cae la noche, la hora fatídica de la peligrosidad, o en todo caso evitan detenerse a prestar servicio a individuos de aspecto sospechoso.
La violación, con alzar gritos de sorda protesta en la conciencia de los ciudadanos, se viene dando ya en niñas que ni siquiera han alcanzado la edad adolescente, acompañada las más de las veces con el sacrificio vital de la víctima.
Se decía que la educación sexual haría más maduros y consecuentes, más naturales y normales, al amplio sector que ocupa nuestra sociedad infantil, y el resultado, por fallos que conviene destacar lo más pronto posible, hasta ahora al menos, es más bien negativo. Se ha perdido el pudor, el respeto a sí mismos; y en consecuencia el respeto a los demás. Y se ha perdido, no por negligencia, sino porque se viene exigiendo que el pudor desaparezca como un lastre burgués cargado de inconvenientes. Sin pudor, sin vergüenza sexual, el delito consecuente con tales principios es una consecuencia inevitable.
Hay otros factores que vienen influyendo negativamente y de un modo muy decisivo en este sentido: el estreno desenfrenado de libertades nuevas. Entre tales libertades cuenta en muy primerísimo lugar la pornografía, que hoy se trata de disimular estableciendo endebles diferencias entre pornografía y erotismo. El erotismo lo permite todo. La obra cinematográfica, popularizadas sus escenas en conversaciones furtivas entre estudiantes, se justifica diciendo que se trata de una obra maestra del séptimo arte. El séptimo arte y el sexto mandamiento, por proximidad numérica, vienen maridados en la oleada de películas, incluso malas, artísticamente consideradas. No es arte lo que sus promotores buscan en ellas; es comercialización enriquecedora de quienes invierten en tan «atractivo» y lucrativo comercio. Se decía que en España las películas carecían de valores artísticos por culpa de la censura. Desaparecida la tijera, la cinematografía española se ha desentendido casi por completo del valor artístico de sus obras y se atiende por muy encima de cualquier otra consideración a la taquilla, tragaperras de dudosa justificación moral y social en tales casos, que son los más.
Nadie ignora, y nosotros no retraemos de ser reiterativos a este fin, de que las salas de cine, que la televisión forzó a que, deshabitadas sus butacas, los propietarios convirtieran en negocios de distinto cariz, se nutren ahora de secuencias donde el desnudo, la violación y sadismo sexuales, logran efectos perniciosos para el joven de nuestros días. Y es el caso que, ahora, por obra y magia de la pornografía, no ya no se cierran salas existentes, sino que se multiplican como nunca. Escandaloso comercio se llama a este procedimiento de «pretendido progreso social».
Se dice que el tiempo y el cansancio, la creciente crítica de las personas más sensatas, y al fin, normas que se están exigiendo para canalizar tanto desafuero, acabarán por forzar un cambio en los gustos del público y a un cambio consecuente de temas hacia temas más serios, pero los españoles, al parecer somos incansables, y la autoridad tarda en hacer algo por favorecer el estado de queja de la mayoría de familias españolas.
No hablemos de las revistas que multiplican sus ediciones a un ritmo desconocido en nuestro suelo. Aumentan con cifras astronómicas las ediciones de ejemplares de revistas pornográficas, y las estadísticas, para común ridículo de todos, siguen manteniendo que en España se lee poco, que la prensa está en crisis económica, que a muy pocos les importa la adquisición de libros. No se lee; en España se mira. No actúa la inteligencia ; se alimenta a la imaginación. Y se la alimenta embruteciendo al joven, vulgarizando las costumbres, en olor siempre de mentidas libertades que no son nunca auténtica libertad creadora de actitudes de respeto social, sino exceso, y en ocasiones despecho político.
Estamos vistiendo la naciente democracia española con rotos vestidos de espantapájaros campesino. Tenemos podridas muchas de las raíces que podrían de otro modo sustentar lo que todavía no se ha puesto en pie. Y vivimos felices; aunque más bien habría que anotar que nuestra felicidad es despreocupación, la gran siesta del español a todas horas.
Mientras tanto, hablamos muchos de derechos, se hacen manifestaciones ruidosas en pro de determinados derechos del hombre; firmamos cuanta proclama aliente afanes de adquirir derechos que entendemos minimizados hasta ahora. Olvidamos siempre que el hombre también tiene deberes que cumplir. Pero la palabra deber es tabú. Sin establecer y cumplir en muy primer lugar los deberes que nos obligan en buena ley, no es posible alimentar derechos, porque el derecho no tiene otro abrevadero que el deber correspondiente. Exigir un derecho a alguien es imponer una obligación a quien así se le interpela. ¿Sólo los otros tienen obligaciones que cumplir? El desnudo ha llegado 'a este extremo: nos hemos desnudado públicamente de los deberes que nos impone el derecho ajeno.
