Portada > Del Colegio > Curso 1976-77

Sin pudor

Son muchos quienes a la confesión sacramental han opuesto siempre la vergüenza de tener que revelar los recovecos oscuros de la propia intimidad. Ven en la confesión un simple diálogo, de tejas abajo, entre el penitente y el confesor. No asiste la fe en el Dios misericordioso que se sirve del hombre para perdonar al hombre.

Hoy día, quienes dictan la moralidad a seguir son las revistas del corazón y las otras «más integrales», más al desnudo. No falta la entrevista con la artista de turno, inteligente o mema, qué más da, y que hacen de la frivolidad el catálogo de la conducta «más auténtica». Hablan de su vida privada sin reparo alguno, y dan pormenores sexuales del propio comportamiento con la misma ufanía del que recibe un aplauso. Algo de aplauso hipócrita hay en esta morbosidad con que el periodista a medias recurre a estos recursos facilones del sensacionalismo. A estas confesiones de inmoralidad descocada se le llama «liberarse», no tener «prejuicios», acabar con la «dictadura» de la moral. ¿Pero es que hay mayor dictadura que la del vicio? Sexo, amor libre, droga y alcohol, son el paraíso fingido con que se engañan quienes buscan la felicidad a todo trance, justamente por los caminos en pendiente en que el esfuerzo resulta innecesario. Subir la cuesta luego, si la sensatez se impone, ahí está la dificultad insalvable después. Hay que engañarse a sí mismos y proclamar que la libertad es eso. Vivir al desgaire, sin trabas de ninguna clase.

La propia Universidad, centro de captación pornopolítico, cuenta con grupos especializados en el bombardeo persistente y sutil que cambia la mentalidad de quien ingresa en sus aulas desprevenidamente. A los principios cristianos hay que oponer «principios» de disolución, sobre todo entre hijos de «familias burguesas». Es el mejor modo de acabar con las tradiciones cristianas que han venido predicando el «romanticismo» de la fidelidad a Dios y al hombre. iLibertad! iLibertad sin límites!

¡Yo hago de mi capa un sayo!

Y se quedan sin sayo y sin capa. Pero sienten la satisfacción de hacer lo que les venga la real gana de hacer. ¡Qué importan los otros! ¿No será el respeto otro «invento burgués»?

Antes y después de San Francisco

La predicación de San Francisco congrega tumultuariamente a las gentes. Predica en las plazas, en las calles, en los caminos. Cualquier lugar es bueno para proponer a las gentes las verdades más simples de la fe cristiana. Y le escuchan con infrecuente atención: les habla con el lenguaje del pueblo. Simplicidad, fervor, amistad fraterna.

La paz y la bondad son temas favoritos en las prédicas del Santo. Y apaciguador es el gesto de sus manos extendidas sobre el pueblo llano, anónimo, desdibujado por el pintor en un noble intento de crear atmósfera y lejanía. El pueblo llano sabe de villanías que la injusticia azuza. Desdibujar, apaciguar, es el resorte que la serenidad cristiana inspira.

Rotas columnas de un pasado pagano, quedan bajo el pie apostólico de Francisco. Y es que Francisco parte en dos partes bien delimitadas el medievalismo precursor de los siglos inmediatamente anteriores a él (siglos X, XI y XII) y el nuevo cariz que a partir del XIII va a cobrar el mundo y la cultura. La espiritualidad franciscana dará vuelo al pensamiento y al corazón. Hablar del medievo impone precisiones correspondientes a realidades distantes : antes de Francisco y después de él.

El águila de Patmos

Más allá de sus proporciones colosalistas, la efigie del evangelista tiene empuje, tiene flexibilidad de piedra en movimiento, y hasta se adivina como un inmediato propósito de tenderse en el aire en ascensión arrebatada.

Hay equilibrio entre las líneas diagonales que se traslucen en el trazado de vigorosas alas de alto vuelo, reforzadas por el giro que adopta el torso musculoso de San Juan, escorando la figura hacia un lado, en contraposición a esa otra ráfaga de pujanza briosa que presenta el rostro en regreso del apóstol y la mirada recelosa y aguda del ave rapaz.

La enormidad del conjunto obligó al artista a sobreponer hiladas de sillares que sometió luego a la obra conformadora del escarpe. El conjunto tiene algo de mosaico colosal, nunca tanto como la personalidad apostólica del evangelista.

Se critica hoy hasta la exageración el colosalismo arquitectónico o escultórico de determinados sistemas políticos. ¡Ojalá! que quienes así proceden reparen un día en esos otros colosalismos propagandísticos de masas vociferantes, manejadas sin escrúpulo alguno para pedir lo justo unas veces, y lo inconveniente las más.