Portada > Del Colegio > Curso 1976-77

San Francisco de Asís

En el año 1202, fecha en que nace Francisco de Asís, el comercio ha vuelto a revitalizar las relaciones humanas. Corre el dinero y la vida cobra en las ciudades una animación que invita a vivir con despreocupación. Moralistas hay que echan de menos el antiguo cuidado con que las madres cristianas daban puntual educación a sus hijos. El propio Francisco llegará a ser un joven a quien sobran imaginación, cordialidad y medios económicos que destina con generosa mano a estimular la alegría callejera del grupo de amigos que se centran en torno a su natural afán de diversiones. Sólo que un día, la enfermedad encharca de angustia todo el amplio campo de su vitalidad y Francisco pierde la jovialidad que le instaura «rey de la alegría» entre los jóvenes de su edad.

San Francisco de Asís contemplando la cruzLa penumbra, silencio obligado y soledad de la habitación en que, postrado, convalece, le instan a pensar sobre la gravedad de perder una vida pasajera sin alcanzar por ello la otra definitiva.

Unas palabras arrancadas al Evangelio en una consulta improvisada, le tenderán todo un puente de atrevidas resoluciones al que someter el peso de una nueva vida: «Si quieres ser perfecto, vende lo que tienes, dalo a los pobres, ven y sígueme.»

Su primer gesto decidido de iniciar tan arriesgado seguimiento de Cristo, será atender a unos leprosos. El esfuerzo empeñado para vencer en ello su natural repulsión fue tal, que el propio Francisco será el primer asombrado y como tal lo recordará ya siempre. «Fue el Señor quien me llevó ante los leprosos», recordará momentos antes de morir.

Sus amigos le extrañan. Y cómo no, se apartan de él. No alcanzan a comprender sus nuevas maneras, tan diametralmente opuestas a su anterior talante ligero y superficial. Tan es así, que achacan a simple locura lo que en realidad empezaba a probarse como perdurable sensatez. Su propio padre, impotente de reducir al joven a su desenvuelta compostura, le repudia en un acto público para el que Francisco ha de acopiar inusitada fortaleza. Sólo, pero resuelto, aprovecha el muchacho para recitar en público las palabras iniciales del Padre Nuestro.

En compañía de tres seguidores, crea una incipiente comunidad que vive del trabajo y que no duda en recurrir a la limosna cuando aquél falta; viven en ermitas desatendidas, que ellos mismos reparan, e inducen al bien a las gentes sencillas del pueblo, sin otro atavío literario y teológico que el atrevimiento de su ingenuidad, su encendida piedad y el entusiasmo por implantar de nuevo en el mundo los consejos evangélicos. Ni ellos podían entonces sospechar que al hablar al pueblo en su propio lenguaje, el de la sencillez, lo estaban enardeciendo como pocas veces, ni antes ni después, lo hubiera logrado nadie.

Predican la pobreza, la concordia, la mansedumbre, la suprema alegría de poderse acoger a la proximidad del corazón de Dios; más con el ejemplo que con la palabra, por expresa disposición del santo.

La Orden que, con la aprobación de Roma, funda Francisco con sus primeros seguidores, se extiende por todo el mundo conocido. Gentes de la más humilde condición, juglares, nobles, sabios profesores, se anudan el cordón franciscano y se comprometen a seguir el ejemplo y vida franciscanos. Todas las previsiones quedan rebasadas con mucho, a tal punto que el siglo XIII, por el cambio espiritual a que es sometido por tan amplio y convincente movimiento, supone para la cristiandad la cota más alta a que había ascendido hasta entonces su historia. La literatura, la pintura, la filosofía, la teología, darán un salto espectacular que anuncia ya, a no muy largo plazo, una nueva etapa en el curso del acontecer cultural: el Renacimiento.

Francisco no revelará jamás el menor sentimiento de suficiencia por tan resonantes resultados, ya visibles en vida de él. Su sencillez y humildad le caracterizan. Habla al Papa con el mismo respeto y naturalidad con que luego se dirige a unas avecillas o al hermano más próximo, sin altibajos, sin énfasis, con su habitual compostura de andar por casa. Dios, un día, se lo premiará todo, editando en su alma y en su cuerpo la instantánea de Cristo en la Cruz: cinco llagas que le traspasarán pecho y extremidades. Dolorosísimas llagas, pero el dolor es la Gran Cruz con que condecora Cristo a quienes distingue (por eso tiene tan pocos amigos, que diría Santa Teresa).

Empobrecido también de salud, ciego incluso, rendirá su alma a Dios, tendido en el suelo, sin nada, porque como él bien sabía y solía recalcar, de todo había carecido Cristo.

Muerte de San Francisco de Asis. Caravaggio

Muerte de San Francisco

Otras veces hemos comentado aspectos parciales, si bien calificadores, de la personalidad del santo. Quede aquí ahora este breve bosquejo de lo que fue su vida, para recordatorio de uno de los hombres que, desde el peldaño de su simpática y alegre santidad, revolucionó al mundo y dio a la cultura temática abundante y líneas originales de perdurable desarrollo. Ello explica la aparentemente inexplicable atracción que el Santo ejerce hoy sobre las juventudes, cansadas de atenerse a clichés desdibujadores de la personalidad humana y ganosos de crear en libertad la propia realización de los valores personales que son la semilla desde la que hay que arrancar para llevar a feliz cabo el proyecto individual de cada persona concreta. No hay moldes comunitarios sin diferenciación personal. Lo común es esencial; pero la concreción de las notas que caracterizan al hombre no hacen persona, hacen muñecos de identidad común. San Francisco, respetando siempre los valores personales y las circunstancias incluso en que el individuo se inserta, trazó un camino en el que la anchura y diversidad son su mejor particularidad definitorias.